jueves, 23 noviembre 2017
14:49
, última actualización

Con lo recomendable que es la prudencia...

28 jul 2017 / 08:11 h - Actualizado: 28 jul 2017 / 08:12 h.

Durante cuatro años, Rubén Castro ha sido un maltratador y la afición del Betis ha aplaudido a un maltratador. Maltratador a secas, sin ‘presunto’ ni ‘supuesto’. En esta España de extremos se pone en un altar a cualquiera con la misma facilidad que se lo envía al infierno por los siglos de los siglos antes de que siquiera entre en un juzgado para, como indica la propia palabra, ser juzgado. España no juzga. España prejuzga. Y en el 99% de los casos condena.

Rubén Castro también ha sido víctima de esa presunción de culpabilidad. El futbolista no es ningún santo, pero la justicia ha determinado que tampoco es ese demonio que prefirió ver la chusma anónima, cobarde y sin principios que pulula a sus anchas por ese invento llamado redes sociales. De esa vil masa cabía esperarlo. Del cocinero que cuenta chistes mientras hace guisos, no tanto, pero su traspié no pasó de anecdótico. Lo grave, y desafortunado, es que políticos y políticas con (se supone) responsabilidad en un asunto tan delicado como la violencia de género prefirieran el oportunismo a la presunción de inocencia y se apuntasen a lo políticamente (nunca mejor dicho) correcto. Es decir, condenar al acusado.

Cuatro años después, Rubén Castro es inocente, sin el presunto delante, y la afición del Betis no tendrá que pedir perdón por haber honrado a uno de los pocos jugadores que de verdad han dignificado su escudo en los últimos años. Pero pocos o ninguno de los que crucificaron a diestro y siniestro rectificarán su error. Con lo recomendable que es la prudencia. Antes, cuando ni siquiera había habido juicio, y ahora, cuando la sentencia no es firme.


  • 1