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Crónicas dominicales

El miedo al mercado de trabajo

El mercado de trabajo se ha puesto tan complicado que en lugar de producirnos tranquilidad nos despierta ansiedades y miedos, ¿por qué?

22 ago 2021 / 04:38 h - Actualizado: 21 ago 2021 / 16:42 h.
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  • El miedo al mercado de trabajo

Hubo un tiempo en que la gente se colocaba muy joven en una empresa y se jubilaba en ella. Esa vida solía ser plácida, teniendo en cuenta que la vida lleva consigo el vértigo y la tensión lógicas del hecho de vivir. Don Fulano se ha jubilado, doña Mengana se ha jubilado, oíamos. Y, en efecto, después de toda una vida entregada a su familia y a su empresa llegaba el momento de ser clase pasiva con su paguita y se seguía para delante, se suponía que o se vivía de alquiler muy barato o la hipoteca ya estaba saldada. Por supuesto, trabajaban sobre todo los hombres, las mujeres eran amas de casa que no es poco, al revés, es mucho y, con frecuencia, nada reconocido, no digo sólo con dinero sino con un “qué rico está lo que me has dado hoy de comer” porque, oye, que te den de comer para que no te mueras de hambre, que te limpien la casa para que no te entre una infección por falta de higiene o que te laven los calzoncillos tiene una importancia tan decisiva como la de laborar en cualquier empresa.

El viejo y el nuevo capitalismo

Hay un capitalismo ganador en la Historia, por ahora, y otro perdedor. A veces les pregunto a mis alumnos si pueden explicar por qué entre las tres o cuatro primeras potencias mundiales no hay ninguna enteramente católica. Repasemos: Estados Unidos, China, Rusia, Alemania, Francia. Solamente Italia destaca algo y es la última. Sobresalen aquellas donde el trabajo no es una maldición, donde no se está en un valle de lágrimas esperando la muerte para pasar a un mundo mejor. Ese capitalismo ha perdido en la Historia, ha ganado el otro, el que considera que trabajar es agradar a Dios, el que no canta aquella rumba “esto si es fenomenal del trabajo ni hablar olé, olé. Yo canto mi rumbita de noche y de día”. Canta, canta, que otros están trabajando para que tú cantes y cobres y al final ya ves, nos llaman vagos y subsidiados. Los que trabajan por ti también se van de vacaciones, pero no entonan tonterías.

Sin embargo, no veo la cosa tan simple. El capitalismo perdedor era más paternal, más comprensivo y, si quieren, más maternal. El capitalismo vencedor es cruel, nos está llevando a una situación con frecuencia parecida al neo-feudalismo, desde hace decenios, el avance de los medios de producción impulsa a las empresas a decir aquí sobran tantos miles de trabajadores y tachan sus nombres y los mandan al paro sin vacilar, que el Estado se haga cargo de ellos al tiempo que las empresas desembolsan un buen dinero que les va a resultar rentable.

Ese trabajo calvinista y judío ha tenido la ventaja de darle al individuo un sentido más optimista a su vida pero a cambio lo ha llevado a la insolidaridad, al vértigo, a la injusticia, tanto se desea agradar a Dios que se ha pasado de rosca cien pueblos y es que aquí Dios era sólo el consuelo y la justificación, la verdad es que, como afirmaba Marx, no era la conciencia la que regía nuestras vidas sino que eran las creaciones materiales que íbanos forjando en la vida y el dinero que generan los que dominan nuestras conciencias a pesar de todas esas enseñanzas solidarias con las que nos han educado desde pequeños.

Amazon, el ejemplo destacado

De aquel capitalismo paternalista donde los empresarios -sobre todo de inspiración católica- pensaban bastante, antes de despedir a alguien, donde existía cierta empatía hacia el otro, hemos pasado al capitalismo salvaje que nos está llenando de ansiedades, de depresiones, de tensiones continuas y hasta de sentimientos de culpa porque de aquella explotación que antes le endosábamos a los empresarios hemos pasado a la auto-explotación, nos sentimos culpables si creemos que rendimos poco, que estamos defraudando a la empresa y a nosotros mismos.

La empresa nos ha cobijado a cambio de nuestra fuerza de trabajo. No todo el mundo sirve para ser empresario o emprendedor, como afirma ahora el adoctrinamiento oficial del mercado. De ahí se ha pasado a un cobijo temporal e inestable y a decirle a millones de personas hazte autónomo y yo me ahorro cobijarte, si no sales para delante es que eres un ser inferior, no sirves para estar en el mundo. Ha triunfado lo peor de los sentimientos humanos en favor de la codicia de una minoría. En ese triunfo tiene un papel decisivo la nula formación en los estudios y el conocimiento de los seres humanos desde su niñez: si no sabes que estás en una jaula te crees que, como el canario, estar en una jaula es lo normal. Por tanto, arriba las carreras tecnológicas, abajo las de Humanidades.

Lo peor del caso es que esta ideología la han implantado con entusiasmo los grandes inversores y empresarios de las nuevas generaciones. Jeff Bezos es el nombre con el que identificamos a Amazon. Este señor es de “izquierdas” en EEUU puesto que simpatiza con el Partido Demócrata. Su trabajo le habrá costado, pero el caso es que domina más del 46% del comercio online sólo en EEUU. Este dominio amenaza a la propia dinámica capitalista: en EEUU entre 2005 y 2015 han cerrado 85.000 pequeñas tiendas que no han podido competir en costes al tener que afrontar individualmente una infraestructura física (los locales), los costes laborales de los empleados y además pagar al fisco (inmuebles, impuestos sobre productos, facturación y beneficios).

Bezos se dijo que para qué tanto jaleo. Él abre grandes centros logísticos y la mayoría de sus empleados son sus empleados pero no son sus empleados, que se busquen 10.000 dólares, alquilen una furgoneta, se paguen el seguro y el resto de los gastos de mano de obra y él los bendice con su marca y les permite distribuir sus productos. Luego, si puede acogerse a la llamada ingeniería fiscal, lo mismo paga una cantidad irrisoria al fisco. En EEUU Amazon cuenta con bastante más de 100.000 repartidores.

Objetivo principal de los currantes: cumplir con los tiempos y entregar el mayor número de paquetes. En España, el auge tremendo del comercio online ha disparado el número de accidentes de tráfico en los vehículos de transporte ligero, entre 2012 y 2017 los accidentes han aumentado un 50% según la DGT.

El sinvivir ha crecido

Yo la verdad no sé qué clase de democracia ni de progreso es éste porque la fórmula Amazon -que tampoco es nueva- se ha extendido como la pólvora. Cómo extrañarse de los malos humores que nos inundan y eso entre la gente que trabaja, luego están los que no trabajan y los que han dejado de trabajar ante el avance de la Inteligencia Artificial, ahí están los casos recientes del BBVA y de Caixabank. Sobran más puestos de trabajo a causa de la IA pero hay que ir poco a poco para no levantar más polvareda. Los políticos y los predicadores mercantiles afirman que se van a generar nuevos puestos de trabajo y es verdad, eso ya se está viendo, pero la duda es si se podrá absorber a una población que ahora puede ser activa por bastantes más años y si esa población estará a la altura que los nuevos cometidos exigen en cuanto a especialización. Por eso, ese aspecto de ciudad de camareros que aún ofrece Sevilla tiene que cambiar profundamente.

En 2008, el diario El País titulaba dos de sus informaciones desde la sección de economía: “Las sociedades más seguras son las más atemorizadas” (El País, 31-10-2008). “La tecnología, la inmigración o la precariedad nos dan más terror” (El País, 31-10-2008). José Antonio Marina ha escrito: “Uno de los guiones culturales de la sociedad americana es el de la necesidad de competir y tener éxito, lo que provoca en el hombre un especial miedo al fracaso”. El filósofo Byung-Chul Han, afirma: “Se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede, y si no se triunfa, es culpa de uno mismo”.

El sinvivir se ha incrementado en las democracias, añadan ustedes un panorama de pugnas políticas con frecuencia desenfrenadas, sacadas de quicio, provocadas por cualquier asunto que es una tontería comparada con el tema que acabamos de tratar, añadan la continua angustia con el sistema de pensiones y ahí tienen el resultado: una sociedad amedrentada, crónicamente envuelta en miedos. Y la Covid-19.


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