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El reportaje literario

La historia como novela ilustrada: de Alfonso X el Sabio a Carlos I de España y V de Alemania

En el 800 aniversario del rey que impulsó la Escuela de Traductores de Toledo, un nuevo libro del editor Pedro Tabernero lo empareja con el gran emperador del Renacimiento a través de una baraja de naipes que da pie a la fingida biografía de quien la pintó

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
25 jul 2021 / 06:39 h - Actualizado: 25 jul 2021 / 06:42 h.
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En la más fructífera de las tradiciones cervantinas, donde un libro contiene a otro libro y cada historia su interpolación, el incombustible editor Pedro Tabernero acaba de rizar el rizo con una de esas ideas chispeantes de las que surgen todas sus obras. La última, Pareja de Reyes, ha salido del viejo arcón de un mendigo salmantino que, a la manera del manuscrito de Cide Hamete, guardaba allí las barajas de un tal Rigoberto Ardid, que había pintado, por inspiración divina, láminas con escenas de reyes tan aparentemente distantes como Alfonso X el Sabio y Carlos I de España y V de Alemania. Lo único que le hacía falta a Tabernero era un pintor de veras que compusiera realmente naipes y láminas históricas de tan distantes reinados, y lo consiguió invocando al artista cubano Dagoberto Arguiz; una biografía novelada de Ardid que lo emparentara con la novelesca época del último de estos reyes, y la ha escrito con total verosimilitud Antonio Sancho Villar; y las biografías auténticas que realmente parecen novelas de los propios monarcas, Alfonso primero y Carlos después, y las obtuvo pidiéndoselas a dos entendidos en la materia, conscientes de que vida y literatura son las caras de esa misma moneda con la que se compra la historia: Manuel González Jiménez, de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, y Braulio Vázquez Campos, historiador y jefe de sección de archivos en el Archivo de Indias de Sevilla, respectivamente.

La historia como novela ilustrada: de Alfonso X el Sabio a Carlos I de España y V de Alemania


Con todos esos ingredientes, Pareja de Reyes rinde un múltiple homenaje. Al libro de culto, desde luego, porque la magnífica edición es para disfrutarla repasándola una y otra vez, pero sobre todo a los dos reyes que impulsaron definitivamente, cada cual en su momento, la idea que hoy hemos heredado de país, aunque ellos aspiraran a algo más: convertirse en emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico.

Solo el nieto de los Reyes Católicos lo consiguió, pero son tantos los motivos de grandeza que los unen, pese a estar separados por 279 años, que merecen mucho la pena sendos repasos biográficos del rey que murió en Sevilla después de repartir aquí las tierras que conquistó su padre, Fernando III el Santo, y del rey que se casó en Sevilla, justo antes de que él se fuera a materializar el sueño de conquistar Europa. A ambos reyes, además, Alfonso y Carlos, los une íntimamente el reto cultural de haber impulsado las lenguas de nuestro país directa o indirectamente: el que consiguió ser apodado El Sabio porque, desde su lengua materna, el gallego, trovó los más profundos sentimientos humanos en sus cientos de cantigas profanas y religiosas, además de haber mandado traducir al castellano lo más valioso del saber escrito en lenguas más viejas como el árabe, el griego o el latín. El que realmente consiguió ser emperador de España y Alemania porque, durante su reinado, se cocinaron todos los ingredientes para que su siglo -henchido de pensamiento y arte en una lengua castellana ya consolidada en el viejo y en el nuevo mundo- fuera considerado, con sobradas razones, el Siglo de Oro. Ambos monarcas, para colmo de coincidencias en los extremos de casi tres siglos que los separan, terminaron retirándose del mundanal ruido para ponerse en paz con Dios y consigo mismos.

Hace ahora 800 años

Alfonso X el Sabio (1221-1284) fue, sin duda, el monarca más universal que produjo la Edad Media hispánica. Cuando comenzó a reinar, con 30 años, no solo recibió de su padre Castilla y León, sino los tres reinos andaluces que el rey santo le había arrebatado al Islam: Jaén, Córdoba y Sevilla, además de otros territorios todavía musulmanes que, sin embargo, le pagaban tributos, como Murcia, Granada o Jerez. Que continuara la empresa conquistadora de su padre, Fernando III, no fue óbice para convertirse en protector de artistas, poetas, historiadores y juristas, pues no en vano lo más llamativo de su legado no tiene que ver con la conquista de territorios, sino de saberes. Bajo su poder se redactaron Las Siete Partidas, un conjunto de leyes que aún impregna nuestro sistema legal e incluso de los países hispanoamericanos. Su curiosidad universal lo llevó a convertir su corte en un vivero de sabios venidos de todos los confines de la tierra conocida: poetas, juristas, astrónomo, astrólogos, músicos y traductores de cuyo talento compartido salieron obras como la Estoria de España o la General Estoria, el Libro del axedrez, dados e tablas o la gran colección de cuentos orientales conocidos con el nombre de Calila e Dimna.

La historia como novela ilustrada: de Alfonso X el Sabio a Carlos I de España y V de Alemania


Las Cantigas de Santa María

Sin duda son las Cantigas de Santa María, un monumento del arte medieval que combina armónicamente palabra, música e imagen, lo más recordado del rey sabio. Dejó dicho el musicólogo catalán Higinio Anglés, después de descifrar el sistema de su notación, que se trata del “reportorio musical más importante de Europa en lo que se refiere a la lírica medieval”. De las 427 cantigas –escritas en galaicoportugués y en notación musical mensurada-, novelescas y líricas con la Virgen como protagonista, se cree que muchas de ellas salieron del puño y letra del mismísimo monarca, como la que comienza Non me posso pagar tanto, en la que manifiesta su deseo de hacerse a la mar en un galeón que le alejase deste demo da campinha, / u os alcrâes son, en clara alusión a las intrigas y traiciones de la corte.

Por ese mismo hartazgo se retiró también Carlos I casi tres siglos después de su inagotable carrera conquistadora, al monasterio de Yuste, donde conoció al hijo natural que había tenido con una dama alemana hacia 1547, Jeromín, a quien reconoció oficialmente en su testamento disponiendo que se llamara Juan (de Austria), el nombre con el que su madre, la reina Juana que no reinó, lo hubiera querido bautizar a él. Aquel Juan fue el que venció en Lepanto algunos años después, donde se quedó manco el autor de El Quijote sin que ello le impidiera escribir una novela inolvidable capacitada para contar tantas historias dentro de otras.

Sevilla tuvo que ser

En la misma Sevilla del NO&DO en la que se casó Carlos I con su prima Isabel de Portugal, en 1526, hubo de morir Alfonso X, enfermo y refugiado, tras haber desheredado a su propio hijo. En aquella tercera década del siglo XVI, la segunda del reinado del emperador, Sevilla era ya entrada del comercio con las Indias y la boda del emperador, entrando por la Puerta de la Macarena para sellar su amor en los Reales Alcázares con su prima Isabel (a quien Braulio Vázquez asegura que amó de veras), marcó en la ciudad un antes y un después. También en la vida del propio monarca, no demasiado consciente ni siquiera algunos días después, en su luna de miel en Granada, de que se estaba gestando una revolución literaria sin precedentes en la literatura castellana gracias al diálogo de uno de sus soldados, Garcilaso de la Vega, con el embajador veneciano Andrea Navagero. El escritor de Toledo, enamorado perdidamente, por cierto, de una tocaya de la emperatriz, la portuguesa Isabel Freyre, sería el introductor definitivo del verso endecasílabo (once sílabas), procedente de Italia, en la poesía castellana. Después de empaparse del soneto y de la estancia y de haber creado la lira como estrofa en Nápoles, mientras le escribía por encargo una poética carta de amor a un amigo de allí, Garcilaso habría de morir en 1536 en la invasión de la Provenza que Carlos I de España y V de Alemania había iniciado como represalia contra su archienemigo de casi toda la vida, Francisco I de Francia. Las armas y las letras. La guerra y el amor.

Para entonces, el soneto de amor más famoso del poeta toledano no solo servía para dar cuenta del que había profesado él mismo por su dama portuguesa, Isabel, sino por el que le había debido el mismísimo emperador a la propia reina, también Isabel: “Yo no nací sino para quereros; / mi alma os ha cortado a su medida; / por hábito del alma misma os quiero. / Cuanto tengo confieso yo deberos; / por vos nací, por vos tengo la vida, / por vos he de morir, y por vos muero”.


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