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El Castillo revive sus oficios tradicionales

La semana cultural busca salvar de la desaparición antiguas profesiones convirtiéndolas en atractivo turístico y en empleo

03 dic 2017 / 19:38 h - Actualizado: 03 dic 2017 / 19:41 h.
"Cultura","Economía","Turismo"
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Desde zapateros a queseros, pasando por agricultura, ganadería, lavandería, carpintería, o carniceros que realizaban las típicas matanzas, El Castillo de las Guardas reunía una amplia industria tradicional, que a través de modos y usos prácticamente artesanales surtía a sus vecinos de todo lo necesario. Hoy día han quedado en reductos de oficios tradicionales apenas recordados y que difícilmente subsisten. Pero el Ayuntamiento quiere apostar por esta seña de identidad, posible motor de empleo y un interesante atractivo. Por ello, esos oficios han sido expuestos y han dado contenido a la semana cultural, que en estos días se ha celebrado.

Son un aspecto interesante y parte de los alicientes del pueblo. «Queremos recordarlos y darlos a conocer, además de mostrar la riqueza que tiene el municipio: el pan, la miel, la carpintería, la ganadería o la minería», explica el concejal de cultura, Antonio Mateo.

Dedicarse a estos oficios hoy día «no es rentable, pero hay quien los mantiene porque les agrada el trabajo, por conservar la tradición familiar o por evitar su desaparición». Por eso desde el Ayuntamiento se busca dar el valor que tiene a ese patrimonio inmaterial, construido a través de «legados que deberíamos intentar no perder».

La viabilidad económica es la amenaza que está acabando con estos oficios históricos. Sin embargo quedan auténticos enamorados de ellos que dedican su esfuerzo a conservarlos. Por ello, esta actividad se ha encauzado también como «homenaje a ellos y a todas esas personas que lo mantuvieron a través del tiempo», a pesar de los esfuerzos y las carencias. Además de ser un testimonio fidedigno «de cómo se trabajaba antes».

Así, durante esta semana se han ido desgranando los entresijos de cada profesión. Una de ellas, la cestería mediante la artesanía de la palma, ha estado defendida por Florentina Verdugo. «Hace unos años vi a un señor mayor en la pedanía de La Alcornocosa trabajando la palma. Me despertó la curiosidad y le pedí que me enseñara». Continúa así esta práctica «tan bonita como laboriosa». Muchos son los retos para poder mantenerla, como «las limitaciones medioambientales para usar la palma», pero sobre todo la importación. «Los productos que vienen de China o Marruecos, tienen peor calidad pero son más baratos». Pero apuesta por mostrar este arte, en el que «con imaginación se puede hacer cualquier cosa. Yo tengo hasta figuras de Papá Noel y campanas».

José Cupe se ha encargado de mostrar el uso de la fragua y la labor paciente de dar forma al hierro para elaborar cualquier objeto. Herrero de tradición familiar, «mientras los chavales jugaban, yo prefería estar en la fragua». Dedicado a la enseñanza práctica en cursos de formación, nunca ha dejado de enseñar y de practicar el oficio porque «engancha». Y con esa pasión ha sorprendido mostrando como con paciencia y destreza el metal es tan maleable «como plastilina» para poder elaborar objetos que hoy día quedan reducidos a la artesanía. «Solo los talleres tradicionales tienen fragua. Han quedado para reparar herramientas y poco más».

Ante la extensión de los panes precocinados, en El Castillo sigue cociendo pan el Horno Salinas, una panificadora absolutamente tradicional regentada por los hermanos Salinas. Fue la abuela la que en 1905 fundó este horno, que ha funcionando hasta hoy ininterrumpidamente. Un oficio en el que lo primero que hay que aprender es «que no se vive. Cambiar la noche por el día y trabajar cuando la gente duerme», explica Antonio Salinas. Por eso valora positivamente que a través de estas jornadas «la gente sepa el sacrificio que hay que hacer para poder tener pan a la hora del desayuno». Una profesión que «la gente joven no quiere, y donde tampoco hay formación cualificada». Sin embargo, nada hay como un auténtico pan hecho con materias primas y la elaboración de siempre. Y quien prueba el trabajo «ya no puede pasar sin el olor de la levadura».

La apicultura en estas tierras produce una inigualable miel de monte, pura y sin aditivos que es difícil encontrar en las tiendas. Manuel Núñez mantiene como afición los conocimientos que aprendió de un tío materno. Su enseñanza fue «mira y calla», la mejor forma de entender las colmenas y el proceso. La tradición familiar hoy es un divertimento con el que produce miel para consumo propio. «La apicultura es una buena posibilidad para emprender». A pesar de la inversión, de que el clima dificulta la supervivencia de los insectos –«he perdido cerca del 40 por ciento de las colmenas»–, es un oficio «que tiene viabilidad». Por eso ha mostrado con interés el proceso a pie de colmena.

«Hay mucho perdido que no se ha aprovechado o potenciado, como los dólmenes y otros restos históricos». O como estos oficios tradicionales, sobre los que esta semana cultural ha fijado la atención. Apostando por su rescate y situándolos como uno más de los alicientes en los que El Castillo de las Guardas cifra su inmenso atractivo, a los que se agarra para propiciar el tan deseado empleo.


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