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Fallece Jaime Ostos, ‘Corazón de Léon’ ecijano

El veterano diestro, que se encontraba de viaje por Colombia, ya había cumplido los 90 años de edad

08 ene 2022 / 17:25 h - Actualizado: 08 ene 2022 / 17:26 h.
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El matador de toros Jaime Ostos ha fallecido en Bogotá a los 90 años de edad de un ataque al corazón. El torero, que se encontraba de viaje por tierras colombianas acompañado de su esposa, María Ángeles Grajal, arrastraba graves problemas de salud en los últimos tiempos. El célebre diestro ecijano había llegado a estar hospitalizado varios meses entre 2019 y 2020 por unos graves problemas de espalda y llegó a contagiare del coronavirus en el centro hospitalario en el que estaba ingresado en los primeros compases de la pandemia.

Jaime Ostos Carmona, que nació en Écija (Sevilla) el 8 de abril de 1933 -otras biografías adelantan su nacimiento a 1931- fue uno de los casos más fehacientes de valor en estado puro que le llevaron a popularizar el alias de Jaime ‘Corazón de León’. Miembro de una acomodada familia de labradores ecijanos, su destino no parecía preparado para intentar la aventura de los toros pero la vocación taurina se acabó imponiendo a la carrera de aviador civil para la que había llegado a prepararse.

Vistió su primer traje de luces en su localidad natal el 1 de junio de 1952 junto a su paisano Bartolomé Jiménez Torres. Al año siguiente ya se encontraba toreando con picadores aunque tuvo que esperar hasta 1955 para lograr la regularidad necesaria de cara a acceder al doctorado. Fue el 13 de octubre de 1956 en Zaragoza de manos de Miguel Báez ‘Litri’, que le cedió un toro de Urquijo en presencia de Antonio Ordóñez. La temporada de 1958 sería también la de su verdadera consolidación profesional. El 17 de mayo de aquel año confirmó su alternativa de manos de Antonio Bienvenida con Gregorio Sánchez de testigo estoqueando un toro de Juan Cobaleda. En los siguientes años se mantiene en los puestos de vanguardia llegando a liderar el escalafón de los matadores en 1962 junto a una de las figuras del momento: el sevillano Diego Puerta.

La cornada de Tarazona

Pero si hay un hecho que ha colocado la figura de Jaime Ostos en la memoria colectiva del país fue la grave cornada recibida el 17 de julio de 1963 en Tarazona de Aragón que le tuvo varios días entre la vida y la muerte. Toda España estuvo en vilo, pendiente del desenlace del gravísimo percance del diestro ecijano, providencialmente salvado por la decidida intervención del rejoneador Ángel Peralta. Aquella tremenda cornada no le impidió seguir situado en la primera línea del toreo entre 1964 y 1966 aunque acabaría adscrito a ese grupo de matadores asiduos de las llamadas corridas “duras”.

Su lenguaje taurino, según el testimonio de los críticos de la época, se fundaba en un valor sin cuento, desnudo no sólo de estética, sino también de cualquier efectismo tremendista. Sin pelos en la lengua y dispuesto a casi todo, llegó a denunciar los manejos del crítico taurino Lozano Sevilla en el transcurso de una corrida televisada desde la plaza de la Maestranza valiéndose de un polémico brindis que acabó de un plumazo con la ventajista situación del periodista –era taquígrafo personal del mismísimo general Franco- en el ente público.

Ostos fue un torero castigadísimo por los toros. Ese rosario interminable de heridas iría minando progresivamente la contundencia estoqueadora de sus mejores años, así como ese justo sitio de valiente que se había ganado. Esas circunstancias acabarían postergándole a matar los hierros menos apetecidos disminuyendo progresivamente el número de sus actuaciones hasta llegar a una sola tarde en la temporada de 1971. Sin embargo a partir de 1972, y hasta 1980 torearía intermitentemente llegando a pisar con dignidad los ruedos de Sevilla y Madrid. Posteriormente acabaría enfundándose aún el traje de torear en ruedos sin trascendencia en contadas ocasiones y sin que se llegara a producir una retirada formal.

Su última actuación de luces pudo verificarse el primero de noviembre de 1986 en Arcos de la Frontera sin la menor repercusión taurina aunque esa decadencia profesional coincidió con su presencia multiplicada en las revistas y los programas del corazón después de su segundo matrimonio con la doctora María de los Ángeles Grajal. Ese rol de ‘famoso’ acabaría enmascarando el recuerdo de un torero valeroso que al borde de la muerte encogió el corazón a todo un país en la yema de la década de los 60. Nestor Luján lo supo definir con exactitud: “torero de valor agigantado, de una creciente torpeza técnica y de una gran honradez en el momento de herir. Es una figura audaz, sellado con sangre de infinitas cornadas”.


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