martes, 25 febrero 2020
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De camino al estadio. Leer y disfrutar del trayecto

Los hay que van solos al fútbol. Y ese trayecto desde casa al estadio se hace pesado e interminable. Parece que es un buen momento para leer, para reflexionar, para reír. Y todo eso se puede hacer con un libro entre las manos

02 feb 2020 / 19:19 h - Actualizado: 02 feb 2020 / 19:51 h.
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Leer mientras asistimos a un espectáculo como puede ser un partido de fútbol o de baloncesto no parece buena idea. Ni creo yo que le apetezca a nadie. Sin embargo, antes o después, nos puede relajar, nos puede hacer olvidar una humillante victoria o nos puede permitir una evasión muy necesaria para lo que quede de domingo (les recuerdo que es víspera del primer y cruel día de la semana).

Por distintas razones, elijo estos tres títulos que pueden acompañar a cualquier aficionado hasta la cancha de juego.

De camino al estadio. Leer y disfrutar del trayecto

«La Puerta de los Infiernos». Laurent Gaudé logra con su novela retratar con precisión el sufrimiento de unos padres que pierden a su hijo, la destrucción de una relación, la venganza, la amistad y el infierno. Sí, el mismísimo infierno. No el que tenemos en la cabeza los occidentales sino el clásico, el que veían cerca Eurípides o Platón. Es una de las descripciones más conmovedoras, más terroríficas, que jamás se hayan escrito. Pero el gran mérito de Gaudé es que agarra una historia rebosando amargura y violencia para tratarla desde la ternura de lo cotidiano. Se acerca Gaudé a la tragedia griega en las formas y en el fondo. Incluso lo hace cuando se asoma a la teología. Perfila los personajes como lo harían los clásicos (no como un todo sino como si fueran trocitos pegados unos a otros y de los que pudiera desprenderse el individuo sin causar más que un daño local). Y lo hace con una solvencia extraña en los tiempos que corren. El lector debe estar dispuesto a tocar el mismísimo infierno con la punta de los dedos al pasar cada página. Algo así como esperar que tu equipo se libre en la última jornada del descenso.

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«Todos mis amigos están muertos». El que escribe localizó este pequeño cómic en una biblioteca municipal. Le resultó extraño que un libro con ese formato, con ese tipo de ilustraciones y tan delgadito estuviera colocado en la comiteca de adultos. Parecía más cosa de niños. Y no pudo contenerse, abrir el libro y echar un vistazo al interior. Por si tenía que cambiar el libro de estante, más que nada. La sorpresa fue enorme porque encontró uno de los libros que más le han hecho reír de cuantos ha leído (y eso no es poco). Risa desde la tristeza que provoca la soledad, lo inevitable, la ausencia, desde la relaciones inventadas, desde las relaciones imposibles, desde la realidad disfrazada de realidad (de otra, claro). Jory John y Avery Monsen son los autores. Y un par de locos maravillosos. Escribir «Todos mis amigos están muertos» e ilustrarlo tan estupendamente bien sólo lo puede hacer alguien con un punto de genialidad. Con este cómic se puede reír, llorar o lo que sea, en dos minutos y medio. Es el tiempo que tardé en leerlo por primera vez. Pero las reflexiones a las que te lleva son eternas. La vida, la muerte, las horas perdidas ante un ordenador jugando a la amistad, la idea de pareja, la idea de soledad, la vejez, el cambio. «Todos mis amigos están muertos» debería ser el regalo obligatorio en cumpleaños, santos, tanatorios y fiestas navideñas. Fantástico, divertido y conmovedor. Un libro con el que disfrutar mientras nos acercamos al campo de juego en autobús, metro o caminando. Un libro que podemos leer gane o pierda nuestro equipo o nuestro deportista favorito. Es igual. Nos partiremos de risa sea como sea.

De camino al estadio. Leer y disfrutar del trayecto

«Flores para Algernon». Imagine por un momento. Es usted un científico capaz de hacer que una persona con discapacidades intelectuales desarrolle su cociente intelectual hasta niveles que le conviertan en superdotado. Ha experimentado con un ratón y parece que es posible conseguir algo así. ¿Lo haría? Y ahora, piense un momento sobre lo que va a leer. Un muchacho deficiente mental es feliz. Si se ríen de él no percibe esa crueldad como tal, los problemas apenas existen en su realidad. ¿No somos nosotros los que vemos problemas que para él no existen, somos capaces de ponernos en el lugar del otro con cierta objetividad? ¿Hay razones para desear que una mente se desarrolle y acerque a aquello que entendemos como normal? Bueno, pues estas son algunas de las preguntas que fui anotando en los márgenes de la novela de Daniel Keyes. «Flores para Algernon» me cautivó desde el principio y me hizo reflexionar sobre estas y otras muchas cuestiones que siempre había eludido por comodidad. En la contraportada de la edición que manejo dice que es una novela realista con toques de ciencia ficción. Creo yo que la novela en sí es pura ciencia ficción con toques realistas. Lo que ocurre es que (la ficción, en general, y la ciencia ficción, en particular, es así) desde ese género se intenta explicar el mundo real, el actual. No voy a desvelar ni una pizca de la trama porque creo que nadie me lo perdonaría, pero les aseguro que disfrutarán de una lectura inolvidable. Si se dejan acompañar por este libro, tal vez, se plantearán nuestros comportamientos racistas en el campo, nuestra violencia con los que vemos más débiles, el sentido que adquiere la masa como unidad amorfa en la que nos podemos esconder para insultar o ser agresivos.


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