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El revolucionario tímido

Hace veinte años que no cambia su pose de recibir a la prensa: brazos cruzados, bien apoyado en la mesa y algo echado para adelante, en sentido literal y figurado.

el 11 abr 2011 / 19:54 h.

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Dicen los psicólogos que cruzarse de brazos para hablar es ponerse a la defensiva. A los tres minutos ya empieza a gesticular, a mesarse la barba perfectamente arreglada y, sobre todo, a tocar a quien tenga a su lado. Te pega cates en el lomo y todo eso, recordando cómo lo trataban ciertos empresarios nada más llegar al Ayuntamiento (empresarios y palmadas que nunca olvidará); te toma por el brazo para hacerte una confidencia. Pero ni así ni en su lindo empeño de llamar al periodista por su nombre de pila (peligrosa arena ésa, la de la confraternidad con el plumilla) logra ocultar su timidez.

Es tan campechano en el trato, tan de aquí, que la entrevista parecía una charleta para hacer tiempo hasta que empezara la entrevista, y sólo se salía de ese ensueño gracias a las magníficas eses de María Esperanza Sánchez, que habla como los ángeles, con las que recordaba muy radiofónicamente a la brigada de redactores y articulistas que el interlocutor era un político de colmillo en trance de retorcerse y que el buen periodista no debe olvidar eso. Un político que venía con el periódico leído, lo cual no hacen ni los periodistas, y que dejó que sus ojos brillaran al recordar "que en casa no se hablaba de política, y que lo único que se decía era Antoñito, tú ten mucho cuidado." Se frota los labios en silencio, como queriendo ablandar las ideas que va a exponer, para que nadie se atragante. Sólo la izquierda tiene esos detalles.

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