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El reportaje literario

40 años del Nobel que no vino para decir discursos

Se cumplen cuatro décadas de la concesión del Premio Nobel de Literatura a uno de los escritores que menos sospechó recibirlo, Gabriel García Márquez, quien necesitó empeñar hasta su anillo de bodas para enviar el manuscrito de ‘Cien años de soledad’

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
30 oct 2022 / 10:20 h - Actualizado: 30 oct 2022 / 10:22 h.
"El reportaje literario"
  • 40 años del Nobel que no vino para decir discursos

“Lo que hace falta ahora es que la novela sea mala”, dijo su mujer, Mercedes Barcha, después de todo aquel calvario para poder enviar a Editorial Sudamericana el manuscrito de un libro en el que Gabo había estado pensando durante veinte años y que le había llevado 18 meses de escritura febril sin ganar un centavo, mientras ella hacía todos los milagros domésticos posibles para mantener la casa, a los dos hijos y que a él no le faltara el papel. Algunos no fueron milagros, como había de confesar el propio Gabriel García Márquez en sus memorias (Vivir para contarla) tantos años después, como vender parte del mobiliario de la casa y hasta sus propios anillos de boda, y otros, más bien casualidades de la Providencia, como el número final en la propia oficina de Correos: “El empleado puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos y dijo: ‘Son ochenta y dos pesos’. Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera y se enfrentó a la realidad. ‘Solo tenemos cincuenta y tres’. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto”, contó el propio Gabo hace solo 15 años, durante la apertura del IV Congreso Internacional de la Lengua, en 2007, celebrado en su honor después de cumplir él 80 años, 40 la publicación de Cien años de soledad y 25 su Premio Nobel de Literatura. “Solo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera mitad sino la última. Pero antes de que consiguiéramos el dinero para mandarla, ya Paco Porrúa, nuestro hombre en la Editorial Sudamericana, ansioso de leer la primera mitad del libro, nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarla. Fue así como volvimos a nacer en nuestra nueva vida de hoy”.

40 años del Nobel que no vino para decir discursos

Lo cierto es que el Premio Nobel al novelista colombiano no hubiera sido posible sin la publicación de aquel libro que contenía ya toda su literatura. De ese máximo galardón de las Letras mundiales se cumplen ahora cuatro décadas, porque el anuncio telefónico lo recibió Gabo el 21 de octubre de 1982, aunque el Premio en sí, en cuya ceremonia apareció él sin frac, sino con un liquiliqui caribeño, no se lo entregaron en Estocolmo hasta el 8 de diciembre. Y fue aquel día, en la Casa de Conciertos y rodeado de los otros galardonados –Kennet Wilson (Física), Aaron Klug (Química), Sune Bergstroem, Bengt Samuelsson y John R. Vance (Medicina) y George J. Stitgler (Economía)- donde el muchacho que se había despedido de sus compañeros de bachillerato en Zipaquirá (Colombia), en 1944, asegurándoles que no había ido para decir un discurso, tuvo que decir el más trascendente de toda su vida, no acordándose de sí mismo, sino de un continente olvidado al otro lado del globo. El discurso lo tituló “La soledad de América Latina”, y fueron tales los aplausos recibidos que el propio Gabo, que había considerado “los discursos como el más terrorífico de los compromisos humanos” se vio comprometido a pronunciar muchos más en los más de treinta años de vida que le quedaban.

Pigafetta y el realismo mágico

En su discurso de recepción del Nobel, precisamente se acordó Gabo del único navegante que se puso a escribir en el viaje de Magallanes y Elcano, ahora que se cumplen 500 años de aquella primera circunnavegación. “Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que, sin embargo, parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen”. El premiado citó también, como antecedentes del invento del realismo mágico, a otros escritores aventureros de la talla de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, en busca de la fuente de la Eterna Juventud, pero se refirió, con una valentía inusitada en una ceremonia como aquella, a la dura realidad de su continente cuya magia había puesto quizá la escritura que daba fe de no necesitar imaginación...

Ha habido cinco guerras y diecisiete golpes de Estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios llevó a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, veinte millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi ciento veinte mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encinta dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares”, dijo García Márquez ante el rey sueco y su esposa Silvia, y siguió añadiendo: “Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de doscientas mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de cien mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central: Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de 1.00.600 muertes violentas en cuatro años”. Llegó a ponerles una comparación más cercana para que terminaran de entender: “El país que se podría hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina tendría una población más numerosa que Noruega”.

“El nudo de nuestra soledad”

Aquella soledad de América Latina recordaba al ensayo de 1950 del mexicano Octavio Paz, El laberinto de la soledad, pero Gabo –siempre reportero- tuvo la humildad suficiente para concretar aquella soledad en la miseria de una realidad extraliteraria que no había tenido hasta entonces mejor altavoz: “Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no solo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte”. Y añadió: “Poetas y mendigos, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad”.

Aquel valiente discurso del autor de Cien años de soledad terminó recordando asimismo a quien consideraba su maestro, William Faulkner, que había dicho en aquella misma circunstancia de recibir el Nobel, en 1949, que se negaba a admitir el fin del hombre. “No me siento digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que, por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace treinta y dos años es ahora nada más que una simple posibilidad científica”, dijo el colombiano, defensor en el fragor de la guerra fría de la creación de “la utopía contraria”. “Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la Tierra”.

40 años del Nobel que no vino para decir discursos

Solo dos días después, en el banquete ofrecido por los Reyes de Suecia en honor de quienes habían recibido los premios Nobel, en la Sala Azul del Ayuntamiento de Estocolmo, fue Gabo quien tuvo que decir otro discurso, y fue un “Brindis por la poesía” que había improvisado a cuatro manos con su amigo del alma Álvaro Mutis. “En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”, dijo entonces quien un cuarto siglo después, ante los Reyes de España, se sorprendió de que su novela más célebre alcanzase el millón de ejemplares vendidos después de traducirse a más de veinte idiomas. “Pensar que un millón de personas pudieran decidir leer algo escrito en la soledad de un cuarto, con veintiocho letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal, parecía a todas luces una locura”. Hoy en día, ocho años después de marcha al otro mundo, Gabo enloquecería por completo si supiera que su novela ha superado con creces los 50 millones de ejemplares vendidos.

40 años del Nobel que no vino para decir discursos

Comprometido con la paz

Muchos de los discursos que le quedaban por decir al escritor que no había venido a decirlos tuvieron que ver con la defensa de la ecología y la paz mundial ante la amenaza nuclear. El más celebrado de todos lo tituló “El cataclismo de Damocles” y lo pronunció en México, su otra patria, en agosto de 1986, con la asistencia de los mandatarios de los países que habían conformado el llamado Grupo de los Seis: Argentina, México, Tanzania, Grecia, la India y Suecia. “Señores presidentes, señores primeros ministros, amigas, amigos: Esto no es un mal plagio del delirio de Juan en su destierro de Patmos, sino la visión anticipada de un desastre cósmico que puede suceder en este mismo instante: la explosión –dirigida o accidental- de solo una parte mínima del arsenal nuclear que duerme con un ojo y vela con el otro en las santabárbaras de las grandes potencias”, comenzó diciendo, espantado por que “ninguna ciencia, ningún arte, ninguna industria se ha doblado a sí misma tantas veces como la industria nuclear desde su origen, hace cuarenta y un años, ni ninguna otra creación del ingenio humano ha tenido nunca tanto poder de determinación sobre el destino del mundo”. También nos gustaría pensar qué tendría que decirle hoy a Putin. En aquella ocasión, con el deseo de arrojar a los océanos del tiempo “una botella de náufragos siderales”, imaginó lo que diría su mensaje: “que aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia, pero que también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad. Y que sepa y haga saber para todos los tiempos quiénes fueron los culpables de nuestro desastre y cuán sordos se hicieron ante nuestros clamores de paz para que esta fuera la mejor de las vidas posibles, y con qué inventos tan bárbaros y por qué intereses tan mezquinos la borraron del universo”.

40 años del Nobel que no vino para decir discursos

El escritor que nunca vino para decir un discurso, pero que al cabo dio unos cuantos, se burló, en fin, hasta de aquella necesidad de los escritores tan famosos como él, presos en la trampa eterna de concatenar discursos hasta su muerte: “Un intelectual complaciente podría nacer dentro de un congreso y seguir creciendo y madurándose en otros congresos sucesivos, sin más pausas que las necesarias para trasladarse del uno al otro, hasta morir de una buena vejez en su congreso final”. Menos mal que lo mejor de Gabo no sintió la necesidad de ser dicho ante un público, sino escrito para la eternidad de sus lectores, que nunca esperamos el final.


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