domingo, 13 octubre 2019
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Olor a fantasma

21 jun 2019 / 22:47 h - Actualizado: 21 jun 2019 / 23:06 h.
  • ‘Al final del pasillo, una pequeña puerta, con la cerradura arrancada de cuajo, anunciaba la llegada al famoso pasadizo que el duque usaba para sus tropelías’. / Imagen cortesía de @deVillamediana
    ‘Al final del pasillo, una pequeña puerta, con la cerradura arrancada de cuajo, anunciaba la llegada al famoso pasadizo que el duque usaba para sus tropelías’. / Imagen cortesía de @deVillamediana

La memoria olfativa es peculiar, no importa dónde se encuentre uno, ni en que momento en particular, de pronto, un determinado olor te transporta a otro lugar y, generalmente, a otro tiempo.

Hoy he pasado caminando junto a un edificio abandonado y he vuelto a sentir lo que yo llamo «olor a fantasma». Es ese olor frío y desolador, ese olor a vacío y soledad que desprenden los lugares donde ya nadie habita. De pronto he vuelto a mi infancia y a mi pueblo.

En todo pueblo que se precie hay una casa encantada, en el mío era la «Casa Grande». Si mezclamos una leyenda de aparecidos, unas cuantas mentes infantiles influenciadas por «Los Goonies» y los «Siete Secretos» , y una casa abandonada con historia, encontramos el caldo de cultivo oportuno para una aventura infantil de terror imaginario para un adulto y muy real para un niño.

Todos los días pasábamos al lado de la «Casa Grande» camino del colegio. El vetusto edificio ocupaba toda una manzana. Eran solo dos plantas, pero sus altos techos y alargados ventanales le daban una altura considerable en un pueblo donde el único bloque de pisos con ascensor era una atracción más por la que pasaron todos los vecinos. Hasta que el presidente de la comunidad de propietarios puso un cartel obligando a cerrar la puerta de acceso.

La puerta principal de la «Casa Grande» era señorial, de madera oscura y con un aldabón con el que todos golpeábamos deseosos de oír el eco con que la casa nos contestaba. Coronaba la portada el escudo familiar de un duque de poca monta que una vez recibió a un rey de paso que quería pernoctar y desayunar gratis. O, al menos, eso contaban las crónicas.

Toda casa encantada que se precie tiene un pasadizo secreto y el de esta en particular comentan que dijeron que se hablaba que llegaba hasta el pueblo de al lado. Lo que no estaba muy clara era la utilidad del túnel. Dependiendo de la malicia del paisano que relataba, podía servir al duque para huir del enemigo o para escapar de los brazos de la dueña camino del encuentro de una dama del pueblo de al lado.

Así pues, dependiendo de la versión de los hechos que se escogiese, el fantasma de la duquesa lloraba buscando a su marido desaparecido en cruel combate, o bien gritaba clamando venganza contra el traidor. En lo que todos los vecinos coincidían era en lo horripilante de aquel clamor, que llenaba de espanto a aquel que osaba atravesar las puertas de la «Casa Grande».

Así pues, una de aquellas tardes eternas de verano con tan sólo dos cadenas de televisión y un alto porcentaje de padres enganchados al Tour de Francia, decidimos aventurarnos en la mansión. Llevábamos una semana planeando la incursión con esmero y, al contrario que nuestras influencias anglosajonas ( «Los Goonies», etc), que preferían el crepúsculo para sus hazañas, decidimos que, en un país donde las noches de verano son tan concurridas, la hora de la siesta sería la más oportuna, por lo solitaria.

Con las mochilas cargadas con agua, la merienda y el peso considerable de las linternas con pila de petaca, nos colamos en la «Casa Grande» por la ventana que llevábamos dos años lectivos acechando. Nada más atravesar el umbral el «olor a fantasma» impregnó nuestro miedo. Por calmar la ansiedad que sentíamos en ese momento, decidimos merendar en la misma entrada de la casa. El efluvio de nuestros bocadillos de mortadela de aceitunas y chorizo de Pamplona, al contrarrestar los aromas de la casa, consiguió calmar nuestros nervios e insuflarnos valor.

Siguiendo los planos que habíamos copiado de un antiguo libro de la biblioteca, y que no teníamos claro si eran de la «Casa Grande» o de la casa del párroco, nos adentramos por un pasillo que conducía hacia el sótano.

El silencio sólo se veía interrumpido por nuestras agitadas respiraciones y los continuos estornudos de Pablo, que era alérgico a los ácaros. La luz de mi linterna parpadeaba por un mal contacto con la pila, así que, de vez en cuando le daba el golpetazo de rigor tan útil a la hora de hacer que cualquier cacharro funcione. Al final del pasillo, una pequeña puerta, con la cerradura arrancada de cuajo, anunciaba la llegada al famoso pasadizo que el duque usaba para sus tropelías. Me hice la valiente a fuerza de empujones por la espalda de mis mal llamados amigos y la abrí. Los goznes chirriaron tal y como se espera de los goznes de una casa encantada, el pasillo que se vislumbraba a través del quicio de la puerta era oscuro como una cueva. Tras un par de eternos segundos en los que ninguno nos atrevimos ni a respirar, un par de figuras blanquecinas emergieron agitando los brazos y ululando como demonios. El griterío fue de película y, una vez los dos fantasmas desaparecieron al final del pasillo, corrimos atropelladamente hacia la salida como alma que lleva el diablo.

Aquella experiencia paranormal sirvió para que nuestra amistad permaneciera firme con el pegamento de una unión basada en un secreto inenarrable.

Años después, cuando llegó a nuestros oídos que la hermana de Pablo y su actual marido usaban el pasadizo de la «Casa Grande» como escondite para enrollarse, decidimos seguir pensando que lo que vimos fue el fantasma del duque perseguido por la celosa duquesa.

Así que hoy, al percibir el «olor a fantasma» de la casa abandonada, se me ha erizado el vello y me ha entrado un inmenso antojo de bocadillo de mortadela con aceitunas... O de chorizo de Pamplona.


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