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Algo más que mansos

Javier Castaño no se acopló con el mejor lote de una corrida de Fuente Ymbro que mostró más mansedumbre que bravura. Esaú cortó la única oreja a base de ganas y Paco Ureña enseñó su excelente concepto con el soso quinto

el 02 may 2014 / 22:43 h.

Plaza de la Real Maestranza Ganado: Se lidiaron seis toros de Fuente Ymbro, muy bien presentados. La corrida adoleció de un fondo común de mansedumbre, desbordada en los toros que salieron y tercer lugar, totalmente rajados. El lote de la corrida lo conformaron el primero y el cuarto, algos faltos de raza y fibra  pero con enorme calidad. El quinto tuvo más sosería que nobleza y el sexto embistió siempre a trompicones. Matadores: Javier Castaño, de blanco y oro, silencio y ovación Paco Ureña, de tabaco negro y oro, silencio y silencio tras aviso. Esaú Fernández, de manzanilla y oro con remates negros, oreja y palmas. Incidencias: La plaza registró algo menos de media entrada en tarde de calor sofocante. Los hombres de Javier Castaño saludaron tras banderillear sus dos toros. El ambiente que se palpa en la calle se traduce en la plaza. ¿Dónde están las apreturas de Adriano y Circo? ¿Dónde ha quedado ese trajín, tan taurino, que prologaba las tarde baratilleras? La entrada registrada ayer podría estar certificando la media que se espera. Y no ha servido de empujón este puente de mayo que desplazó la feria de mes para ganancia de pescadores. Seguiremos pendientes del asunto. La tarde de ayer giraba en torno a los toros de Fuente Ymbro, una divisa que llevaba varios años lidiando estupendos encierros en la Maestranza –tanto en corridas como en novilladas– y que, a priori, detentaba la máxima expectación de un cartel de argumentos dispares. La corrida decepcionó por lo mucho que se esperaba de ella y enseñó un preocupante fondo de mansedumbre que se desbordó por completo en los toros que salieron en segundo y tercer lugar. Pero cuidado, hubo dos animales de triunfo reunidos en el mismo lote que fue a parar a manos del que –a priori– menos podía lucirlo. Los resultados finales nos dieron la razón. Dejando a un lado los coros y danzas de su cuadrilla, Castaño no llegó a apretarse de verdad con el primero, un toro de buen son y raza justita al que estrelló y destempló en la muleta -se dejó coger siempre las telas- después de la lidia retórica y escénica de su orquesta de cámara. Estuvo a punto de desquitarse con el cuarto, un animal serio, veleto y bien armado al que quisieron picar –sigue el happening de la cuadrilla, con dos excelentes pares de Adalid– como si fuera el paradigma de la bravura. No lo podía ser pero sí llegó a la muleta con un excelente son por ambos pitones que el diestro leonés aprovecho en fases intermitentes sin llegarse a explayar a la altura que demandaba la calidad de su enemigo. Hubo buenos naturales sin seguir por ese pitón, que era de revolución; detalles de cierta torería, fases felices pero una definitiva falta de reunión y una preferencia por lo accesorio en detrimento de lo fundamental que quedó patente cuando, apuradas las fuerzas del animal, tiró la espada de verdad para intentar unas luquecinas que el toro tomó protestando. La espada cayó fatal y el triunfo se diluyó, como una gota en el mar... Sus compañeros Paco Ureña y Esaú Fernández sí salieron sincera y resueltamente dispuestos a afrontar la papeleta fueran como fuesen las condiciones de sus respectivos toros. En el caso del murciano, estrellando sus esfuerzos con la mansedumbre absoluta del segundo, un bicho rajado y huidizo que sólo acertó a refugiarse en chiqueros. Pero Ureña quería y tenía que enseñar su buen concepto. Era su presentación en Sevilla y un año crucial para su futuro inmediato. Y logró convencer a todo el mundo sacando buenas fases de toreo del sosísimo ejemplar que hizo quinto. Para ello había que hacer las cosas muy bien; colocarse siempre en el verdadero sitio de torear y tirar de él con exquisito y preciso temple para dibujar varios muletazos de excelente corte que no tuvieron mayor eco en el tendido por la desesperante falta de fuelle de su oponente. En sus ganas de agradar llegó a prolongar el trasteo más de lo recomendable y la espada tampoco funcionó –lo despenó de una estocada trasera y defectuosa– empañando en parte una actuación que confirma lo mucho y bien que venía hablando de él. A la postre el único que se llevó una oreja para la cercana Camas fue Esaú Fernández, que volvía a la plaza en la que tomó la alternativa hace ya tres temporadas. Supo darle toda la fiesta necesaria al manso tercero, otro toro que huía hasta de su sombra al que Chacón banderilleó con brillantez. El bicho medio se dejó cuando Esáu le tapó la cara y le obligó a ir por donde no quería. Y lo hizo creando espectáculo, entregándose a tope y conectando con los tendidos. Lo mató de un estoconazo fulminante y la gente, que andaba por agradar, pidió y obtuvo el único trofeo de la tarde. Esaú había recibido a ese tercero en la mismísima puerta de chiqueros y volvió a repetir idéntico viaje para saludar al sexto, un toro suelto en la lidia y de escaso fondo con el que el camero se empleó a fondo revelando un toreo macizo y de serio plantamiento. Fue una faena muy para toreros, para los profesionales, que quizá no brilló en el tendido pero reveló que el joven matador se adentra en una etapa de mayor madurez. Hay que anotar una meritísima serie por el lado zurdo en la que tuvo que aguantar algunas miraditas imperceptibles. Entregado siempre, lo apuró mientras duró y renovó su crédito, que no es poco. Ni muchísimo menos.

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