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Parafernalia morantiana: volver sin haberse ido...

El torero de La Puebla escenificó ayer su vuelta a la palestra, ocho meses después de la ‘espantá’ protagonizada en El Puerto de Santa María

13 may 2018 / 17:07 h - Actualizado: 13 may 2018 / 17:10 h.
"Toros","Morante de la Puebla"
  • Morante de la Puebla durante la última de abono de la Feria del Caballo en la que reaparecía tras ocho meses sin vestirse de luces. / Carrasco Ragel (Efe)
    Morante de la Puebla durante la última de abono de la Feria del Caballo en la que reaparecía tras ocho meses sin vestirse de luces. / Carrasco Ragel (Efe)

Qué distinto era el ambiente a pesar de pisar las mismas orillas: las del río Guadalete. En esas riberas había entonado ese inesperado adiós veraniego después de aquella tarde aciaga en la Plaza Real de El Puerto de Santa María. Pronto se supo que esa marcha no era tal. Si acaso un hasta luego. Pero es que Morante tiene vocación de Guadiana y, posiblemente, necesita estas égidas para bucear en su auténtica identidad torera mientras, perro viejo, sabe hacer subir la expectación. Se trataba de echarle de menos, de soñar con ese arte luminoso y natural injertado en las mejores luces de la Edad de Plata que el diestro cigarrero reivindica con papel de epígono actual.

Un día dijimos que Ángel Peralta era el último actor del Regionalismo. Hoy podemos afirmar que Morante es el último torero de ese movimiento trascendental sin el que no se puede entender el alma y la piel de Sevilla. No debe ser casual que ambos –el rejoneador y el matador– hayan bebido de la misma agua que rodea los lucios y empapa los arrozales. Cosas de esa tierra remota de la que siempre sale y a la que siempre vuelve en ese nomadeo del toreo que, después de Jerez le llevará a plazas como Valladolid –hoy mismo está anunciado–, Granada, Córdoba, Toledo, Antequera, Brihuega... hasta concluir su temporada particular con la doble función septembrina en la plaza de la Maestranza de Sevilla, que dejó pasar en blanco en los abriles.

El propio torero se ha empleado a fondo –brocha en mano y al mando de los currelas que se trajo de su pueblo– para dejar como el jaspe al viejo coso jerezano, que anda necesitado de algo más que un parcheo puntual. Pero la ocasión lo merecía. A Morante no le faltó ni ese jubilado que contempla obras y aconseja al del andamio –el imprevisible diestro jerezano Rafael de Paula– en esa manita de chapa y pintura que ha prologado esta reencarnación. El primer triunfo del empeño ya está cumplido: el diestro de La Puebla colgó el ansiado cartelito de no hay localidades para el día 12 –un bizarro letrero trazado con rotuladores– cuatro o cinco días de esta bajada a la tierra. Todo está preparado...

Morante ha vuelto al tablero sin haberse ido del todo, llevando hasta su casa de La Puebla al mismísimo Ramón Valencia, que amarró en el escritorio de Gallito su demorado retorno al coso del Baratillo. Fiel a la sentencia del Gatopardo –Lampedusa habría tenido material literario en las calles de La Puebla– ha sabido cambiarlo todo para que todo siga igual. Le esperan 25 o 30 funciones de la mano de Manolo Lozano, ese verso suelto de la poderosa casa empresarial toledana que ha rejuvenecido de la mano de su nuevo matador. ¿Qué pasara en este tiempo? ¿Qué acontecerá después de Jerez? Ya se lo iremos contando...


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