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Las batallas de Fortuny

El pintor Mariano Fortuny fue comisionado por la Diputación de Barcelona para dejar testimonio de los hechos heroicos del cuerpo de voluntarios catalanes del ejército español en la guerra de Marruecos. El viaje con las tropas implicó para el artista una catarsis artística y personal que produjo su iniciación en la vía del orientalismo.

17 jun 2019 / 00:20 h - Actualizado: 17 jun 2019 / 00:39 h.
  • Vista de Tetuán, Marià Fortuny. Detalle. MNAC
    Vista de Tetuán, Marià Fortuny. Detalle. MNAC

El seis de febrero de 1860 las tropas de ejército español, al mando del general Leopoldo O´Donell, Presidente del Consejo de Ministros, entraban en la plaza fuerte de Tetuán. La ocupación fue un movimiento estratégico en la guerra hispano-marroquí, iniciada por el gobierno de Isabel II para frenar los hostigamientos de las guerrillas rifeñas sobre las ciudades de Ceuta y Melilla, y reforzar la posición española en el norte de África. En la marcha sobre la fortaleza marroquí fue decisiva la actuación del cuerpo de voluntarios catalanes al mando del general Juan Prim.

Con motivo de las escaramuzas militares, la Diputación de Barcelona, que había tomado a sus expensas el coste de la fuerza expedicionaria catalana, encargó a Mariano Fortuny una pintura conmemorativa de gran formato inspirada en el cuadro de Horace Vernet La batalla de Smala (1844) actualmente en el Palacio de Versalles. Se buscaba de esa manera trazar un paralelismo con la labor colonizadora de Francia en Argelia, así como fijar el espíritu patriótico y nacionalista que había conseguido concitar el gobierno liberal español con su intervención en Marruecos.

La batalla de Tetuán (1865) se vuelve a exhibir ahora en las reacondicionadas salas del siglo XIX del Museo Nacional de Arte de Cataluña de cuya colección es una de las piezas más destacadas. En abril de 2014 la institución rodeó la obra de bocetos, dibujos preparatorios, fotografías y estampas en una interesante exposición que provocaba una nueva mirada sobre el óleo. También se mostraba la versión del cuadro que pintó en 1962 Salvador Dalí, poderosamente impresionado por la fuerza de la obra original, que se convirtió en una de sus obsesiones.

Las batallas de Fortuny
‘La batalla de Tetuán’, Marià Fortuny. Detalle. MNAC

Lo primero que atrae la vista del observador es el gran tamaño del cuadro, una panorámica de tres metros por uno de altura que se abre como un ventanal sobre la luz meridional y la agreste campiña del norte de Marruecos. Porque Mariano Fortuny fue comisionado por el comitente para seguir la campaña sobre el terreno y el pintor quedó fascinado tanto por los tipos marroquíes que le dirigirían después de ese viaje hacia el orientalismo, como por el fragor de los campos de batalla. Solo así puede comprenderse la fuerza voraz, el movimiento y la tensión que se reflejan en sus pinceladas. Fortuny plasmaría en La batalla de Tetuán un viaje a través de una geografía dramática en la que fue penetrando poco a poco y que le penetro, viaje interior también hacia la comprensión de un espacio nuevo y desconcertante.

En realidad, el pintor reusense amalgamó en esta gran obra los apuntes de toda su aventura africana, destacando como en una panoplia las hazañas guerreras que habían sido jaleadas por la prensa española; por eso podemos ver retratadas conjuntamente la resistencia heroica de los catalanes a la carga de la caballería marroquí que se produjo en la batalla de Wad-Ras, el episodio de las mochilas del regimiento de Córdoba protagonizado por Prim que tuvo lugar en la de Castillejos y algunos otros apuntes que el pintor realizó durante su estancia en los vivaques. El marco geográfico es la gran llanura hasta la bahía de Martil, siendo bien reconocibles el cabo Negro y el cabo Mazarí. En primera línea de fuego se sitúa el general O´Donell con su escolta de húsares y oficiales. Entran en diagonal con fuerza por la izquierda los voluntarios catalanes al mando del teniente coronel Victoriano Sugrañés -que moriría en esa jornada épica- y a la derecha del grupo del generalato, Juan Prim entra en el cuadro al galope blandiendo el sable contra un marroquí. En el primer plano, los vencidos se dispersan horrorizados en dirección al espectador. En el centro, unos moros despojan el cadáver desnudo de un correligionario. Otro yace desangrado en un arroyo.

La batalla de Tetuán es una obra claramente orientalista, los magrebíes están idealizados en sus vestiduras y manufacturados como exóticos. La composición es claramente propagandística y falsea la acción auténtica en aras de la narración, en una lectura histórica y heroica adecuada a la que los lectores de los diarios de la península, enardecidos por las acciones militares, esperaban de un lienzo de esta envergadura. Quiere ser la lucha entre la civilización y la barbarie. Todo el cuadro destila fuerza y movimiento. El gran óleo nunca fue terminado pero las áreas incompletas se mimetizan con las luminosas pinceladas de Fortuny creando un efecto de prodigiosa vivacidad.

Las batallas de Fortuny
‘La batalla de Wad-Rass’ de Mariano Fortuny. Detalle. / El Correo

La batalla de Wad-Ras (1861) del Museo del Prado completa el mosaico panegírico de Fortuny, siempre a caballo entre el dramatismo de los escorzos, la calidad de la luz y la violencia contenida de los enfrentamientos que se hacen vívidos en los detalles. Su formato es parecido pero su escala sensiblemente menor. El episodio que se relata aquí fue determinante en la guerra y a pesar de ser posterior a la toma de Tetuán, el óleo en el que se plasmó puede considerarse un ensayo para la gran obra que vendría después y que dejaría inacabada a su muerte. Cuatro mil bestias de carga, entre ellos novecientos dromedarios adquiridos en Orán avanzaban con el ejército español para tomar Tánger cuando, repentinamente, los francotiradores magrebíes disparan sobre las tropas y se inicia la refriega en el cruce de Chauen. La punta de lanza del ejército español al mando del general Balaguer es atacada por sorpresa por la caballería jerifiana y los voluntarios catalanes acuden al rescate defendiéndose con valentía con un coste terrible de vidas humanas. La batalla de Wad-Ras precipitaría la capitulación del sultán y propiciaría el fin de la guerra. El artista trabaja sobre papel utilizando manchas de pintura que imitan la confusión de la contienda y elaborando los matices que le llevarían después al iluminismo.

Queda de aquellas batallas, como anécdota, el bronce de los cañones enemigos con el que se fundieron los famosos Leones de las Cortes (1895), obra destacada de Ponciano Ponzano, que representan a los avatares de Hipomenes y Atalanta.


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