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Las Cigarreras: El cuadro de Sevilla «por derecho divino»

Pintado en 1915, esta semana se ha cumplido un siglo del homenaje que la ciudad brindó a su autor, Gonzalo Bilbao, en desagravio por no ganar un premio nacional. Trabajadoras de la Fábrica de Tabacos lo recibieron en la estación y lo llevaron en procesión hasta su casa

19 jun 2015 / 19:40 h - Actualizado: 20 jun 2015 / 21:40 h.
"Arte","Patrimonio","Artes plásticas"
  • El cuadro de ‘Las Cigarreras’ domina la sala XII del Museo de Bellas Artes con sus grandes dimensiones, más de tres metros de alto por cuatro de largo. El autor invirtió cuatro años en esta obra. / Inma Flores
    El cuadro de ‘Las Cigarreras’ domina la sala XII del Museo de Bellas Artes con sus grandes dimensiones, más de tres metros de alto por cuatro de largo. El autor invirtió cuatro años en esta obra. / Inma Flores
  • Gonzalo Bilbao, rodeado de cigarreras aquel 16 de junio de 1915 que llegó a Sevilla. / El Correo
    Gonzalo Bilbao, rodeado de cigarreras aquel 16 de junio de 1915 que llegó a Sevilla. / El Correo
  • La portada de El Correo con la crónica de la llegada. / El Correo
    La portada de El Correo con la crónica de la llegada. / El Correo

«Es un pedazo de nuestra vida, un girón de nuestro sol, un aleteo de nuestra alma, carne de nuestra carne y huesos de nuestros huesos...». Así, con este verbo tan florido, describía el canónigo y escritor Francisco Muñoz y Pabón el cuadro de Las Cigarreras de Gonzalo Bilbao, una alabanza que publicó en El Correo de Andalucía para así participar en lo que, por aquellos días de primeros de junio de 1915, era la cuestión capital en Sevilla: había que homenajear al pintor de manera ostentosa y aparatosa como desagravio por no recibir por este cuadro la medalla de honor de la Exposición de Bellas Artes que se había celebrado en Madrid.

Sevilla estaba particularmente orgullosa de este lienzo y convencida de que iba a obtener un reconocimiento nacional, lo que provocó la consiguiente indignación cuando no ocurrió así. Literalmente, aquello no se entendió. Así que eso tan propio de las fuerzas vivas de la ciudad se movilizaron para resarcir a Gonzalo Bilbao, al que por supuesto se consideraba ganador honorífico del certamen, un sentimiento alimentado por los elogios que vertió la prensa nacional. «Las Cigarreras es una obra que está repicando a gloria, y es preciso acudir a verla para gozar ante ella», escribió por ejemplo el crítico Ramón Pulido en la revista El Norte de Madrid.

«Este cuadro es una de las niñas bonitas del Bellas Artes», admiten los técnicos de la propia pinacoteca sobre una obra que acaba de cumplir un siglo en la ciudad. «Es una obra clave del museo y de uno de los pintores insignia de Sevilla, en ella emplea la técnica del iluminismo dos años antes de que empezara a usarla Sorolla», dando como resultado una pintura «que es casi una fotografía porque refleja la forma de trabajar» de estas operarias, un tema recurrente del costumbrismo regionalista que tanto gusta por estos lares. «Hubo otros pintores, como García Ramos, que se ponían en la puerta de la Fábrica de Tabacos para ver salir a las cigarreras, al parecer era todo un espectáculo», se apunta desde el museo.

Precisamente al Bellas Artes llegó tras la Guerra Civil. Gonzalo Bilbao murió en Madrid en 1938, y a renglón seguido su viuda (María Roy Lhardy, hermana del director del Banco de Vizcaya) lo donó junto a otras obras del autor. En manos privadas, repartidas por varias colecciones, quedaron los 11 estudios preparatorios que el pintor realizó, bocetos y estudios que muestran la dedicación con la que se entregó a este lienzo que le llevó cuatro años de trabajo. Tras llegar a colgarse en la Fábrica de Tabacos, hoy domina la sala XII del Bellas Artes con sus imponentes dimensiones que superan por poco los tres metros de alto por cuatro de largo (305 x 402 centímetros, exactamente).

Sevilla hizo suyo el cuadro desde el primer momento, y se tomó muy mal que no lograra honores nacionales. «En la conciencia de todos está el triunfo moral indiscutible de nuestro ilustre convecino Gonzalo Bilbao», clamaba el director de la revista Bética, Félix Sánchez Blanco, en una carta en El Correo de Andalucía fechada el 25 de mayo de 1915, en la que pone por primera vez sobre la mesa que se le rinda un homenaje al artista porque su triunfo «es el triunfo de Andalucía y especialmente de Sevilla y los sevillanos debemos y queremos demostrar al insigne artista nuestra admiración y nuestro cariño». Dicho y propuesto: recibirlo a su regreso de Madrid con todos los honores («una verdadera manifestación de admiración y simpatía»), ofrecerle un banquete (que se celebró en la caseta del Labradores) y entregarle una medalla de oro «costeada por suscripción popular y a la que podrá contribuir el elemento obrero con la pequeña cantidad que le parezca». Ya estaba lanzado el reto, al que se sumó el periódico («nuestras modestas fuerzas contribuirán en todo lo posible a la realización de tan feliz iniciativa») y del que se fue informando puntualmente de todas las reuniones preparatorias en el Ateneo con vistas al gran día, el 16 de junio de 1915, que era cuando llegaba Gonzalo Bilbao a la estación de Plaza de Armas. Entre los que se embarcaron en la aventura, nombres como los de Gustavo Bacarisas, José Gestoso, Juan Lafita o Tomás Ibarra y, de por medio, la propuesta que lanzó Muñoz y Pabón desde las páginas de El Correo: que Sevilla compre el cuadro «aunque sea a fuerza de perras chicas», para que así quedase en el museo «para admiración de propios y envidia de extraños lo que es nuestro, lo que ha producido nuestra tierra al beso de luz y fuego de nuestro sol».

En pleno arrebato lírico, Muñoz y Pabón le ponía letra al sentir de la ciudad, convencido como estaba de que en la adquisición de la obra ayudaría hasta el más humilde de los sevillanos. «Verá usted la gente de blusa y de mantón aprontar los diez céntimos del tranvía o los cinco de la flor para el rodete, para darse el gustazo de que el cuadro que es nuestro por derecho divino sea para siempre de nosotros, del pueblo de Sevilla, por derecho de compra».

Y llegó el 16 de junio, y desde las 8.30 (el tren llegaba a las 9) «el andén de la estación férrea de la Compañía de M.Z. y A. presentaba animadísimo aspecto». La noche antes, la Fábrica de Tabacos lució una iluminación artística en la que se anunciaba cuándo llegaba el pintor, y se repartieron por la calle miles de tarjetas postales con el fotograbado del cuadro. Se hizo un llamamiento al comercio para que no abriera sus puertas hasta las 9.30, para que así todo el mundo pudiera acudir al homenaje, y allí estuvieron 30 cigarreras con sus mantones de Manila para recibir al artista, al que acompañaron en coche de caballos hasta su casa. Tal y como cantó al día siguiente El Correo, «la Medalla de Honor le fue impuesta ayer al gran pintor por el pueblo de Sevilla, por ese pueblo noble, simpático, justo, alegre, compuesto por la masa popular y la aristocracia de la sangre, de las Artes, del Comercio y de la Industria». Fue, hace ahora un siglo, el gran desagravio de la ciudad a su artista favorito.


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