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Morante: la vuelta del hijo pródigo

El diestro de La Puebla selló su reconciliación con la plaza de la Real Maestranza

18 dic 2016 / 21:46 h - Actualizado: 18 dic 2016 / 21:55 h.
  • Morante rubricó la paz con la afición sevillana la tarde del 15 de abril con un toro de Cuvillo. / Manuel Gómez
    Morante rubricó la paz con la afición sevillana la tarde del 15 de abril con un toro de Cuvillo. / Manuel Gómez

El Correo fue el primero. Después llegaron los demás. Este periódico avanzó el 5 de octubre de 2015 –en absoluta primicia para los medios sevillanos– la ruptura de hostilidades entre el diestro de La Puebla y la empresa Pagés. Morante quería torear en la plaza de la Maestranza; el pasado ya no contaba. La recomposición de las relaciones rotas con los Pagés era la principal preocupación del torero que también anunciaba profundos cambios en su entorno y prometía torear menos en este 2016 que ya esta pidiendo la cuenta. Morante iba a dejar en la orilla a su fiel Antonio Barrera y exigía la rebaja de la pendiente del ruedo baratillero para volver a contratarse en Sevilla. Declaraba que la marcha de Canorea creaba un nuevo escenario y decretaba, de paso, la liquidación de ese desmoronado G-5 que orquestó el nefasto veto de la plaza de la Maestranza en dos temporadas para olvidar. Morante, en definitiva, quería convertir el coso sevillano en el patio de su casa. De entrada, además, ya tenía asumido que la plaza de Las Ventas de Madrid no contaba en sus planes.

Con estas premisas, todo estuvo listo para el reencuentro con la afición sevillana en un Domingo de Resurrección de esplendores recuperados. Los ausentes volvían a estar anunciados en los carteles de Feria. Y aunque aquella corrida será recordada por el toro que le echaron al corral ya hubo buenas vibraciones. El diestro de La Puebla había sido capaz de dictar una importante faena que sirvió de declaración de intenciones. Y Morante volvería a caer de pie en su segunda comparecencia, con los toros de Victoriano del Río, en la que plantó cara a un manso de libro. El de La Puebla se iba a estrellar contra el muro de la decepcionante corrida de Jandilla. La reconciliación absoluta se resistía sin que pudiéramos atisbar que el definitivo recital llegaría en la última tarde, con el octavo y último toro que iba a matar en la Feria de Abril. La faena de Morante con ese dulce cuvillo fue la de mayor diapasón artístico del ciclo y, posiblemente, una de las mejores de su vida. La paz, ahora sí, quedaba firmada a orillas del Guadalquivir.

Apaciguado el principal frente, a Morante se le abría una campaña de escenarios escogidos en un calendario de actuaciones que no pudo reducir tanto como había previsto. Las 15 funciones que quería cumplir se ampliaron a 25 a las que hay que sumar las excursiones portuguesas y americanas que no computan en las habituales estadísticas. De la faena de Sevilla al revelador y recentísimo trasteo de la Monumental mexicana no hay muchos acontecimientos que reseñar. Pero, ¿para qué nos vamos a engañar? La trascendencia taurina de Morante de la Puebla navega por encima de las matemáticas. El matador cigarrero ha conseguido situarse por encima del bien y del mal sumando a su proverbial mala suerte en los apartados, una particular forma de administrar los astados que limita sus posibilidades y cercena su rendimiento. Hablar de la incondicionalidad que goza entre sus fieles merecería otra página. Ya hablaremos de ello. Lo merece.

Pero hay que volver al viaje de la temporada. En Jerez, en la víspera de la aparición tomasista, no pudo pasar de apuntes. Sí hubo concierto en Aranjuez por San Fernando, mano a mano con El Juli; grisuras en Badajoz por San Juan; ni pena ni gloria en Santander por Santiago... Morante salió contrariado de El Puerto a comienzos de agosto aunque al día siguiente, por fin, recibió a las musas en la Plaza de Pontevedra sin redondear con la espada. Le esperaban dos tardes aciagas en Málaga: bronca en una; tres avisos en la otra. Pero Dios aprieta pero no ahoga y Morante pudo sembrar en Cuenca aunque se estrelló con todo el equipo en Bilbao. Del Bocho, a Pucela: cal en el homenaje a Víctor Barrio y mucha arena en la segunda tarde que contrató. En la goyesca de Arlés, el día de la reaparición puntual de Luis Francisco Esplá, sumó bronca y oreja. Era el signo de una temporada de más sombras que luces que aún le vería inspirarse en Salamanca, aburrirse en Logroño, tropezar en Sevilla por San Miguel, puntuar en Zafra e invocar a las musas, por fin, en la clausura del Pilar de Zaragoza.

La discreta cuenta de resultados no inquieta a Morante. Y mucho menos a los morantistas. El pasado domingo le sacaron a hombros del avión que le traía de México. Ya saben que le ha bastado un nuevo recital para seguir en candelero. Todos seguimos esperándole.


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