El jerez, la cultura inabarcable de un vino con historia

10 mar 2022 / 10:20 h - Actualizado: 10 mar 2022 / 10:22 h.
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«Lo de Cleopatra bañándose en leche de burra se queda en poca cosa en Jerez», escribe José Vicente Quirante Rives el empezar un capítulo de «Un viaje sentimental al jerez», que quizás sea un libro sentimental y viajero pero sin dejar de ser una historia -y una geografía- cultural, literaria, familiar, poética y casi mística de esos vinos.

La evocación de Cleopatra no es gratuita ni la comparación con Jerez exagerada porque Quirante Rives, a renglón seguido, recuerda el diálogo de los amantes en «La bodega entrañable» de los hermanos Cuevas:

«-Acabo de bañarme en vino. Un oloroso de 1862 -dijo ella- ¿Te gusto así?

-Con locura. Me gustaría beberte toda y muy despacio.»

Si con ese diálogo arranca el capítulo titulado «Beber despacio», el capítulo siguiente, bajo el epígrafe «Y beber para ser dioses», concluye de este modo:

«Sí, hay un uso virtuoso del vino para asimilarse a los dioses y así alejarse de la guerra sin cuartel que se libra dentro de cada hombre».

Quirante Rives (Cox, Alicante, 1971), ha dirigido el Instituto Cervantes en Nápoles y ha fundado la editorial Parténope y en «Un viaje sentimental al jerez» (Confluencias) recuerda que el botánico Esteban Boutelou consignó en 1807 que aún ofreciéndoles 15.000 reales por una bota de vino añejo de las bodegas de la Cartuja de Jerez, los cartujos se negaron a venderla.

Al área determinada por el Atlántico y los ríos Guadalquivir y Gudalete, donde se produce el jerez, superpone Quirante Rives el triángulo gaditano de Jerez de la Frontera, Sanlúcar de Barrameda y el Puerto de Santa María, que aparece en estas páginas «como una sombra de la ciudad vinatera que fue», pero donde el autor encuentra a algunos de los sabios, eruditos y «últimos mohicanos» de la historia del jerez.

Ese triángulo incluye «la bodega completa más antigua del mundo», una bodega fenicia del siglo III antes de Cristo «de dos mil metros cuadrados de extensión, con sus lagares, almacenes, horno y santuario, ubicada en la Sierra de San Cristóbal, que pertenece al castillo de Doña Blanca en El Puerto de Santa María».

Tal vez esa larguísima historia en tan breve geografía sea la razón de que por las páginas de Quirante Rives asomen, además de Zurbarán y Goya, San Juan de la Cruz, César González Ruano y Manuel Chaves Nogales entre otros poetas y escritores aparentemente ajenos a ese mundo como James Joyce, Valery Larbaud, Xavier de Maistre y Robert Walser, además de cineastas como Orson Welles, quien no sólo rodó en estos parajes alguna escena de su inacabado «Quijote» sino que cumplió con la labor alimenticia de dirigir algún anuncio de vinos.

Aunque «el colmo de la literatura enológica» lo encontró el autor en el consejo que dieron tanto Beltrán Domecq como Manuel María González Gordón: «Beban mientras leen», un consejo que el autor contrapone al «aburrimiento» de las explicaciones técnicas sobre el vino.

Quirante Rives no sólo escribe un capítulo sobre la «magia» de la crianza del jerez sino que dedica uno al «milagro» de su persistencia, ya que «ha soportado plagas tan terribles como la filoxera, la extinción de mercados tradicionales de venta, la disminución de la superficie de viñedo, las directivas europeas, el cambio en los hábitos de consumo» y hasta el rebujito (mezcla de vino y gaseosa con hielo) «que se perpetra en las ferias andaluzas».

Tantas adversidades le hacen exclamar: «Que todavía podamos bebernos una copa de buen jerez es la mejor prueba no solo de la existencia de Dios sino de su infinita misericordia».

«El Mediterráneo es la primera zona bioclimática de la geografía del vino, pero quien lo recorra hoy advertirá que el vino se ha vuelto marginal, y cuando se pide suele ser de ínfima calidad», lamenta el autor para atribuir la salvaguarda de esta milenaria cultura a esa «minoría de bebedores indómitos que apuesta por la grandeza del jerez a pesar de todo, como los amanuenses medievales conservaron el saber antiguo durante los tiempos oscuros».


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