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La isla del desasosiego

La incertidumbre es, junto con las malas condiciones de vida en algunos campos, el peor enemigo de miles de refugiados pendientes de que Europa dicte su destino

27 feb 2017 / 08:00 h - Actualizado: 27 feb 2017 / 08:43 h.
  • En Mithimna, en el norte de Lesbos, existe un vertedero al que van a parar la mayoría de los chalecos y dinguis que han traído consigo los refugiados. / R. Avilés
    En Mithimna, en el norte de Lesbos, existe un vertedero al que van a parar la mayoría de los chalecos y dinguis que han traído consigo los refugiados. / R. Avilés
  • Refugiados recién llegados, en plena noche, se calientan junto al fuego. / R. Avilés
    Refugiados recién llegados, en plena noche, se calientan junto al fuego. / R. Avilés
  • Cementerio musulmán improvisado en la localidad de Kato Tritos. / R. Avilés
    Cementerio musulmán improvisado en la localidad de Kato Tritos. / R. Avilés
  • Campo de refugiados de Kara Tepe, destinado principalmente a familias sirias. / R. Avilés
    Campo de refugiados de Kara Tepe, destinado principalmente a familias sirias. / R. Avilés
  • Darwish es un sirio de origen kurdo que vive en el campamento Pikpa. / R. Avilés
    Darwish es un sirio de origen kurdo que vive en el campamento Pikpa. / R. Avilés
  • Migrantes cameruneses muestran las malas condiciones de vida en Moria. / R. Avilés
    Migrantes cameruneses muestran las malas condiciones de vida en Moria. / R. Avilés

Pasadas las tres y media de la madrugada, cuatro muchachos con la ropa mojada corren por la carretera del aeropuerto de Mitilene cuando son interceptados por la Policía. La escena pone en guardia al grupo de voluntarios de Proem-Aid que hace guardia en unos de los salientes de la costa: un bote acaba de llegar.

Un kilómetro más al sur, junto a una antigua casa abandonada en una playa rocosa, se arraciman una treintena de migrantes recién llegados, ateridos de frío, perdidos, a la espera de que los voluntarios los atiendan antes de que lleguen la Policía o el Frontex.

Todos están bien, excepto una chica camerunesa, que apenas puede sostenerse de pie, víctima de mareos y vómitos. «Aquí tienes mascarillas, por si quieres acercarte a ella», dice un voluntario local al periodista, que baja la cámara. Cerca de ella están los principales focos de atención, tres niños sirios que han llegado con su madre y su tío. Al más pequeño, de sólo año y medio, lo atiende Lucas, un enfermero mallorquín que el año pasado estuvo en el campamento de Idomeni aliviando el dolor de decenas de personas que llegaron a sus manos.

Su tío está muy contento: «¡Ahora estamos muy bien! Gracias a Dios estamos muy bien, ya se ha acabado la pesadilla». «¿Dónde está su hermano?», pregunto. El hombre y su cuñada bajan la mirada. «A mi hermano lo mataron hace dos días en Turquía mientras negociaba el precio del pasaje».

La alegría del sirio recién llegado pronto caerá en un letargo aparentemente infinito, lo que tarda en pasar una familia solicitante de asilo en una isla como Lesbos, absolutamente desbordada. Más de 10.000 personas continúan viviendo en los diferentes campos de refugiados en medio de una incertidumbre absoluta, a la espera de que el compromiso de acogida de la Unión Europea de 70.000 refugiados en dos años comience a superar la pírrica cantidad de los apenas 8.000 que han traspasado las fronteras de Grecia en casi año y medio.

MORIA, LA PESADILLA

La primera estación del viacrucis dentro de la isla es el campo de Moria, a donde todo el que llega a la isla de manera irregular tiene que ir por prescripción policial. Allí se lleva un detallado registro de todo tipo de migrantes, tanto los que huyen de algún conflicto (Siria, Afganistán, Yemen) como los que buscan, no ya una vida mejor, sino una vida (Pakistán, Argelia, Mali, Camerún, etc).

Moria saltó a la fama el pasado año a raíz de un incendio provocado por los propios migrantes, que ya no podían soportar las condiciones de vida allí. Lo que en principio serviría para acoger a 1.500 personas acabó por ser el hogar de 4.000. A consecuencia de aquel suceso, ocurrieron dos cosas. Por un lado, se tomó la determinación de que las familias con niños (sirias y afganas en su mayoría) pasaran a campos como Kara Tepe, de gestión municipal. Por otro, se recrudeció la vigilancia del campo –un antiguo penal, de hecho– por parte de los militares que lo gestionan.

El crudo invierno hizo el resto. La nieve sepultó tiendas de campaña y carpas, sirviendo de pintoresco motivo gráfico para que, de nuevo, las duras condiciones de ese campo se vieran en el resto del mundo.

«¡Nunca había nevado en Lesbos! –nos comenta María, una de las funcionarias municipales que gestiona el campamento de Kara Tepe–, y precisamente son esas las únicas fotos que se ven en todo el mundo». Los griegos, especialmente estos isleños, están realmente indignados con la actitud de las autoridades europeas, «que no nos ayudan a evacuar a estas personas». Además, tienen la presión añadida de Acnur, presente en todos los campos (incluido Moria), pero inhabilitada para gestionarlos. Sin embargo, pese a que el «amable» campamento de Kara Tepe tiene realmente buenas condiciones de vida para sus casi 3.500 habitantes, sus gestores no nos permiten fotografiar en detalle. «Sólo imágenes generales. Haga la foto desde aquí», indica la funcionaria que nos acompaña señalando hacia una calle casi vacía de gente.

Al sur de Mitilene se encuentra otro de los campos que se ocupa de familias con niños y personas con necesidades especiales. Es Pikpa, gestionado por una ONG local, ERCI. Este campo, mucho más pequeño que los demás, tiene una gestión más amable y todo se desenvuelve en un ambiente muy familiar. Allí son bienvenidos los ofrecimientos de otras ONG por ayudar y de los periodistas por informar. Uno de sus habitantes nos llama desde su barracón prefabricado. Se llama Darwish y nos invita a café con extrema cortesía. Quiere contarnos su historia. «Soy kurdo. Los kurdos no tenemos voz». Darwish vivía en Kobane, en la frontera siria con Turquía, cuando el Isis atacó la zona, acabando con muchos de sus familiares y amigos. La huida hacia Europa le dura ya casi un año, el que le ha costado cruzar hasta aquí. Comparte la estancia con Ahmad, un iraní de 26 años, también de origen kurdo. «Yo tuve que huir de mi pueblo sencillamente porque soy agnóstico. No creo en Alá y por eso ni siquiera mis padres me ayudan. El único dinero que tenía, 900 euros, se lo quedó el hombre que me dejó subirme al bote». Ahmad llegó hace sólo 23 días a la isla y fue llevado directo al campo de Moria. Su estado mental era tan vulnerable, a pesar de su edad y buena salud física, que las autoridades lo derivaron inmediatamente al pacífico campo de Pikpa.

DE MARRUECOS A EUROPA, DANDO UN RODEO

Menos, mucha menos suerte tienen los cientos de hombres jóvenes que viven en los llamados squats, unos campamentos improvisados en almacenes y fábricas abandonadas a lo largo de la costa este de la isla.

Justo al lado del campamento de Kara Tepe se encuentra uno de estos squats, en lo que algún día fue una factoría de materiales de construcción. Hoy, sus dependencias están ocupadas por grupos de jóvenes de entre 20 y 30 años, que se organizan por nacionalidades para habitar los diferentes espacios. Los pakistaníes, unos 60, viven en la mayor de las naves, recientemente acondicionada por la Cruz Roja Suiza, que ayuda en la zona. A su lado habitan medio centenar de argelinos, todos muy jóvenes, entre los que conviven algunos marroquíes. Es obligada la pregunta de qué hacen estos últimos cruzando a Europa por este rincón en lugar de por el Estrecho de Gibraltar. «Es mucho más barato, –cuenta Faisal–. Cruzar por Marruecos es cada día más caro, allí hay que pagar hasta a la Policía, y además es muy peligroso, incluso para los que somos de allí». El cuadro de este squat locompletan otros pequeños grupos: iraquíes, iraníes, etíopes y birmanos, mucho más débiles en los casos –muy frecuentes– en los que hay peleas por los mejores lugares para dormir, por la electricidad e incluso por el agua corriente.

La isla de Safo trata de recobrar inútilmente la normalidad. Su economía sigue sustentándose en el olivar (hay 11 millones de estos árboles alfombrando el territorio), pero la segunda de sus fuentes de ingresos, el turismo, está ya herida de muerte. Nadie quiere venir ya a un lugar al que le ha cambiado hasta el aire, que estos días sopla helado desde la depresión del Mar Negro.

BABEL

Los primeros cincuenta días del año han sido durísimos en Lesbos y en todo el mar que la circunda. Además de las bajas temperaturas, ha soplado un viento fortísimo en las últimas semanas, que ha hundido la sensación térmica. Esto explica por qué ha bajado sensiblemente el número de botes que llegan a la isla. Sin embargo, las costas turcas se encuentran atestadas de migrantes a la espera de que las condiciones meteorológicas mejores. Los que llegan cuentan que en esa costa se ha vivido una situación «espantosa» con el frío, pues las condiciones de vida allí no son ni por asomo lo que se encuentran en la isla griega. Además de refugiados sirios y afganos, a esas costas arriban cada vez más «migrantes económicos», la mayoría de ellos de Pakistán y de muchos países africanos. A ninguno les frena el acuerdo entre la UE y Turquía del 20 de marzo del año pasado, por el que se disponía que todo migrante que llegara a territorio griego y que no tuviera una necesidad de «protección internacional», sería devuelto.


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