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Cofradías

Bendecidos por Él, arropados por ellos

Con andares trianeros, el misterio del Señor atado a la Columna y los Azotes se reencontró con Los Remedios puntuado por los sones de sus propias marchas.

el 17 abr 2014 / 23:38 h.

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Hermandad de Columna y Azotes - Las Cigarreras. / Foto: Pepo Herrera Hermandad de Columna y Azotes - Las Cigarreras. / Foto: Pepo Herrera

Existen múltiples maneras de inaugurar un Jueves Santo, pero pocas hay más bellas que hacerlo al otro lado del río –que tiempo habrá de volver al centro– contemplando la salida de la hermandad de Las Cigarreras. Habrá quien diga que no es esta la puesta en la calle más espectacular que existe, y tendrán razón; y también los hay que opinan que todo es demasiado amplio, poco recogido. Bueno. Pero nunca ponderaremos lo suficiente el buen hacer de esta cofradía en sus primeros pasos cada Jueves Santo, con un sol que brilla sobre Los Remedios de manera particular, con una comodidad que permite un goce pleno; goce que viene con el andar de sus dos pasos, con el soberbio esmero con el que cuidan el acompañamiento musical, con la solemnidad morada que destila una hermandad que ayer, desde su lugar, insistimos, inauguró un Jueves Santo pleno, fabuloso. Y ¡ay! la paradoja, un día que los sevillanos hicieron suyo, gozando cada minuto, sin perder de vista que ayer comenzó el más grande drama de la Pasión, que Dios muere, sí, pero sabemos que resucitará el Domingo. A las tres en punto, la cruz de guía de la hermandad de los Azotes y la Columna echaba a andar desde la Capilla de la antigua Fábrica de Tabacos.

¿Habrá templo más desconocido para los mortales sevillanos, no trianeros, que este? La banda juvenil de cornetas y tambores de la corporación abría el cortejo con Azotes y Columna y azotes, dos temas que pertenecen a la banda sonora cigarrera por derecho propio. Y tras ellos las primeras tandas de nazarenos de sotana y antifaz de raso morado, morado brillante, tanto que resultaba casi cegador, permitiéndosenos tomar una fotografía de colores restallantes.

El calor apretaba en la collación de Juan Sebastián Elcano, el mercurio subía y lo 30 grados anunciados comenzaban a ser algunos pocos más. Pero, hablábamos antes de comodidad, nunca hay bulla infranqueable en esta salida, por lo que el disfrute del cortejo es pleno, del primer al último nazareno, con sol y con sombra.

Apenas 20 minutos después se asomaba el Señor que tallara Buiza a su plaza. ¿Estábamos en Triana o en Los Remedios? Que opinen otros, pero si le hubiéramos podido poner el micrófono a Carlos Villanueva, capataz del misterio, seguramente nos reconocería que hay algo muy trianero en la forma de llevarlo. O eso o que los sones de Y fue azotado y Virgen de la Victoria nos guiaron hacia otro mundo, otra dimensión. Sin negrura, sin tinieblas, la cofradía hacía enmudecer ayer a sus fieles al compás del misterio doloroso, cruel, que portan 40 costaleros que ayer fueron los encargados de cumplir con la liturgia y hacer efectivo el rito, devolviendo al Señor a las calles de su ciudad.

Aguardando al palio, un papá, con la Wikipedia o el programa cofrade de El Correo de Andalucía muy bien aprendido, informaba a su familia y, sin querer queriendo, al resto de presentes del valor de las principales insignias que veíamos pasar: «El estandarte, el sine labe y el senatus son diseño de Gómez Millán, ejecutados en los talleres de José Caro en 1928, sobre terciopelo burdeos, restaurados por Fernández y Enríquez en 2003», dijo del tirón, sin puntos ni puntos y comas. Ahí quedó. Y bueno, que no es que no fuera interesante, pero María Santísima de la Victoria estaba allí al fondo, todavía en el interior de la Capilla, y las emociones andaban algo alborozadas para tanto dato escrupuloso. Guarecida en su sobrio palio de cajón, la Virgen de Las Cigarreras saludaba al pueblo con la marcha Corpus Christi, santo y seña de lo que iba a ser su discurrir, siempre tan ejemplarmente arropada por la banda homónima que más estilo derrocha a la hora de regalar pentagramas a sus titulares. Cuando nos quisimos dar cuenta, el Puente de San Telmo, sobre el que caía un sol respetable, se abría expedito para que la postal se reprodujera un año más.

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