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Fin de pista

Elogio del tren

13 dic 2016 / 22:41 h - Actualizado: 13 dic 2016 / 14:47 h.

Hay algunos trenes que aún recorren el camino de hierro a un paso que permite enhebrarse con el paisaje y la memoria. Merece la pena aparcar la obsesiva pantallita y el teclado virtual que llegaron para esclavizarnos. Seguro que los mensajes y correos pueden esperar. Se trata de interiorizar el viaje y asumir el traqueteo que nos conduce a lo que un día fuimos. El tren, siempre el tren: el del atardecer de los viernes, el anochecer de los domingos y en la ventana, como una película de tecnicolor, el mural de todas las estaciones del año y hasta la película de nuestros propios sueños, que al cabo de los años sabemos incumplidos.

Es el tren del estudiante que fue y contemplaba, uno a uno, los pueblos que separaban dos metas queridas: desde las ruinas de Medina Azahara, pasando por la metástasis del parcelismo desordenado o la rotundidad del castillo de Almodóvar hasta divisar la imponente lejanía de Carmona que nos colocaba a las puertas de Sevilla. Pero antes habíamos pasado por las dehesas de Peñaflor y Palma; las huertas de La Rinconada y los Rosales o la verja imponente –jabalís y venados de piedra y hierro- de aquel cazadero real que aún se llama Moratalla.

La vía sigue cruzando esa vega, emparedada entre la cinta parda de la sierra y el azogue terroso del río. Pero el viaje continúa más allá de la estación del destino. Ese tren lento que aún cose las dos Andalucías siguiendo el Valle del Guadalquivir nos devuelve a un tiempo en el que todo estaba por escribir. Como este artículo.


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