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De la era de la luz a la era de la oscuridad

Relevo. En 2009 Obama fue recibido con alborozo, ocho años después Trump asume el poder entre desconfianzas

21 ene 2017 / 08:53 h - Actualizado: 21 ene 2017 / 08:53 h.
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La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca fue recibida por el mundo –entiéndase ese mundo como gobiernos, políticos de distintas ideologías, las principales instituciones internacionales y buena parte de la ciudadanía de EEUU– como un soplo de aire fresco. Su discurso aperturista, progresista y de marcado carácter social despertó un halo de esperanza que cruzó el Atlántico hasta Europa. Tal fue la ilusión y el optimismo que en sus inicios generaron las promesas del primer presidente afroamericano de EEUU –cierre de Guantánamo, salida de Irak y Afganistán, control de las armas, sanidad gratuita...– que su victoria fue saludada con un sorpresivo (y precipitado, según a quien se pregunte) premio Nobel de la Paz cuando tantas buenas intenciones no eran más que meras palabras. Este es solo un ejemplo de la alfombra roja que se extendió para el recibimiento de Barack Obama.

Un panorama que poco o nada se parece al que se va a encontrar Donald Trump, el 45 presidente del considerado el país más poderoso. El mundo –entiéndase ese mundo como gobiernos, políticos de distintas ideologías, las principales instituciones internacionales y buena parte de la ciudadanía de Europa, América Latina, África e incluso China– acoge con incertidumbre, desconfianza y en alerta el aterrizaje en la Casa Blanca del multimillonario empresario. Sus excentricidades, escándalos, salidas de tono con los países aliados y con los que no y, sobre todo, sus promesas regresistas sobre los inmigrantes, las mujeres y personas desfavorecidas han puesto en tensión máxima a media humanidad.

Si hace ocho años entre los analistas, periodistas y ciudadanos se extendió la sensación de que se estaba viviendo un hito histórico, un cambio de era después de los dos sombríos mandatos del republicano George W. Bush –que dejó dos guerras abiertas después de los terribles y trágicos atentados de Nueva York el 11 de septiembre–, hoy la percepción es justamente la contraria. Y ello pese a que buena parte de los propósitos del exsenador de Illinois se han quedado en el camino o están recurridos ante los tribunales de justicia.

Más allá de que uno sea republicano y otro demócrata, lo cierto es que estamos ante dos personajes antagónicos. Edad, raza, formación, orígenes, creencias y políticas enfrentan y distancia a uno y otro. Mientras que Obama creció en una familia humilde, con un padre ausente y un activismo político que germinó desde su juventud –influenciado por la lucha contra el racismo de su generación así como el legado social e histórico de personajes tan carismáticos como Nelson Mandela o Martin Luther King–; Trump pertenece a una familia pudiente de constructores, se crió entre lujos y con escasas inquietudes políticas. Hasta hace prácticamente dos años, el objetivo del empresario neoyorquino era hacer mucho, mucho dinero.

Un influjo que trasciende los discursos de ambos: Obama llegó tendiendo puentes con los menos privilegiados y los aliados tradicionales de EEUU e incluso con aquellos que siempre habían estado en el punto de mira –botón de muestra son los acuerdos con Cuba e Irán–. En estos meses previos a la investidura, Trump se ha dedicado a destruirlos prácticamente todos. Además de los inmigrantes y las mujeres, Europa, México o China han sido víctimas de sus dardos envenenados. Trump no es un hombre del sistema y el tiempo dirá si desde el Despacho Oval será fiel a sí mismo... y a sus promesas.

La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca fue recibida por el mundo –entiéndase ese mundo como gobiernos, políticos de distintas ideologías, las principales instituciones internacionales y buena parte de la ciudadanía de EEUU– como un soplo de aire fresco. Su discurso aperturista, progresista y de marcado carácter social despertó un halo de esperanza que cruzó el Atlántico hasta Europa. Tal fue la ilusión y el optimismo que en sus inicios generaron las promesas del primer presidente afroamericano de EEUU –cierre de Guantánamo, salida de Irak y Afganistán, control de las armas, sanidad gratuita...– que su victoria fue saludada con un sorpresivo (y precipitado, según a quien se pregunte) premio Nobel de la Paz cuando tantas buenas intenciones no eran más que meras palabras. Este es solo un ejemplo de la alfombra roja que se extendió para el recibimiento de Barack Obama.

Un panorama que poco o nada se parece al que se va a encontrar Donald Trump, el 45 presidente del considerado el país más poderoso. El mundo –entiéndase ese mundo como gobiernos, políticos de distintas ideologías, las principales instituciones internacionales y buena parte de la ciudadanía de Europa, América Latina, África e incluso China– acoge con incertidumbre, desconfianza y en alerta el aterrizaje en la Casa Blanca del multimillonario empresario. Sus excentricidades, escándalos, salidas de tono con los países aliados y con los que no y, sobre todo, sus promesas regresistas sobre los inmigrantes, las mujeres y personas desfavorecidas han puesto en tensión máxima a media humanidad.

Si hace ocho años entre los analistas, periodistas y ciudadanos se extendió la sensación de que se estaba viviendo un hito histórico, un cambio de era después de los dos sombríos mandatos del republicano George W. Bush –que dejó dos guerras abiertas después de los terribles y trágicos atentados de Nueva York el 11 de septiembre–, hoy la percepción es justamente la contraria. Y ello pese a que buena parte de los propósitos del exsenador de Illinois se han quedado en el camino o están recurridos ante los tribunales de justicia.

Más allá de que uno sea republicano y otro demócrata, lo cierto es que estamos ante dos personajes antagónicos. Edad, raza, formación, orígenes, creencias y políticas enfrentan y distancia a uno y otro. Mientras que Obama creció en una familia humilde, con un padre ausente y un activismo político que germinó desde su juventud –influenciado por la lucha contra el racismo de su generación así como el legado social e histórico de personajes tan carismáticos como Nelson Mandela o Martin Luther King–; Trump pertenece a una familia pudiente de constructores, se crió entre lujos y con escasas inquietudes políticas. Hasta hace prácticamente dos años, el objetivo del empresario neoyorquino era hacer mucho, mucho dinero.

Un influjo que trasciende los discursos de ambos: Obama llegó tendiendo puentes con los menos privilegiados y los aliados tradicionales de EEUU e incluso con aquellos que siempre habían estado en el punto de mira –botón de muestra son los acuerdos con Cuba e Irán. En estos meses previos a la investidura, Trump se ha dedicado a destruirlos prácticamente todos. Además de los inmigrantes y las mujeres, Europa, México o China han sido víctimas de sus dardos envenenados. Trump no es un hombre del sistema y el tiempo dirá si desde el Despacho Oval será fiel a sí mismo... y a sus promesas.

Donald Trump ha llamado «violadores y narcotraficantes» a los mexicanos, ha menospreciado a las mujeres e insultado a todo aquel que no comulga con sus ideas durante la larga campaña presidencial estadounidense. En este periodo ha saltado de un escándalo a otro y, sin embargo, ayer tomó los mandos de EEUU contra todo pronóstico. Cualquier otro candidato se habría quedado en el camino. Expertos y estrategas políticos coinciden en que gran parte de ese éxito es que, pese a los consejos de sus asesores, Trump no ha dejado de ser Trump y con su particularísima forma de ser ha logrado conectar con un público que está harto de la falta de respuestas de la vieja política a los problemas de siempre.

Aunque en realidad, sus objetivos políticos son confusos y contradictorios. Ni siquiera ha logra- do explicar la financiación para su promesa estrella de construir un muro en la frontera de México.

Si algo ha dejado claro Obama en todo este tiempo es que es un gran comunicador, no en vano su discurso en la Convención Nacional Demócrata de 2004 lanzó su carrera política. Ideas y palabras que lograron llenar de optimismo a millones de ciudadanos a un lado y otro del Atlántico. Teniendo en cuenta que EEUU se puede considerar la capital mundial del capitalismo, que un candidato hablara de la necesidad de una mayor intervención del Estado en la economía, de la necesidad de regular a los bancos, de cobrar más impuestos a los ricos y menos a los pobres y con ese dinero dar mayores oportunidades de estudio y salud gratuitos se ganó el calificativo de «socialista» y radical de izquierdas.


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