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Festival de Cine Europeo 2018

El crimen como arte o provocación

17 nov 2018 / 14:22 h - Actualizado: 17 nov 2018 / 14:40 h.
  • El crimen como arte o provocación

La casa de Jack (***)

Título original: The House That Jack Built

Dinamarca 2018 155 min.

Dirección Lars von Trier

Intérpretes Matt Dillon, Bruno Ganz, Uma Thurman, Riley Keugh, Sofia Grabol, Siobhan Fallon, Ed Speelers, David Bailie, Yu Ji-tae, Jeremy Davies

Selección EFA

Cinco años después de Nymphomaniacy con el perdón de Cannes de por medio tras sus polémicas declaraciones sobre Hitler, Lars von Trier vuelve a provocar con su último trabajo cinematográfico. Habría que analizar la reacción del público frente a su nueva propuesta para conocer más en profundidad las intenciones de este director que no suele dejar a nadie impasible. El atroz retrato que hace de un psycho killeral más puro estilo de aquel Henry, retrato de un asesino que firmara John McNaughton a finales de los ochenta del siglo pasado, da lugar a dos horas de tensión en las que asistimos a los crímenes de un asesino en serie en situaciones algunas de lo más grotescas, con el fin de redefinir el concepto de creación artística a través de la licencia para matar, descuartizar y recrear cadáveres humanos. En sus conversaciones con un posible terapeuta, o quizás un agente de la ley, o puede que un ángel o el mismísimo demonio, al que da voz y luego presencia Bruno Ganz, nuestro asesino americano (Matt Dillon) se permite comparar sus atrocidades con la creación artística y divina, en un proceso en el que analiza hasta cinco de sus barbaridades sucedidas en la década de los setenta del pasado siglo. Todo esto sirve al director danés para generar una orgía de sangre que perturba y molesta, pero no más que el hecho de hacernos sentir a nosotros y nosotras mismas como verdaderos monstruos ávidos de más morbo, de que no lo pillen, de que no aborten su próxima ocurrencia, para que la atrape nuestra retina, la misma que no apaga la televisión cuando nos cuentan las atrocidades que alimentan los telediarios y que son peores que las que pueda imaginar la perturbada mente de Trier. Pero he aquí que motivados por su ética y su moral, o por las apariencias o los prejuicios, habrá quienes abandonen la sala, mientras los demás experimentamos esa mala conciencia que nos obliga a esperar más guiñol sanguinolento con ínfulas de intelectualidad, que lo hace más cruel. Al final no sabemos si la comparación es válida ni si se ha creado arte, pero sí que ha logrado impactarnos y nos ha esclavizado durante las dos horas y media de proyección. Habrá quien lo considere pornografía, pero ¿quién no la consume?


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