martes, 12 noviembre 2019
00:01
, última actualización
La aventura del misterio

Apariciones, bilocaciones y estigmatizados

Las apariciones de espectros errantes, fantasmas perdidos en un mundo incierto o almas en pena recorren las calles, galerías y plazas de la ciudad hispalense y de los pueblos de esta comunidad son un hecho que no tiene margen de dudas ante las muestras evidentes que encontramos.

27 oct 2019 / 08:08 h - Actualizado: 27 oct 2019 / 08:08 h.
  • Apariciones, bilocaciones y estigmatizados

El caso del le hablamos es uno de esos sucesos extraños de los cuales el tiempo ha ido borrando de la memoria del pueblo y ahora es el momento de desempolvarlos. Sucedió muy cerquita de Sevilla, en población de Osuna y nuestro personaje se llamaba Baltasar de Zúñiga.

Corría el año 1610, septiembre para ser más exactos, y Baltasar de Zúñiga, un religioso sevillano destinado a ser uno de los primeros fundadores del Monasterio de Osuna, con una vida merecedora de un santo, tomaba los Santos Sacramentos esperando una muerte digna para un clérigo de su talla. Tras tomar los Santos Sacramentos Baltasar perdió la razón por unos días, los cuales se los paso mirando a un punto imaginario de su pequeña celda de convento. Pasados estos días, el moribundo falleció, pero apenas una hora antes de su fallecimiento, mandó al Prelado que enviasen a un religioso a la capilla para que pidiese por su alma, y este así lo hizo.

Al llegar el religioso a la capilla, pudo observar como una comitiva fúnebre de aspecto espectral y resplandeciente salía por debajo del pulpito. Eran clérigos y religiosos, todos con rostros blancos aunque resplandecientes.

El religioso se armó de valor, he intentó llevar acabo la empresa que le había llevado hasta allí. De repente, una mano invisible tiró de su escapulario en repetidas ocasiones. El clérigo cayó al suelo, pero se levantó y firme se dirigió al altar, y allí pidió por el alma del moribundo Baltasar de Zúñiga.

Cuando el religioso volvió allí donde descansaba el agonizante Baltasar, le contó al prelado todo aquello que le había sucedido en la capilla.

Juntos, prelado y religioso se acercaron a Baltasar y como una sola voz comenzaron a entonar el Credo, el enfermo levantó su brazo haciendo el signo de la Santa Cruz y seguidamente sonrió mientras daba su alma a Dios.

Al día siguiente, asegura el Padre Fray Luis de Jesús María, que mientras rezaba se apareció ante él, el espectro del Venerable Baltasar de Zúñiga en el Colegio de San Laureano de Sevilla.

Extraña procesión la que relata la historia póstuma de Fray Baltasar. Procesiones espectrales, clérigos extraños rodeados de luces aún más extrañas. Este caso nos da paso a otro que en el tiempo y la forma guarda similitudes con aquel famoso caso que ya hemos contado en estas guías, que no es otro que el del Fantasma de San Onofre. Pues bien, el caso al que nos vamos a referir ahora guarda el mismo guion, pero lo lugares cambian y se añaden nuevos fenómenos inexplicables.

A fray Gaspar de los Olivos, seguramente, le costó olvidar, si es que lo hizo, lo sucedido un buen día en el Convento de los Remedios de Sevilla. A Fray Gaspar, se le ordenó auxiliar en una misa a un sacerdote secular. Mientras daba la misa, advirtió el fray Gaspar que el altar estaba adornado de unas extrañas pero hermosas además de olorosas flores frescas. Cuando terminó la misa, Gaspar fue a recoger alguna de aquellas extrañas flores para mostrárselas a alguno de sus amigos y así comprobar cuál era su procedencia. Y al darse la vuelta comprobó totalmente anonadado como tanto las flores como el sacerdote secular habían desaparecido de la capilla como por arte de magia.

Se apresuró el joven Gaspar en ir a contarle el suceso a su superior y éste, le contestó con un cierto tono de melancolía, que aquella misa estaba dedicada para salvar el alma de aquel extraño sacerdote que por alguna desdicha aún bajaba su alma por este mundo.

Fray Francisco de Velasco, es uno de esos místicos sevillanos, que muy bien pudiera encajar su vida como milagrero o profeta, pero lo ponemos en uno de los más altos listones de aparecidos póstumos, puesto que de estas hazañas milagreras post mórtem, son muchos los que dijeron ser testigos.

Nació en 1558 y muy pronto se embarcó junto al resto de su familia hacia las Indias Occidentales donde a muy temprana edad ya dio síntomas de estar atraído por la vida religiosa. Fue en 1575 cuando ya en tierra Española, consiguió el sueño de su vida al tomar los hábitos de los Mercenarios Descalzos.

Sus andanzas y aún más sus sermones, le guiaron por toda la península convirtiendo a infieles a diestro y siniestro, además de dejar caer algún milagrillo que otro por el camino tales como; curar a un ciego de su ceguera, o multiplicar los panes y los peces para una boda e incluso resucitar a un joven con solo tapar el cadáver con su capa.

Acabaron sus pies ajados y descalzos y ahora con hábito de Capuchino en la hermosa ciudad de Antequera, donde sintió que Dios le llamaba a su lado y que pronto dejaría este mundo terrenal. Y así fue, sucedió el día 27 de diciembre de 1615, tras sufrir un profundo y placentero éxtasis, se colocó el solo como si ya estuviera muerto y en ese momento espiro su último aliento.

Y aquí amigos, es donde los trayectos póstumos del fantasma de Fray Francisco, tomó gran notoriedad entre sus coetáneos.

Don Fermín Arana, nos lo narra así lo sucedido en su libro Hijos Ilustres de Sevilla (1791); Fray Francisco le vio la noche del 28 de diciembre coronado con refulgencias. Doña Ángela de Blanes, estando recogida la noche de San Juan Bautista seis meses después de la muerte del Siervo de Dios le vio en una carroza, y le oyó palabras de gran edificación. El mes de noviembre de dicho año de 1616 estando enferma una persona espiritual en Valencia vio ante sí al Venerable Padre con un Crucifijo, y que la exhortaba a la tolerancia en los dolores que padecía, y mayores que le debían de venir...

Continúa narrando Arana las proezas milagreras que su cedieron en el nombre de Fray Francisco de Velasco tras su muerte y que le dio gran fama de milagrero y que por la gran extensión de prodigios omitiremos, pero para que se hagan una idea, el número de sus milagros son equiparables a los arrojados a la luz de los diez últimos Santificados por el Vaticano.

Bilocaciones

Las bilocaciones; San Francisco de Asís, San Antonio de Padua, Santa Ludwina, San Francisco Javier, San Martín de Porres, San José de Cupertino, San Alfonso de Ligorio, San Juan Bosco, San Pío de Pietrelcina Sor María de Jesús de Ágreda y Sor Úrsula Micaela Morata. Todos ellos las sufrieron, todos fueron capaces de estar en dos lugares al mismo tiempo y que en ambos sitios se les viesen por numerosos testigos. Quizás, las bilocaciones más famosas en la actualidad son las de Sor María Jesús de Ágreda, a la cual se le atribuye la cristianización de Nuevo México y de la que el escritor Javier Sierra se ocupó presentándola al mundo en su novela La Dama Azul. Pero también el tiempo se ha comido algunos nombres no tan célebres pero que sin lugar fueron actores principales de hechos constatados y sin explicación.

Remontémonos al año 1596 cuan la Madre Sor Isabel de la Columna se hallaba en cama aquejada de un gran malestar que poco a poco acababa con su cuerpo. Sintiendo ella que llegaba la hora de entregar su alma a Dios, le pidió a su confesor poder recibir la Sagrada Comunión, pero este, el confesor, le negó aquel acto sagrado alegando que estaba tan enferma, que posiblemente arrojaría la Santa Forma al suelo.

Pasaron las horas y algunos días de aquella desagradable humillación y siendo el día de San Andrés, Sor Isabel de la Columna pidió a sus hermanas que se retirasen un poco y que guardasen silencio para poder escuchar la misa.

Las monjas extrañadas hicieron lo que se les pidió, pese a que en aquella oscura habitación no sonaban misas ni cosa que se le pareciese. Y tras la quietud y el sosiego la monja enferma empezó a musitar las oraciones propias de la misa e hizo el ademán de haber tomado la Santa Forma.

Pasados algunos minutos, levantó la mano he indicó a sus hermanas de convento que se acercasen a ella y preguntó con una sonrisa en el rostro tras dar un pequeño sorbo al agua; ¿Ha pasado la forma? En ese momento abrió la boca dejando ver un trozo de la misma.

Las monjas sorprendidas por aquel suceso extraordinario, esperaron a que llegasen los religiosos y estos explicaron que pese a haber contado todas las Formas antes de la comunión, al párroco le había faltado una, que no era otra que la que había tomado inexplicablemente Sor Isabel.

En otros textos, aseguran que muchos pudieron ver a físicamente a Sor Isabel de la Columna recibiendo la Santa Forma en misa a la misma hora que otros tantos testigos aseguraron que ella permaneció tumbada en su cama durante todo el día.

Estigmatizados

Llagas, señales, marcas... Todas ellas regidas por la iconografía cristiana tradicional sobre la visión de la crucifixión de Cristo. ¿Un origen sobrenatural o un don de Dios? De cualquier forma casi siempre coinciden en personas con una extrema devoción cristiana.

A lo largo de la historia han existido muchos casos de estigmatizaciones como los estigmas de San Francisco de Asís, o los de la Beata María de Oignies, pero... ¿quién conoce el caso de la estigmatizada Ana la Pobre? Pasemos a conocer la historia fascinante y mística de esta gran sierva de Dios.

Ana quedó huérfana muy joven y queda en manos de una matrona. En seguida dio síntomas de espiritualidad cristiana y estos síntomas fueron acompañados de largos y profundos éxtasis. A los catorce años murió su matrona y a su pesar a los dieciocho se casó. La convivencia con su marido no tardó en convertirse en un infierno, viéndose en poco tiempo en la calle, despojada de todo sustento para seguir viviendo con dignidad, y sin nada con que darle de comer a las dos hijas que había tenido con su repugnante marido.

Estando mendigando en la calle y con el hambre que solo conocen quienes la han pasado, cogió el último mendrugo de pan que le quedaba y dio gracias al señor por aquel mísero alimento y en ese momento un milagro hizo que aquel mendrugo de pan se convirtiera en grandes y sabrosas hogazas. Al comprobar el prodigio miró al cielo y se quedó un buen rato sufriendo un éxtasis como los que ya había sufrido cuando era niña. Tras el éxtasis les contó a sus hijas que el señor le había confiado algunos secretos y le había bendecido con el don de la curación.

Con el tiempo y ya habiendo fallecido su esposo, tomó el hábito de las Trinitarias descalzas y al año comenzó a sentir unos fuertes dolores en las manos, pies y en el costado izquierdo, siendo estos dolores más fuertes los viernes de cada semana.

También resultó prodigiosa la relación que mantuvo con los animales, con los cuales era capaz de comunicarse mentalmente y más de una vez sus conocidos fueron testigos de cómo algunos caballos se detenían frente a ella y se arrodillaban mientras ella los tocaba con los estigmas de sus manos.

Falleció muy anciana el 21 de julio de 1617. Cuentan algunos escritos como los que dejó Fray Alejandro de la Madre de Dios en la tercera Crónica sobre los Trinitarios Descalzos, que su cuerpo sin vida quedó flexible y con un color rosado y que las llagas de sus manos desaparecieron y que de allí don antes manaba sangre, ahora manaba un suave y agradable olor a rosas frescas. Su funeral fue multitudinario y las calles de Sevilla se llenaron de gente deseosa de poder tocar o por lo menos acercarse a la monja. Se le enterró en la Iglesia de los Padre Trinitarios Descalzos.

De ilustre linaje es nuestra próxima estigmatizada, Sor María de la Corona, puesto que en su apellido aparece el de Saavedra, tomado por su padre Fernán Arias de Saavedra, Señor del Viso.

Con apenas seis años entró interna en el Convento Madre de Dios de Sevilla, llegando con los años a ser la Priora del Convento. Pero no era una priora cualquiera. Verán ustedes, por lo visto a Sor María le gustaba sumergirse en agua casi helada cuando necesitaba de flagelo y así lo hizo un 25 de diciembre con un frío horrible. También y no se sabe bien si por gracia o desgracia divina, Dios la premió por sus grandes flagelos con el don de la profecía, y así ella misma se puso día y hora para su muerte. Y como la gracia de Dios le supo a poco y de nada le consoló profetizar su muerte o sumergirse en aguas heladas, le pidió a señor poder sentir en sus propias carnes el martirio de la crucifixión. Pues dicho y hecho, marchando una de estigmas.

El 13 de enero de 1564, la pobre y dolorida Sor María de la Corona falleció y como ella hubiese querido, sus llagas sangraron incluso después de muerta.


Todos los vídeos de Semana Santa 2016