El reportaje literario

Los santos Juanes, a un lado y otro de la mejor Literatura

El pasado 24 de junio se celebró el día de san Juan Bautista, un personaje verdaderamente precursor de los otros Juanes que han dado de sí la mejor literatura y no solo mística: desde San Juan de la Cruz, patrón de la Poesía española, hasta el autor del ‘Apocalipsis’, otro iluminado de la palabra

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
27 jun 2021 / 11:05 h - Actualizado: 27 jun 2021 / 11:11 h.
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Juan de Yepes Álvarez, hijo de unos pobres tejedores asentados en Fontiveros (Ávila) a mediados del siglo XVI, nació un 24 de junio (de 1542), festividad de San Juan Bautista, y por eso lo bautizaron con aquel nombre que él conservó no solo cuando se hizo fraile con el nombre de Juan de San Matías, sino incluso cuando fundó el primer convento de descalzos sin saber aún que aquel nuevo nombre, Juan de la Cruz, iba a llevar el San delante desde siglo y medio después y que estaba destinado a convertirse en el Patrón de la Poesía española no por la cantidad de sus versos, apenas un millar, sino por la profundidad humanística que otros, desde la perspectiva profana, no habían alcanzado.

El caso que entre un Juan y otro -el Bautista y el poeta- hubo otros muchos Juanes, o tal vez uno solo, porque todavía no se sabe con certeza si el apóstol Juan, probablemente el discípulo al que Jesús tanto quería, fue también el Evangelista cuyo texto comienza precisamente poniendo en el centro la palabra: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Y más adelante: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. O sea, el misterio de la Encarnación. Dios hecho verbo, palabra, poesía. Tampoco se sabe con absoluta certeza si ese mismo Juan evangelista, quizá también apóstol, fue el mismo que escribió unas cuantas cartas fundamentales para el Cristianismo y el último libro de La Biblia, el misterioso Apocalipsis que desde luego un Juan –el mismo u otro- escribió desde una isla griega que todavía hoy conserva su memoria: “Yo, Juan, vuestro hermano y compañero de la tribulación, del reino y de la paciencia en Jesús (...), me encontraba en la isla llamada Patmos por causa de la Palabra de Dios...”. Lo dicho: muchos Juanes y todo por la Palabra.

Personajes y autores

El primero de los Juanes a los que nos referimos fue básicamente un personaje. No uno cualquiera, sino de esos principales que se perpetúan de libro en libro y hasta de película en película, porque el primo segundo de Jesucristo -el hijo de la prima hermana de la Virgen María, santa Isabel- no solo protagoniza aquel encuentro entre las dos mujeres al saltar en el vientre de su madre antes de nacer, según el evangelista Lucas, que hace cantar a María el célebre Magníficat a continuación, sino que, según los evangelistas Mateo y Marcos, fue luego un auténtico personaje: “Llevaba Juan un vestido de pelo de camello y una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”. Pero es que el mismísimo profeta Isaías había preconizado el papel de este Juan llamado a ser el último profeta: “Voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Juan, el Bautista, que tildaba de “raza de víboras” a quienes lo oían sin escucharlo, siempre con demasiadas verdades en su boca, acabó reprochando al rey Herodes que hubiera tomado a la mujer de su hermano, y la hija de esta le acabó pidiendo, en los fastos de su cumpleaños, el último regalo que él hubiera esperado, a pesar de tenerlo ya encarcelado: “La cabeza de Juan el Bautista”. El eremita Juan, que inspiró a otros personajes como el anacoreta Simeón el Estilita, acabó inspirando a su vez al cineasta Luis Buñuel para su película de 1965 Simón del desierto. Lo dicho: todo un personaje para autores varios.

Calzados y descalzos

Yo os bautizo con agua para que os convirtáis, pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no soy digno de desatarle la correa de las sandalias”, decía aquel Juan que bautizó al mismísimo Dios hecho hombre. Otro Juan, bautizado así quince siglos después por él, se quitó directamente sus propias sandalias para hacer volver a sus orígenes a la orden del Carmelo en la que había ingresado como pobre de solemnidad. Se llamaba Juan de Yepes, aunque su paisana y compañera de fatigas, la muy atrevida Teresa de Cepeda y Ahumada –luego Santa Teresa de Jesús- lo llamara, por su cuerpo pequeñito, “mi medio fraile”.

Pequeño y descalzo, el caso es que San Juan de la Cruz se inspiró en sus propias fugas de la cárcel, donde los calzados lo habían apresado en Toledo, para escribir esos intensos poemas que conciliaron el bíblico Cantar de los Cantares con lo más granado de la poesía culta renacentista y su inconfundible sabor italianizante: Noche oscura, Cántico espiritual y Llama de amor viva. La trena ha servido de sosiego a los más grandes. Que le pregunten a Cervantes.

El alma que huye

Por mucho misticismo que alcanzara San Juan de la Cruz –y alcanzó el máximo que se conoce-, lo cierto es que se escapó, literalmente, en medio de la noche con ayuda de un carcelero y fue acogido en otro convento de monjas descalzas que lo cuidaron. La aventura de un preso esquelético de unas celdas a otras tuvo más que ver con la imaginación del alma que con las fuerzas corporales.

De modo que no extraña que sea el alma quien protagonice la huida en uno de los poemas más célebres de la literatura española, compuesto a base de las mismas liras que Garcilaso le compuso a Mario Galeota para conquistar a su novia napolitana: “En una noche oscura, / con ansias, en amores inflamada, / ¡oh dichosa ventura!, / salí sin ser notada, / estando ya mi casa sosegada”. ¿Es la casa el cuerpo y el cuerpo es la cárcel? ¿Es el alma liberada quien se fuga del cuerpo o el propio San Juan quien huye de la prisión?En la noche dichosa, / en secreto, que nadie me veía / ni yo miraba cosa, / sin otra luz y guía / sino la que en el corazón ardía”. Lo cierto es que el místico consigue su propósito. Y sigue al son de las liras, ya trascendente para la eternidad: “¡Oh noche que guiaste! / ¡Oh noche amable más que la alborada! / ¡Oh noche que juntaste / Amado con amada, / amada en el Amado transformada!”.

Todavía le quedaron a Juan de la Cruz muchos kilómetros que recorrer por los caminos de Andalucía, pasando por Almodóvar del Campo (Ciudad Real), donde había nacido otro Juan, San Juan de Ávila (el probable autor del “Soneto a Cristo crucificado”); por Baeza, por Granada y finalmente por Úbeda, donde murió antes de que en el convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia reclamara sus restos, convertidos en codiciadas reliquias. Para entonces, quedaba también para la eternidad uno de sus primeros escritos, un romance sobre el Evangelio del tocayo que le había dado tanta importancia a la Palabra: “En el principio moraba”, escribía San Juan de la Cruz, “el Verbo y en Dios vivía, / en quien su felicidad / infinita poseía. / El mismo Verbo Dios era / que el principio se decía;/ él moraba en el principio, / y principio no tenía...”.

Escritores, santos y visionarios

El proceso de beatificación y canonización de San Juan de la Cruz, casi medio siglo después de su muerte, empezó el año en el que murió Luis de Góngora: 1627. Fue proclamado santo finalmente en 1726, el año en que la RAE empieza a publicar su Diccionario de Autoridades. No fue hasta 1926, el año en que César Vallejo reflexiona en un famoso ensayo sobre el estado de la Literatura española, cuando Pío XI lo proclama Doctor de la Iglesia Universal. Y en 1952, cuando el Congreso Eucarístico de Barcelona, es nombrado patrono de los poetas en lengua castellana, extremo que habían apoyado algunos de los más grandes poetas y no solo de aquí, desde Juan Ramón Jiménez a Paul Valéry o desde Rubén Darío a T. S. Eliot, quienes habían coincidido en considerar la obra literaria del santo como la cumbre de la poesía española.

A San Juan de la Cruz lo han cantado muy luego desde Amancio Prada hasta Enrique Morente o Rosalía, pasando por el grupo Los Planetas en su disco Encuentros con entidades. Visionario después de tanto sufrimiento, la obra Llama de Amor viva es al fin y al cabo “una canción del alma en la íntima unión de amor con Dios”: “¡Cuán manso y amoroso / recuerdas en mi seno, / donde secretamente solo moras! / Y en tu aspirar sabroso, / de bien y gloria lleno, / ¡cuán delicadamente me enamoras!”.

Sin ir más lejos, el otro San Juan escritor –acaso también apóstol, como decíamos; acaso también evangelista- había teorizado mucho antes sobre una definición de Dios tan profunda como literaria: “Dios es amor”. Y había dejado escritas, en aquellas cartas literarias dirigidas a las primeras comunidades cristianas, la conclusión más mundana del amor que cabría esperar de un escritor libre ya de misticismos, aunque también se llamara Juan, como el que escribe el Apocalipsis oyendo la trompetería del fin del mundo: “Nadie ha visto jamás a Dios; si nosotros nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su perfección”. Palabra de Juan.


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