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Saber perder

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
11 ene 2019 / 08:31 h - Actualizado: 11 ene 2019 / 08:35 h.
  • Saber perder

Saber perder es siempre la mejor antesala para disfrutar la victoria. Eso se llama deportividad, y en Democracia es una condición inexcusable para ser democrático.

La Democracia no es un sistema perfecto, porque se basa para formar gobierno en la cantidad y no en la calidad. De lo contrario hablaríamos de un gobierno aristocrático, lo cual suena muy interesante y fino, pero hoy tendría también su traducción como un gobierno de espabilados que se pasan de listos. No obstante, la Democracia es el mejor sistema de cuantos hemos probado. Su carácter cuantitativo cuenta el día de las elecciones, pero su carácter cualitativo va pesando durante cuatro años. Cuando se dice que la Democracia no es solo votar cada cuatro años se quiere acentuar la idea de que, como pasa con todo lo fundamental, hay que construir Democracia todos los días, y eso significa apuntalar una serie de valores conquistados que no es que sean democráticos, sino humanísticos y propios de la civilización que evoluciona, a saber: libertad, igualdad de oportunidades, protección de los más vulnerables, empatía con el sufrimiento ajeno, solidaridad y ecologismo en todos los sentidos.

Todo eso no se cincela echando una papeleta en una urna cada cuatro años, pero la papeleta hay que echarla porque es nuestro deber y nuestro derecho, y echarla con conocimiento de causa. El problema (grave) es cuando la papeleta ni siquiera se echa y, encima, muchos de quienes sí ejercen su derecho (y su deber) al voto lo hacen no desde la premisa de estar eligiendo a quien quieren que gobierne sino de estar castigando a quien no quieren que lo haga. Entonces surgen raros constructos con probable fecha de caducidad, porque ya sabemos lo que ocurre cuando en un corral hay demasiados gallos, pero esos constructos son absolutamente democráticos.

De modo que se nos antojan ridiculeces todas esas proclamas contra el presunto “pacto de la vergüenza”, como dicen ahora en las izquierdas acostumbradas a pactar entre ellas de toda la vida, predicando -con razón- que nuestra Democracia es representativa. También lo es cuando a las derechas les salen los números, como ha ocurrido ahora en Andalucía.

Ahora ya no es momento de salir a la calle contra los resultados democráticos, ni de llamar a las barricadas, ni de rodear el Parlamento, ni de despreciar el pacto ni de llamar fascismo a cuanto se menee más allá de nuestra cosmovisión. Porque todos esos deberes debieron hacerse antes, como me han reconocido no pocos alcaldes de la provincia en civilizadas conversaciones privadas. Hace falta mucha pedagogía, dicen. Pero no solo ahora que la izquierda lo considera, sino siempre, precisamente porque el día de las elecciones no se ejerce la Democracia, sino el examen final que precisa una sociedad verdaderamente democrática. Tampoco Vox ha entrado en el Parlamento andaluz dando tiros, sino convenciendo a sus votantes mediante palabras, como todos los demás partidos. Si muchas de sus propuestas parecen retrógrados disparates no es un problema del sistema democrático, sino de la dejación de funciones pedagógicas de otros partidos acomodados de cuatro en cuatro años, hasta el punto de considerar que la Democracia funciona solo cuando ganan ellos.


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