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No apto para supersticiosos

Santiago Cortés ayudaba a su padre en el cementerio de Fuentes cuando tenía 9 años y, tras casi medio siglo, es el responsable del camposanto y de unos 2.000 nichos.

01 nov 2016 / 08:44 h - Actualizado: 01 nov 2016 / 08:57 h.
  • Santiago Cortés, responsable del cementerio municipal de Fuentes de Andalucía e hijo del anterior enterrador. / El Correo
    Santiago Cortés, responsable del cementerio municipal de Fuentes de Andalucía e hijo del anterior enterrador. / El Correo

La segunda casa de Santiago Cortés desde hace 49 años es el cementerio municipal de Fuentes de Andalucía. Cuando tenía nueve años ya ayudaba a su padre, Santiago, el enterrador. Hace 28 años heredó este título y desde entonces es el encargado del camposanto y de las más de 2.000 tumbas que alberga. Anécdotas entre esas paredes no le faltan.

No le da miedo estar entre muertos, no es supersticioso y le gusta su trabajo. «Es como si fuera un panadero en la panadería. Trabajo con total normalidad», explica este hombre de 58 años que asegura que, a diferencia de su padre, no piensa preparar su propio nicho. «Si pudiera me compraba un apartamento en Málaga –ironiza–, en vez de un nicho, de eso que se encarguen los que vengan detrás», afirma sobrado de vitalidad.

Será precisamente un sobrino suyo el que dentro de siete años asuma sus tareas. «Le he enseñado y está preparado para ello», asegura Santiago tras explicar que ser enterrador supone hacer labores de jardinería, de limpieza, de enterramiento, traslados de restos, atención a las familias y hasta tramitación administrativa. Y lo peor, sin horario fijo y con un salario reducido.

«Estoy solo, así que no tengo horario. Trabajo sábados, domingos y festivos porque hay entierros todos los días y a cualquier hora, sea verano o invierno. A las ocho de la tarde o a las diez de la mañana», indica este «funcionario de carrera» con una nómina de 1.140 euros al mes. A su juicio, su sueldo debería llegar hasta los 1.700 o 1.800 euros mensuales, pero «los complementos dependen de los políticos». Eso sí, «y que no falte el trabajo».

Santiago está orgulloso de ser el enterrador de Fuentes, un municipio en el que fallecen entre 70 y 75 personas al año, de las que sólo menos de media docena se incinera. Es un pueblo de la campiña sevillana «tradicional» y «poco morboso», así que los incidentes en el cementerio se cuentan con los dedos de una mano.

Han robado dos veces. En una se llevaron los cables eléctricos y en otra herramientas valoradas en cerca de 6.000 euros. En una ocasión hubo una sesión de espiritismo en la puerta del antiguo camposanto «que acabó sin problemas» y, sobre sustos, el más grave fue el que le dio un gato que salió de debajo de unos sacos de un nicho cuando iba a limpiarlo. Todo ello en el antiguo cementerio. El nuevo, inaugurado en 1991, es «más cómodo».

«Los nichos de tierra pasaron a ser de ladrillo, los edificios tienen menos roturas y en los entierros no hay los problemas de antes porque en los nichos de medio punto algunos féretros no cabían. Hoy se trabaja mejor», si bien hay algo que no cambia: «Siempre hay alguna riña familiar porque alguien no quiere poner a su difunto al lado de tal o cual».

Sin cruzar la línea roja

Santiago briega diariamente con el dolor aplicándole grandes dosis de normalidad y comprensión, al igual que los profesionales del sector.

Manuel lleva diez años al frente de una funeraria de la provincia de Sevilla. Su abuelo y su padre también lo hacían. «La figura del funerario comprende muchas funciones en los municipios pequeños. Hacemos de todo, desde la recogida, hasta los trámites, el acondicionamiento del cadáver y la atención a la familia. En las grandes ciudades, en cambio, hay más especialización: conductores, tanatoestéticos, personal de sala...», explica Manuel, quien resalta que las empresas forman a sus trabajadores para que «empaticen y no crucen la línea roja de los sentimientos».

«Hay protocolos porque hay que saber cómo actuar, por ejemplo, con fallecidos por enfermedades infecciosas». «En algunos momentos hay que contener las emociones, sí, pero más responsabilidad tiene un médico», defiende. A su juicio, es un «trabajo como otro cualquiera», si bien no es apto para supersticiosos. «Sería malo que un profesional del sector funerario lo fuera porque no trabajaría a gusto».

Silvia López, esteticista y peluquera, se quedó parada, así que decidió probar en otro campo: la tanatoestética. Y tras trabajar en el acondicionamiento de cadáveres lo tiene claro: «Me gusta». Y eso que no empezó con buen pie. El primer día de sus prácticas nunca había visto un cadáver, así que le impresionó mucho. ¿Cómo lo superó? «Pensaba que era un muñeco, tienen espasmos, sí, pero me mentalice: están muertos y no me pueden hacer nada». Silvia asegura que los profesionales de la funeraria le enseñaron a «hacer el trabajo» superando sus miedos, así que ahora anima a otros profesionales a que hagan el curso de tanatoestética y vivan la experiencia.

Ella quiere ir más allá, pasar a la tanatopraxia, pero «en Andalucía no está homologada y hay que ir a Barcelona y pagarse un curso de 3.000 euros». Si lo logra, no sólo maquillará a fallecidos, sino que quitará marcapasos, inyectará formol para los traslados, hará reconstrucciones más importantes o aspirará fluidos.

No obstante, denuncia que «los funerarios reciben cursos gratis de las empresas, así que es complicado encontrar trabajo». Y más: hay pocas mujeres funerarias. «Hay que mover pesados cadáveres, así que los empresarios prefieren a los hombres», lamenta.


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