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El asesino de Alcolea usó supuestos chats de su víctima para despistar

El marido detenido asfixió a Rosario con el cordón de una bota y unas bolsas

07 may 2017 / 09:04 h - Actualizado: 08 may 2017 / 09:32 h.
"Violencia de género"
  • Un agente de la Guardia Civil saca pertenencias en el registro de la casa que compartían Rosario y Antonio. / Salas (Efe)
    Un agente de la Guardia Civil saca pertenencias en el registro de la casa que compartían Rosario y Antonio. / Salas (Efe)

Los detalles del asesinato de María del Rosario Luna (39 años) van pintando un relato de los hechos cada vez más macabro, una vez que el homicida confeso permaneció el fin de semana en el calabozo a la espera de pasar mañana a disposición judicial tras recibir el alta hospitalaria por su intento de suicidio.

Al hecho de que los guardias civiles encontraran su cadáver en una maleta, en un paraje de difícil acceso (más allá de la Calera de Mochilón, a seis kilómetros de Alcolea del Río, donde vivía Rosario con su marido y presunto asesino y la hija de ambos, de 10 años), y que el marido, Antonio G. G. celebrara una semana después, el día 23, la comunión de la hija de ambos con la madre ausente y como si no pasara nada, se suma un horrible modus operandi.

El hombre la asesinó, aseguran fuentes de la investigación, asfixiándola con varios cordones de unas botas, apretadas de manera sorpresiva alrededor del cuello, y el auxilio de bolsas de plástico colocadas en la cabeza, y una no menos cruel maniobra para ocultar el crimen: el marido empleó el propio teléfono móvil de la víctima para justificar su muerte, al difundir conversaciones (o manipulaciones) en las que insinuaría la intención de Rosario de abandonar el pueblo, a su marido y a su hija.

Fuentes de la investigación añadieron a la agencia Efe que la mujer perdió el conocimiento unos 45 segundos, tras lo cual pereció.

Para culminar su acción criminal y asegurarse la muerte de la mujer, el detenido habría usado dos cuerdas más, así como varias bolsas de plástico que le colocó en la cabeza.

La mujer fue introducida en una gran maleta sin necesidad de ser descuartizada porque medía 1,60 metros, indicaron las mismas fuentes. El asesino confeso, que se hizo un pequeño corte en el cuello, fue conducido por la Guardia Civil a los calabozos de Lora del Río.

Matilde López, que vive en la calle Francisco Delgado, no lejos del domicilio de la tragedia (Cádiz, 14), recibió el último whatsapp de su amiga Rosario Luna sobre las 16.30 horas del 16 de abril: «Esta tarde nos vamos de pingo». Ella contestó: «Pásatelo bien y gasta poco». Al día siguiente preguntó por ella, sin resultado.

«No me creo que sea un mensaje suyo. Siempre que empleaba esa expresión (irse de pingo) añadía unas risas y se refería a tomarse un café. Y aunque me había dicho alguna vez que se iba a ir de aquí, nunca me comentó que pensara separarse», agrega Matilde López.

Sí consta al menos una consulta al abogado de Servicios Sociales del municipio, explica el alcalde, Carlos López (PSOE), para preguntar cómo separarse y lograr la custodia de la niña, posible detonante del asesinato. A su amiga no le consta que tuviera otra pareja, pese al rumor extendido en el pueblo: un rumor que al preguntar por el origen todos los vecinos acaban señalando al detenido: A la propia Matilde López le dijo Antonio G. G. viendo una procesión de Semana Santa: «Rosa[rio] no me quiere ni quiere a la niña».

A otro vecino de la calle Pablo Picasso (justo al doblar la esquina de la calle Cádiz) –que pide que se oculte su nombre–, y cuya mujer cuidó de la hija de Rosario la fatídica tarde del 16 de abril, incluso Antonio G. G. le dio detalles sobre una supuesta relación de su mujer en Granada, una historia que todo el pueblo –no su amiga Matilde– da por cierta. El origen es el mismo: lo aireó el detenido.

A estos vecinos de Pablo Picasso Antonio llegó a enseñarles el móvil de Rosario, tras insistir en que se lo dejó atrás. Dentro del móvil Antonio señaló unas supuestas conversaciones de Messenger, un servicio de mensajería de Facebook.

A raíz de eso sus vecinos comenzaron a creerse lo de la marcha voluntaria, pero a partir de la celebración de la comunión las cosas comenzaron a torcerse.

Antonio G. G., «que era un bloque de hielo» cuando todo el mundo colaboró para empapelar el pueblo con carteles de la desaparecida, le llegó a decir a su vecino que la Guardia Civil «no lo dejaba en paz» y la familia de Rosario le habían «dado la fiesta» al preguntar por ella.

Luego, sostiene el vecino, Antonio ofreció a la Guardia Civil una versión que lo situaba toda la tarde del día 16 en su casa, cuando solo había acudido a dejar a la niña. Ahí comenzó este hombre, trabajador del campo, a estar seguro de la implicación de su convecino Antonio.


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