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Once años ahuyentando malos humos

La ley antitabaco se aplica, pero sus resultados van a ritmo más lento del que anhelaban sus impulsores. El consumo ha bajado y los fumadores son menos

Iñaki Alonso @alonsopons /
15 ene 2017 / 21:50 h - Actualizado: 16 ene 2017 / 21:40 h.
  • La entrada de la ley antitabaco, hace 11 años, vino aparejada de una reducción del consumo. / J. Cuesta
    La entrada de la ley antitabaco, hace 11 años, vino aparejada de una reducción del consumo. / J. Cuesta
  • El dueño del ‘Asador Guadalmina’, José Eugenio Arias, se fumó un puro en su establecimiento después de recibir una notificación apercibiéndole de cierre. / Daniel Pérez (Efe)
    El dueño del ‘Asador Guadalmina’, José Eugenio Arias, se fumó un puro en su establecimiento después de recibir una notificación apercibiéndole de cierre. / Daniel Pérez (Efe)

Una humeante jornada, donde el trabajo en la oficina se movía a ritmo de caladas. Sólo han transcurrido 11 años, pero el imaginario colectivo parece haber borrado aquel tiempo en el que se podía trabajar con un colillero al lado del ordenador o, simplemente, eso de echar el cigarrito en la barra del bar tomando unas tapas. La ley antitabaco, impulsada en dos fases (2006 y 2011), nació con el objetivo de plantar cara a una adicción que, terroríficas cifras en mano, provocaba 50.000 muertes anuales al año. Más que el SIDA y los accidentes de tráfico juntos. Y, de ellos, 700 lo hacían, según cifras del Ministerio de Sanidad, sin haber probado el tabaco. Los llamados fumadores involuntarios, que inhalaban el humo ajeno en el trabajo, en los bares, en las discotecas, en el entorno de los hospitales... ahora libres de humo.

Las expectativas por aquel entonces eran elevadas: el consumo descendería un 5 por ciento y el número de fumadores caería un 3 por ciento en los dos primeros años de vigencia de la ley. En lo primero, sí se han visto sus efectos, aunque también ha influido una subida de precios que, en una década, ha pasado de 2,2 euros la cajetilla a casi los 5 euros. Más del doble. De ahí que el consumo, al menos en Sevilla, se desplomara. Hasta noviembre del pasado año se habían consumido en la provincia más de 60 millones de cajetillas (20 cigarrillos por cada una), según el Comisionado para el Mercado de Tabacos (CMT). Una barbaridad que, en todo caso, está muy lejos de los 386 millones de cajetillas consumidas en el año 2006.

En lo segundo, el logro no está tanto en los números sino en las sensaciones. La única vara de medir está en la Encuesta Europea de Salud en España, con datos de 2014. En ella, se refleja un descenso de los fumadores diarios del 2,8 por ciento en Andalucía en cinco años (del 26,65 al 24,37 por ciento), detalle que se antoja insuficiente para evitar el titular de que uno de cada cuatro andaluces es fumador. Lo andado en casi una década es lo mismo que se esperaba obtener en dos años. Sin embargo, la cosecha de lo que se sembró con la ley antitabaco no sólo se recoge en estos números. La Consejería de Salud está convencida de que la aplicación de la ley y otras medidas de control ha supuesto «un enorme cambio en la manera de percibir el tabaco por parte de la población andaluza». Además, señala que se ha reducido en un ocho por ciento el número de personas que han dejado de fumar y el 75 por ciento de los fumadores desearía dejar su hábito, cifra muy superior a la que se registró en 2003 (47 por ciento).

Cumplimiento con la ley

De eso ha ayudado en parte la ley antitabaco o, mejor dicho, el intento de que se cumpla. Y, para ello, están las inspecciones. El último balance elaborado por la Junta de Andalucía con motivo del Día Mundial Sin Tabaco, correspondiente al primer cuatrimestre de 2016, recogía un grado de cumplimiento del 81,1 por ciento. Así, se realizaron 3.459 controles en los establecimientos de hostelería de los que había 2.807 que habían cumplido la normativa de tabaco. Además, hasta el 30 de abril se habían recibido 13 denuncias, se han abierto 47 expedientes y se han resuelto cuatro.

Pero, ¿cómo se puede medir? Uno de los más incisivos en el cumplimiento de la normativa fue la asociación de consumidores Facua, que en los inicios de la ley antitabaco fue receptor de buena parte de las quejas ciudadanas. Sólo en Sevilla se formalizaron setenta denuncias en el primer mes de la revisión de la normativa de 2011, a dos por día. «En líneas generales, los bares cumplen la normativa», resume Jordi Castilla, vicepresidente de Facua Sevilla, que ya no practica ese marcaje tan férreo, pero sí ha percibido una mayor concienciación tanto de los usuarios como de los responsables del sector de la hostelería, molestos en 2011 por, entre otros motivos, el cambio de la ley cuando habían realizado cuantiosas inversiones para adaptar sus negocios para zonas de fumadores y no fumadores. Cabe recordar que la versión 1.0 de la ley antitabaco permitía a los bares y restaurantes hacer estas distinciones. La revisión acabó con cualquier rincón que no fuera fumar al aire libre...

Para Castilla, la normativa se cumple en bares y restaurante. El problema está en la noche, donde sí cree que se ha bajado los brazos. Un cóctel donde se mezcla, a juicio de Facua, la falta de inspectores en horario nocturno, la permisividad de los locales de ocio nocturno y la propia de los usuarios. «No son todos, ni mucho menos, y la normativa se cumple casi siempre, pero los casos que detectamos son en este tipo de locales», puntualiza Castilla.

El deseo de dejar de fumar

La ley, sobre todo, y vista ahora desde la distancia, no ha conseguido una sociedad libre de humos, pero sí ha abierto la puerta, al menos, a intentarlo. El Plan Integral de Tabaquismo en Andalucía (PITA), con fecha de 2016, señala que 300.178 sevillanos recibieron consejo para dejar de fumar en 81 centros sanitarios de enero a abril. La mitad se concentró en Sevilla (87.886) y el Aljarafe (93.610), donde reside el 80 por ciento de la población de la provincia, aunque también se desarrolla en las áreas sanitarias de Osuna, Norte y Sur. A todo ello se unen otras acciones como los 2.786 sevillanos incluidos en el registro de abandono tabáquico. A su vez, 2.407 sevillanos llamaron a Quitline, la línea telefónica para dejar de fumar, desde su puesta en marcha en 2010, que se suman a las 6.256 consultas del teléfono del tabaquismo.

Si hace unos lustros la moda era fumar, ahora lo es todo lo contrario. Y, en eso, se cuenta con la ventaja de que hacen frente común. Por ejemplo, el Ayuntamiento de Sevilla impulsa cada año un plan contra el tabaquismo en colegios –muy similar al que emprende la Consejería de Educación– que se dirigió en 2016 a un total de 3.500 alumnos de entre 13 y 16 años, así como a 140 docentes. A su vez, incorporó a su oferta un programa de sensibilización similar pero en las zonas de movida juvenil, para concienciarlos en ocio alternativo que estuviera exento del alcohol y del tabaco.

Tantos esfuerzos son para evitar los datos que, cada año, saltan a la vista. El tabaquismo sigue siendo la causa más importante de morbimortalidad evitable de los países desarrollados. Se le asocia un tercio de las muertes por cáncer y 31 por ciento de los trastornos cardiovasculares en hombres y un 7 por ciento en mujeres. Además, el 80 por ciento de los cánceres de pulmón son provocados por el consumo de cigarrillos.

La única fórmula de avanzar es cumplir objetivos. Y en esas está el Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo, organización que agrupa al movimiento frente a esta adicción en España. Su meta es clara: llegar a 2040 con una prevalencia del consumo inferior al 5 por ciento, cuando en la actualidad es el 24 por ciento, más otro tres por ciento más de fumadores ocasionales.


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