jueves, 28 mayo 2020
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«La flauta mágica»: La diosa razón, la música y el ser humano

Hace exactamente cuatro años pudimos disfrutar de la representación de «La flauta mágica» de Wolfgang Amadeus Mozart. Fue en el Teatro Real de Madrid. Nos gustó mucho la producción de la Komische Oper de Berlín. Ahora, lo volvemos a disfrutar y con la misma intensidad

26 ene 2020 / 22:36 h - Actualizado: 27 ene 2020 / 00:00 h.
"Ópera"
  • Stanislas de Barbeyrac (Tamino), Andreas Wolf (Papageno) y Elena Copons, Gemma Coma-Alabert, Marie-Luise Dreßen (Tres damas). / Javier del Real
    Stanislas de Barbeyrac (Tamino), Andreas Wolf (Papageno) y Elena Copons, Gemma Coma-Alabert, Marie-Luise Dreßen (Tres damas). / Javier del Real

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La música de Mozart es otra cosa. Puede gustar un compositor u otro; la música clásica del siglo XX o la del XV; las óperas contemporáneas o las más veristas; puede gustar cualquier cosa aunque lo que es seguro es que lo de Mozart parece cosa de otro universo. La genialidad de este compositor está mucho más allá.

Este singspiel de Mozart solo se puede entender si el espectador deja los prejuicios en el ropero, si se sienta en la platea dispuesto a que le cuenten una historia de hadas, de héroes y villanos. Es lo que es. Ese es el vehículo principal que utiliza el compositor para hablar de asuntos más que trascendentes para el ser humano.

El escenario del Teatro Real se ha transformado en una pantalla de cine. Se llena de sombras, de animaciones propias de los primeros tiempos de Walt Disney. Blancos, negros y grises. El color se cuela para realzar un sentimiento, algo extraordinario o un estado de ánimo que el personaje arrastra para bien o para mal. Cine mudo de Keaton y Louise Brooks. La música de Mozart suena. Esto, definitivamente, es otra cosa. Ante Mozart hay que claudicar. El director musical, Ivor Bolton, busca los tonos más apaciguados, los más parecidos a los originales. Así, la Orquesta Titular del Teatro Real de Madrid suena antigua. Música preciosa, sonido precioso. El Nosferatu de Murnau sobre el escenario. Y con todos esos ingredientes la ópera de Mozart se hace asequible. Es un cuento de hadas en el que los buenos son buenos y los malos son malos, en el que los buenos se enfrentan a los malos hasta vencer para conseguir un mundo mejor. Lo religioso es una broma que destroza al ser humano. La diosa razón ordena el mundo con su luz y convertida, al mismo tiempo, en camino hacia esa iluminación necesaria para las consciencias.

«La flauta mágica»: La diosa razón, la música y el ser humano
El color matiza la acción que se desarrolla sobre blancos y negros. / Javier del Real

El hombre frente a la mujer que tiene un papel fundamental en lo que quiere contar Mozart. El libreto es de apariencia tonta aunque esconde grandes cosas. Habla del lugar reservado para las personas rodeadas de amor verdadero, de la razón y de la música convertida en lenguaje universal. Una tesis más que interesante para la época y para hoy.

La puesta en escena de Suzanne Andrade y Barrrie Kosky es divertida, atrevida, algo gamberra, exquisita con la esencia de la obra; es la mezcla casi perfecta de música cine, mitos y fantasmas.

Es algo muy normal (desde hace años) eliminar parte de los diálogos hablados de «La flauta mágica». En esta producción se cambian por carteles de cine mudo clásico. Al mismo tiempo, los cantantes gesticulan o adoptan una postura concreta para dar sentido a lo que se lee. Suenan en esos momentos las Fantasias en Do menor y Re menor compuestas por el propio Mozart.

Aunque la puesta en escena es impecable, es verdad que se pierden algunas cosas por el camino. Por ejemplo, cuando se encuentran Sarastro y Papageno, por primera vez, en la versión original, se asustan uno del otro porque Sorastro es un negro feo y Papageno tiene ‘exceso de pluma’. Esto, actualmente, no se puede contar así sin que se te echen encima unos y otros y los de más allá. Pero, por supuesto, esa chispa, ese ingenio de Mozart queda inédito. Este detalle me lo comenta mi compañero de butaca; él ha tenido que encarnar a Papageno en alguna ocasión.

El coro, como siempre, magnífico. No es la ópera en la que un coro tiene mayor presencia y, sin embargo, cuando les toca cantar el teatro se hace más grande, más importante.

«La flauta mágica»: La diosa razón, la música y el ser humano
La puesta en escena de esta producción es espectacular y funciona perfectamente. / Javier del Real

Andrea Mastroni (Sarastro) va de menos a más. Muy bien en la zona central de su registro. No tanto en los extremos. El tenor francés Stanislas de Barbeyrac encarna a Tamino y el resultado no es malo aunque si es escaso en emociones. Rocío Pérez (Reina de la Noche) cumple más que bien. Las tres damas (Elena Copons, Gemma Coma-Alabert, Marie-Luise Dreßen) divertidas, burbujeantes y aportando una frescura maravillosa al conjunto. Los tres muchachos estupendos. El Papageno interpretado por Andreas Wolf es uno más; la Papagena de Ruth Rosique, otro más. El Monostatos de Mikeldi Atxalandabaso más que correcto. Y Olga Peretyatko muy bien como Pamina, con una voz delicada y muy bien de técnica.

Hasta el 24 de febrero se seguirá representando esta ópera de Mozart en el Teatro Real de Madrid. Merece la pena.


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