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Por qué estudiar las carreras que (casi) nadie te recomienda

Según el último informe Adecco, los grados de la rama de Artes y Humanidades cuentan con un 2,80% de oferta de empleo. Cuatro profesores universitarios cuentan los motivos para cursarlos.

Julio Mármol julmarand /
02 jul 2021 / 04:00 h - Actualizado: 02 jul 2021 / 04:00 h.
"Universidad"
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Cualquiera que haya decidido graduarse, o siquiera se lo haya planteado en voz alta, una carrera de la rama de Humanidades, habrá escuchado las consabidas preguntas: “¿pero eso tiene salida?”, “¿Y de qué sirve estudiar eso?”, “Con la buena nota de corte que tienes y la vas a desperdiciar. Mejor estudia Medicina/Derecho/Ingeniería y, en unos años, cuando tengas tiempo, te apuntas a un curso a distancia de la carrera esa”.

Durante los días que dura la Selectividad (ahora PEvAU), florece en todos los medios de comunicación el Informe InfoEmpleo de Adecco sobre las carreras más (y menos) demandadas en el mercado laboral. Según este documento, y mientras a los futuros ingenieros, arquitectos y abogados les espera el trozo pingüe del pastel, los egresados de Filosofía, Humanidades, Traducción e Interpretación y Filología deben conformarse con las migajas: un 2,8% del total de empleos disponibles exigen una carrera de la rama de Humanidades. Pero no todo va a ser trabajar.

Filosofía: Una carrera que no sirve para nada

“En la Facultad de Filosofía no se engaña a nadie. Desde el principio, les decimos a los alumnos que la Filosofía no sirve para nada”, comenta Antonio Molina Flores, profesor en la Facultad de Filosofía y en la de Comunicación. Así las cosas, ¿por qué perder el tiempo? Pues quizá para aprender que al filósofo posmoderno Lyotard también le parecía cuestionable la utilidad del pensamiento, ya que no garantizaba resultados. Y, aun así, (casi) nadie deja de pensar por ello.

“Filosofía es una carrera que nos enfrenta con los textos que constituyen el legado más importante de Occidente”, dice Antonio. “Los que nos han constituido en cuanto identidad cultural y los que contienen tal vez los valores más humanos: democracia, igualdad, belleza, empatía, y un largo etcétera”. El profesor señala que muchos de los graduados en Filosofía ingresan en Másteres o cursos de especialización, mientras que otros se decantan por “pasar rápido al mundo del empleo, pero hay que ser realistas. Los grados son de cuatro años y se suelen estudiar en periodos en los que los jóvenes todavía no han madurado del todo. Por ello, es utópico pensar en que al salir de un grado ya se esté capacitado para el mercado laboral”.

Acaba con un consejo: “En estos momentos nadie, ni la ministra de Educación, puede garantizar un empleo. Filosofía sí garantiza una formación sólida en Epistemología, Ética, Estética, Historia de las Ideas, Historia de la Ciencia, Lógica...Estas disciplinas son la base de nuestra cultura y de los estudios humanísticos de todos los tiempos. Formar parte de ese legado. Ahora bien, estudiar, leer, reflexionar y escribir no son tareas ni fáciles ni mayoritarias. No me atrevería a decir que son de elegidos y elegidas, pero sí que son raras. Ahora que cada cual mire en su interior y comprenda si está llamado para esta tarea”.

Humanidades: Sí, Humanidades es una carrera

Marian Pérez Bernal no estudió el grado de Humanidades, sino el de Filosofía. “Cuando elegí esta carrera, a mí también me tocó escuchar que era una locura y que no tenía salida”. Actualmente, Marian da clases a los alumnos de Humanidades en la Pablo de Olavide, donde ha lanzado una revista anual sobre estudios de género, realizada por los propios estudiantes, llamada La pluma violeta. El pasado 18 de marzo, apenas una semana después del día de la mujer, se presentó el quinto número de esta publicación. “Ahora me alegro de no haber escuchado a los que me recomendaron que no estudiase Filosofía”, dice Marian.

Hegel dijo que nunca se hizo nada grande sin una gran pasión, y Marian parece tener en mente esta frase al responder qué razones existen para graduarse en Humanidades: “Las personas deben estudiar aquello que les apasione”, contesta. “Así que creo que si a alguien le apasiona la Historia, la Filosofía, la Literatura, el Arte o los idiomas, su sitio es el grado en Humanidades”. También recuerda una cita, esta vez explícitamente, del escritor David Foster Wallace: “Aprender a pensar es ejercitar un cierto control sobre qué piensas y cómo lo piensas. Se trata de estar atento al escoger a qué prestas atención y cómo construyes sentido a partir de las experiencias. Las Humanidades son una buena ayuda en una tarea como esta”.

Respecto a la “empleabilidad” de los futuros humanistas en el mercado laboral, Marian señala que “no hay estudios bien hechos que permitan afirmar que la empleabilidad de las Humanidades sea peor que la de otras disciplinas. Un buen número de los alumnos que han salido de las aulas de la UPO dan clase en secundaria y bachillerato; otros han dirigido su carrera hacia la investigación y están realizando su Doctorado o son ya docentes en distintas universidades; egresados y egresadas en Humanidades encontramos también trabajando en bibliotecas, en archivos, en museos, en la gestión cultural, como documentalistas de cadenas de televisión o han creado empresas de gestión turística y cultural”. No obstante, la broma infinita del “pero Humanidades no tiene salida” está condenada a perdurar en el tiempo, tanto o más que el libro de Foster Wallace.

Traducción e Interpretación: Porque el traductor de Google no lo es todo

El secuestro, de George Perec, es una novela en la que el lector, si opta por la versión en francés, no encontrará siquiera una vez la letra “e”, la vocal más común en este idioma. Cuando Anagrama tradujo El secuestro, y para mantener en esta apuesta gramática el grado de dificultad y extravagancia, la letra omitida fue la “a”, más popular que la “e” gala en el vocabulario español. Obviamente, El secuestro, que pasa sobradamente de las 300 páginas, no podría haber sido traducido por un motor de traducción automática. Se necesitaba a un traductor, a secas.

Lorena Pérez Macías daba clases en las aulas vecinas a las que aún frecuenta Marian, pero recientemente cambió la Universidad Pablo Olavide de Sevilla por la Autónoma de Madrid. En cualquier caso, su facultad sigue siendo la de Traducción e Interpretación, una carrera que ella describe como “multidisciplinar y muy versátil, ya que permite capacitar a los alumnos para un gran abanico de actividades profesionales, por lo que es una buena opción tanto si tienes claro que te quieres dedicar al sector profesional de la traducción o la interpretación como si no tienes muy claro qué hacer en el futuro, pero sabes que te gustaría que estuviera vinculado con diferentes idiomas, culturas, con la redacción en tu propia lengua materna”. En los años que Lorena lleva como profesora (desde 2013), “la gran mayoría de alumnos con los que he tratado han conseguido un puesto de trabajo relacionado con lo que han estudiado en poco tiempo, en algunos casos en España y en muchos otros fuera de España, algunos como traductores/intérpretes o cualquier otro perfil para los que habilita directamente esta carrera y en otros casos desempeñando otros puestos a los que han podido acceder por su alto nivel en diferentes idiomas”. Lorena cree que pocas carreras pueden garantizar un empleo a sus egresados en tan poco tiempo.

Filología: Del latín, “amor por las palabras”

Ludwig Wittgenstein pensaba que las dimensiones de nuestro mundo son las dimensiones de nuestro propio lenguaje. Por su parte, Ray Charles preguntaba, al piano, “nena, /¿dime qué he dicho?/¿dime qué acabo de decir?/ ¿dime qué dije ahora mismo?/ Quiero saberlo”.

Escrutar en la entrañas del lenguaje, diseccionarlo si se llega muy tarde, vivificarlo cuando se llega justo a tiempo o diagnosticarlo si se llega con tiempo suficiente es la tarea de unos cirujanos llamados filólogos. La profesora Elena Puerta Moreno, de la Universidad de Sevilla, es uno de ellos. “La filología es apasionante porque nos enseña a decorticar los entresijos de la lengua y de la literatura, a disfrutar de otra manera de los libros, a pensar y a expresarnos, a hablar. Porque nos recuerda quiénes somos y nos permite saborear el arte y la literatura”.

En nuestro idioma, la palabra “empleabilidad”, como el actor Timotheé Chalamet o el futbolista Jean Marie Dongou, apodado el nuevo Eto'o y hoy delantero de un equipo finés, no cuenta más de 25 años. Su primera aparición fue en un artículo (de la sección Empresas, claro) de La Vanguardia. Así que, como aconseja Elena, no conviene tomársela demasiada en serio: “a un estudiante que estuviera planteándose si ingresar en Filología, le diría que si realmente le gusta y le apasiona, no tenga miedo a esa idea utilitarista de la “empleabilidad”, porque lo importante es formarse en lo que a uno le llama realmente. Incluso a nivel profesional, vale más ser bueno en lo que te gusta, que poner parches para apostar por un futuro que ya es incierto para todos, estudiemos lo que estudiemos. Confiemos siempre en lo que nos gusta, porque la pasión es la que mueve el mundo”.

Mercado, mercado, mercado

Que un deportista de élite cobre más en un año que un graduado en toda su vida laboral es, para Antonio Molina Flores, la demostración de que “en el mundo en el que vivimos, la cultura y la educación no son lo más importante. Lo importante son los deportes, los negocios y los medios de comunicación”. Para Marian Pérez Bernal, hay una lucha académica pendiente: la de las Humanidades y las ciencias contra las leyes del mercado. El desprecio a las Humanidades, frente a otras ramas del conocimiento, lo considera “un error resultado de imponer unos criterios de eficiencia y rentabilidad y competitividad erróneos y que afecta tanto a los estudios humanísticos como a los estudios científicos que no tienen una utilidad inmediata. Privilegiar la profesionalización de los estudios significa olvidarnos de la dimensión universal de la función educativa de la enseñanza y olvidarnos de que muchos de los grandes descubrimientos de la humanidad fueron fruto de investigaciones que no tenían ningún interés utilitario”, añade. La lógica de pensamiento que defiende que una carrera es necesaria si lo es para el mercado laboral, en opinión de la filóloga Elena Puerta Moreno, conduce “a mercantilizar el saber y a dejar de lado el mismo origen de los estudios universitarios: el conocimiento y la reflexión; a formar autómatas sin ningún espíritu crítico y, por lo tanto, a la deshumanización. Considerar el valor de unos estudios universitarios por su valor de mercado nos conduce a ser menos libres, a ser esclavos del trabajo”.


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