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«No hay que buscar soluciones en San Francisco, a lo mejor están en La Oliva»

Entrevista al coordinador de ‘Luces de Barrio’, Sergio Rodríguez Estévez

Juan Luis Pavón juanluispavon1 /
28 ene 2018 / 07:44 h - Actualizado: 28 ene 2018 / 13:21 h.
  • Sergio Rodríguez, en los Jardines del Alcázar, donde con Nomad Garden ha creado su primer atlas botánico digital. / Jesús Barrera
    Sergio Rodríguez, en los Jardines del Alcázar, donde con Nomad Garden ha creado su primer atlas botánico digital. / Jesús Barrera

Su mirada tiene luz de creatividad y su sonrisa es una voluntad indeclinable de experimentación. Sergio Rodríguez hace tándem personal y profesional con Salas Mendoza, y ambos conforman el colectivo Nomad Garden junto con Fran Pazos, geógrafo y ambientólogo, y Juan Alberto Romero, historiador. Son uno de los focos más dinámicos en Sevilla a la hora de conformar, con muchos colectivos y especialistas de muy diversas materias, proyectos colaborativos de carácter social, educativo y cultural. Red de redes donde se dan la mano investigar a pie de huerto urbano o a vista de azotea de barriada, montar una performance en el patio de un colegio e integrar tecnologías como la inteligencia artificial para modelar propuestas de regeneración urbana.

Incluso muchos ciudadanos a los que les suena Luces de Barrio no saben quién es usted.

Nací hace 39 años en Villablanca (Huelva). Mi padre fue albañil, y después montó una empresa de mármoles con sus hermanos y primos, y ha sido el negocio familiar. Allí aprendimos todos a formarnos. Mi madre fue nuestra cuidadora, nuestra ama de casa, nuestra consejera. Soy el pequeño de mis hermanos. Estudié en el colegio del pueblo y en el Instituto Guadiana, de Ayamonte. Viví en Villablanca hasta los 18 años.

¿Por qué se decidió a estudiar la carrera de arquitectura?

–Cuando acabé mi etapa en el instituto, lo que más me gustaba eran el cine y la filosofía. Pero era muy costoso irse a Madrid para estudiar cine. Estaba tentado a elegir entre varias de las carreras que podía estudiar en Sevilla, y en ese momento me regalaron un libro sobre directores de cine, y descubrí que algunos, antes de dedicarse a hacer películas, se formaron y ejercieron carreras como la de arquitecto, la de ingeniero, etc. Y me decidí por la de Arquitectura, como un mientras tanto. En esa etapa de estudiante, vivía cerca de los cines Corona Center, y vi muchísimas películas en versión original subtitulada. También iba mucho a los teatros. La ciudad era para mí un continuo estímulo cultural.

¿Sigue teniendo predilección por la filosofía?

–Siempre me ha gustado mucho leer, por ejemplo sobre cómo nos organizamos, cómo vivimos, cómo estamos siempre reconfigurando las formas desde la estética y el arte. Desde mi adolescencia de pueblo pequeño, de vivencias y juegos en la calle o en el campo, los grandes filósofos eran para mí como personas que estuvieran lejos y me escribieran cartas desde la distancia para inmiscuirse y ayudarme sobre temas muy personales del día a día, sobre las cosas que te importan.

¿Cómo la arquitectura dejó de ser un ‘mientras tanto’?

Empezó a fascinarme gracias a profesores muy buenos como José María Jiménez, Juan Luis Trillo, Luz Fernández Valderrama, entre otros. Me gustó la dinámica de clases que no eran teóricas sino talleres donde se trabajaba por proyectos, y haciendo se aprende mucho, has de enfrentarte a situaciones que no conoces. Y ser una carrera que te obliga a atender situaciones muy diferentes, te ayuda a organizar la mirada, a percibir los diversos agentes que están de modo visible o invisible en cualquier realidad, y cómo articularlos, cómo hacer prosperar organizando el espacio y con proyectos transformadores. De ahí que incluso me empezara a interesar más el urbanismo.

¿Y su interés por aunar todo eso con la ecología urbana?

–Arranca de mi etapa como estudiante en Milán, me fui un año a su Escuela de Arquitectura, que es muy prestigiosa. Después he estado allí tres años impartiendo clases de paisajismo. Me entusiasmó que en ella, antes que la formación técnica, en el urbanismo era mucho más importante el debate sobre las ideas, la estética, el diseño, y el impacto de todo ello en la vida cotidiana. Por eso es una ciudad que ha sabido prosperar convirtiendo las ideas en empresas.

¿Otra experiencia que le ayudara a encauzar sus inquietudes?

–Salas y yo nos fuimos a Barcelona para estar un año con Salvador Rueda en la Agencia de Ecología Urbana. Rueda es un gran maestro en la materia, que a su vez había tenido de maestro a Ramón Margalef, una de las figuras mundiales en la ecología. A partir de ellos una red de personas y conocimientos que perdura en el tiempo y consolida una manera de comprender e intervenir en los fenómenos urbanos. Estudiándolo todo de modo conjunto e integral y analizando los impactos entre sí de multitud de procesos y realidades. Ser conscientes de los patrones o de los límites que movilizan o cancelan. Eliminando las barreras del tipo: «Esto es naturaleza», «esto es movilidad»,...

¿Cuáles fueron sus primeros trabajos?

–Eran tiempos de efervescencia en España y ya en los años de estudiante, sin tener la carrera acabada, te ofrecían trabajar o presentarte a concursos. El primero fue presentarnos a una convocatoria para repensar el borde fluvial en Isla Mayor y hacer un museo ornitológico. Ganamos el concurso, con una propuesta, elaborada con la colaboración de ornitólogos, para organizar dónde podrían verse las aves al aire libre, en función de parámetros como el nivel de profundidad en cada zona de la laguna y la cantidad de plancton. Pero no se llevó a cabo el proyecto por parte de las Administraciones Públicas. Y renunciamos al ofrecimiento que nos hizo Salvador Rueda para trabajar con él en Barcelona porque surgió una convocatoria para recuperar una colina de mi pueblo, Villablanca, que habían deforestado y tenía muchos problemas. Hicimos el proyecto, y tampoco se ejecutó. Descubrimos que era un proyecto de final de legislatura. Creíamos que era más serio.

¿Qué más descubrió con esas experiencias?

–Empezamos a comprender cómo funcionan los tiempos políticos. Y cómo se malgastan las energías en expectativas que no se cumplen. Los buenos proyectos se articulan en procesos largos, involucrando a muchas personas. Pero si se rompe la confianza sobre su resultado, se merma la capacidad de hacerlo mejor.

¿Cómo asentó su curriculum profesional?

–Trabajando durante cinco años dentro de Eddea, estudio sevillano de arquitectura y urbanismo que había emergido con mucha fuerza. Su socio director, José María de Cárdenas, impulsó dentro del estudio la creación de Citythinking, un laboratorio de innovación para pensar el urbanismo de modo mucho más avanzado y alternativo, atentos a la ecología, a la tecnología, a los cambios sociales... Implicarme de lleno en articular eso fue un aprendizaje crucial.

Ponga un ejemplo.

–Lo primero fue mejorar la percepción del hecho urbano gracias al uso de bases de datos. Con programas que nos permitieran captar información de diferentes ámbitos sociales, ambientales, económicos, etc., y ser capaces de modelar y extraer patrones más complejos. Por ejemplo, lo aplicamos en Torredonjimeno (Jaén), donde cerró la cementera de Holcim y querían desmontar la fábrica y plantear un polígono industrial para revitalizar la comarca. Repensamos el encargo y, tras un estudio muy completo, les planteamos un modelo alternativo. En lugar de construirles nuevas edificaciones, les dibujamos un proceso que era viable: reaprovechar esa fábrica para convertirla en un centro de producción energética a través de la biomasa. Les hicimos ver la potencialidad que ya había con los recursos arbóreos de tantas extensiones de olivar, y aprovecharla. La poda del olivar tiene un impacto medioambiental y no sacaban de ahí ningún producto con valor añadido.

¿Cómo argumentaron que económicamente era viable?

–En la zona ya se había creado una central de biomasa y no era rentable. Estudiamos su gestión y vimos que los gastos de transporte y combustible (gasóleo) lastraban el modelo de negocio, con desplazamientos demasiado largos. Modelizamos la zona, analizamos la estructura de cooperativas agrícolas, y fuimos capaces de plantear en qué radio de acción sí se podían explotar los recursos naturales de manera eficiente.

¿Le gusta más modelar que construir?

–Construir es muy bello. A nuestra generación de arquitectos nos toca no construir tanto y sí gestionar de manera más inteligente todo lo que se ha hecho. También es muy bonito descubrir la belleza y las potencialidades de lo que ya existe.

¿Cómo empezó a aplicar ese criterio alternativo en barrios de Sevilla?

–Después de la etapa como Citythinking, participamos en Euobs (ecobarrios versus rehabilitación de barriadas), un laboratorio de investigación sobre la obsolescencia y renovación de los barrios. Con las universidades de Sevilla, Málaga y Granada, y con la Junta de Andalucía. En el que incorporamos a profesionales diversos para tener una perspectiva interdisciplinar. Como David Solís y Juan Galán, expertos sevillanos en inteligencia artificial que ahora han creado la empresa Datrik Intelligence, y siguen colaborando con nosotros. De estas experiencias hemos aplicado modelos en Nomad Garden y en Luces de Barrio. Y con Euobs tuvimos en cuenta que un sistema urbano produce continuamente variaciones, y las innovaciones pueden estar diseminadas. Por ejemplo: los huertos urbanos. Y aprender de ellos también los contextos de sus barrios, para después trasladar a un modelo esos patrones, que muchas veces no son tan evidentes.

Dígame un dato no evidente.

Los huertos urbanos donde hay más mujeres son los que tienen cultivadas más variedad de especies, más biodiversidad.

Y una conclusión.

–Para que haya un huerto no solamente hace falta una decisión municipal y un suelo del que disponer. Lo más interesante, lo más valioso, es la comunidad, el proceso asociativo.

¿Así se plantearon Luces de Barrio?

–Sí, aprendiendo de lo que se genera en la ciudad. Lo que hacen algunos grupos de ciudadanos en barrios, con iniciativas propias, podría ser llamado microlaboratorio. Personas que se organizan y son capaces de articular propuestas, superando las limitaciones, problemáticas y cortapisas que depara la realidad social. Si lo que impulsan logra sobrevivir, es que algo notable se está consolidando y funciona. Eso para mí tiene una belleza extra. Porque no es una propuesta teórica.

El ruinoso estado de los conventos de clausura es noticia constante en Sevilla. En Citythinking elaboraron en 2009-2010 una propuesta para recuperarlos, Senda serena, compaginando la vida monacal con otras actividades creativas, silenciosas y reflexivas. ¿No convendría que se tomara en consideración?

–Claro. Cuando hicimos el estudio, descubrimos que sumando las dimensiones de los 14 conventos de clausura que existen en el centro de Sevilla, equivale al tamaño de un recinto en el que se entrara por la Puerta Jerez y se saliera por la calle Calatrava más allá de la Alameda. Es el 1,8 por ciento de la superficie del casco antiguo y tiene el 15 por ciento de sus espacios verdes. Es decir, los habitantes del centro tienen solo 3 metros cuadrados de espacios verdes por persona (la ratio recomendada por Naciones Unidas es de 10 metros cuadrados), mientras que las monjas disponen de 90 metros per capita. Y no tienen capacidad para conservar ni lo techado ni los huertos. Algunos tienen un valor botánico enorme. Y se desconoce que, a lo largo de la historia, muchos conventos sevillanos se desprendieron de sus huertos, vendiendo los terrenos para sobrevivir, cuando comenzaron sus penurias económicas. Son las zonas con menos protección urbanística. Y puede volver a ocurrir que los vendan y que sobre ellos se edifique.

¿Cómo conciliar la clausura con la apertura?

–Entendiéndolos como una red de espacios de serenidad. Preservando esa secular forma de vida y recobrando que el ‘ora et labora’ no solo incluía a monjas, en los compases de los conventos había artesanos (por ejemplo, ceramistas), y hortelanos que ayudaban a la gestión de los huertos y jardines. Cuando hicimos el estudio, comprobamos que articulando una ruta para caminar por el centro uniendo las calles más arboladas y los jardines de los conventos da como resultado el sendero más silencioso y con menos nivel de ruido. Los datos están publicados. No hay que construir ninguna infraestructura para crear ese eje en Sevilla, es un equipamiento excepcional que ya existe. No me gustaría que todos los conventos se acabaran convirtiendo en hospederías. La ciudad no puede basarse solo en convertirlo todo en hospedaje.

¿No es lo mismo conservar que ser conservacionista?

–Ni hay que construir por construir (por ejemplo, una biblioteca para una universidad, con la cantidad de edificios sensacionales que merece la pena recuperar) ni hay que conservar el patrimonio sin ser capaz de encontrarle otros usos que concilien de modo armónico con su singularidad.

Se ha impuesto el concepto de smart city (ciudad inteligente) para la modernización de las ciudades mediante tecnologías y procesos digitales. ¿Le convence o debe replantearse?

–Es uno de los grandes debates actuales. La posibilidad de obtener muchísimos datos de los sistemas urbanos, y articularlos a través de patrones y algoritmos que comprendan cómo funcionan y se articulan determinados campos, para provocar retroalimentaciones o limitaciones en los procesos que los hagan más eficientes y creativos. Veo un gran problema: un sistema urbano es muy complejo, y no solo es importante resolver la enorme captación de datos en permanente actualización, sino que es fundamental establecer cuáles son los datos que realmente importan para entender los problemas urbanos y tomar decisiones, y cuáles no son relevantes. El modelo en boga de smart city me parece más útil para procesos mecánicos que para entender grandes problemas de la vida urbana.

Indique otro ejemplo.

–En Barcelona, en los años ochenta, se descubrió que moría mucha gente de neumonía, y eso ocurría en ciertos momentos del año de manera cíclica. Destinaron muchos recursos a estudiar este problema. Pero quien lo resolvió fue un grupo pequeño de personas y con muchos menos recursos. Analizaron bases de datos, buscando relaciones. Y encontraron una redundancia: fueron capaces de identificar que, cada vez que entraban unos barcos chinos al Puerto de Barcelona y descargaban cereales en granel, se producían estos picos de mortandad. ¿Quién iba a asociar una crisis hospitalaria al desembarco de una mercancía a kilómetros de distancia? Y, a partir de ahí, también se descubrió que ocurría en otras ciudades del mundo donde descargaban. Se acordó universalizar un protocolo de seguridad para evitar que esa operativa se realizara al aire libre.

¿Qué objetivos se marcaron al constituirse como Nomad Garden?

–Ser una empresa desde la que no solamente cogiéramos bases de datos ya existentes, sino que fuéramos capaces de aportar a la sociedad nuevas bases de datos significativos sobre naturaleza y botánica en la ciudad, y sobre los efectos que el patrimonio verde produce a nivel cultural, social, salud, ambiental, alergias, aminorar la contaminación, etc.. Y de tal manera que no solo estuviera al alcance de expertos, sino que el conocimiento pudiera distribuirse de modo abierto y fuera una herramienta digital de aprendizaje y de percepción colectiva, llamada Garden Atlas. Y empezamos con los jardines de mayor valor histórico de Sevilla, los del Alcázar.

¿Van a poder exportar esa herramienta para rentabilizar su esfuerzo?

–Sí, hemos estado tres años experimentando y perfeccionando. Tiene vocación universal. Ya estamos en conversaciones con la Sociedad Española de Parques y Jardines Públicos.

¿Cómo consiguen esos nuevos datos que no están en los indicadores institucionales?

–Mediante diversas tecnologías: fotografías, imágenes de satélite, inteligencia artificial para analizar datos. Pero sobre todo, algo que parece más precario pero en lo que creemos: la cartografía uno a uno de los elementos botánicos, con su identificación y localización. Es mucho mejor para gestionar la información. Así no es una masa forestal, sino muchos elementos que cada uno tiene un nombre, unas cualidades, unos colores, un aroma, un tacto... Esas propiedades se perderían si se aplicara desde el inicio un tratamiento más uniforme. Porque consideramos que la inteligencia artificial es más interesante utilizarla a posteriori para el análisis: ¿qué patrones de especies existen? ¿Son debidos a criterios culturales? ¿Cómo se vinculan entre sí?

Divulgue detalles que han descubierto en los Jardines del Alcázar.

–Un patrón de su estilo como jardín: hay especies tropicales que solamente crecen cuando tienen al lado una mediterránea que le protege y le da sombra, que conforma una arquitectura vegetal. Unas hacen de invernadero para otras. Eso pasa con casi todas las colocasias. Y con las costillas de Adán bajo los naranjos. Otro patrón, en este caso de origen islámico: no es casual que las plantas aromáticas estén cerca de los dormitorios o de las cocinas. Con la mezcla de patrones se ha conformado un jardín que es un diálogo entre la naturaleza y la sociedad.

¿También quieren contribuir con sus conocimientos a crear jardines?

–Sí, queremos mejorar los que existen y aportar nuestro conocimiento transformador para que se realicen los nuevos. Por ejemplo, en relación al viaje de Magallanes y Elcano para la primera vuelta al mundo. Hemos hecho un análisis botánico de ese viaje: las especies que se nombran en los diarios de a bordo, las usuales en los lugares donde recalaron, y localizamos las que existen en Sevilla. Vamos a articular con la Red de Ciudades Magallánicas, comenzando por Sanlúcar de Barrameda, que colegios de cada una creen pequeños viveros que transformen a futuro el hábitat de esos centros educativos, y que los niños establezcan una relación epistolar con los alumnos de las demás ciudades.

¿Preveía todo lo que ha irradiado de Luces de Barrio?

–No, al principio parecía un proyecto menor, dentro del programa Alumbra impulsado por el Ayuntamiento de Sevilla, pero, con su apoyo, hemos conseguido que sea columna vertebral de lo que queremos vertebrar. En este caso, intervenciones artísticas, educativas y sociales para celebrar el vínculo entre naturaleza y cultura. En 2015 fue más heterogéneo en la selección de lugares (huertos, plazas, descampados, viveros...). En 2016 se hicieron en huertos vinculados a parques de la ciudad, y en 2017-2018 lo estamos haciendo en diversos colegios públicos donde hay personas y grupos muy implicados en que sus patios sean una herramienta útil para el aprendizaje y la didáctica de los niños. Con todos hemos aprendido un montón.

Resúmalo.

–Es estimulante involucrar a colegios, niños, profesores, colectivos vecinales, artistas, músicos, arquitectos, paisajistas, científicos, botánicos... Muchos han vuelto así a participar en el ámbito público y no solo en el privado. Y sirviendo nosotros de mediadores, sosteniendo los proyectos de otros. Desde lo efímero y desde la cultura puedes prototipar muy rápido, con mucha libertad, con mucha capacidad de romper protocolos, y actuar en condiciones y situaciones que están vedadas. Por otro lado, también hemos aprendido que se necesita la excelencia en los procesos participativos. No todas las personas ni todos los colectivos se implican igual, ni aportan buenas ideas ni generan el mismo resultado.

Será embarazoso decírselo.

–A la hora de hacer una intervención social, también hay que tenerlo en cuenta. No siempre es posible articular confluencias con los propios intereses de los adultos. En el caso de los niños, sí es formidable su capacidad de relacionarse con un cartógrafo, o con un paisajista, o con un músico, que llegan a su colegio para transformarlo, ¡cómo se implican! Hemos tenido la posibilidad de comprender que los proyectos de los colegios con capacidad de transformar el espacio han cambiado cuando ha habido una performance que ha trabajado casi a la vez y ha sido capaz de abrir nuestra propia experiencia en el lugar.

Cuando en la próxima primavera se culmine esta edición de Luces de Barrio, ¿cada instalación creada por los alumnos, y con los alumnos, será para ellos más que una experiencia efímera?

–Son proyectos que estaban latentes en los centros educativos: Colegio San José Obrero, Colegio Vélez de Guevara,... Son suyos, nuestra labor ha sido dotarles de un nuevo impulso. Por ejemplo, en el Colegio Andalucía, en el Polígono Sur, se ha recuperado un huerto que ya existía, pero que tenía problemas de equipamiento. Se ha plantado con los niños, y adicionalmente, se ha creado una paleta de plantas silvestres y florales para que puedan ser hábitat de insectos que mejoren la polinización. En este caso, estudiamos la importancia de la biodiversidad en el jardín, que no solo sea un plano estético. Ellos han aprendido cómo es la urdimbre que mantienen, han conocido las especies de su barrio. Algo parecido ha sucedido con el huerto en el Instituto Salvador Távora, en Amate. En el Colegio Huerta Santa Marina, en el centro, están avanzando en cómo mejorar las condiciones medioambientales del centro.

¿Sus artífices tienen vocación de tejer una red que modernice Sevilla desde la sociedad civil?

–En sus jardines se está codificando parte de la nueva Sevilla. Y pueden ayudar a solventar muchos problemas sociales. No hay que buscar las soluciones en San Francisco (EEUU), a lo mejor están en el barrio de la Oliva.

¿Cuál es su perspectiva sobre el rumbo de Sevilla?

–Tiene un patrimonio natural y paisajístico que debe atender más y promocionar más. Quien haya visto estos días la serie La Peste, donde casi todo es oscuro, descubrió la alusión al famoso jardín botánico de Monardes, en la actual calle Sierpes. Debemos conocer y sentirnos orgullosos de quienes nos han legado una tradición de conocimientos sobre jardines y plantas. Y a la vez aventurarnos con todas las posibilidades que nos dan las nuevas tecnologías. Celebro el auge de la plataforma Red Sevilla por el Clima, es importante su papel en la ciudad por la que se nos viene encima con el cambio climático.


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