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1867. El año que los Negritos estrenó la Semana Santa

En los últimos 150 años, el Domingo de Ramos cayó en 14 de abril únicamente en seis ocasiones. Dado que en 2019 volverá a repetirse este hecho, durante toda la Cuaresma iremos repasando esas fechas históricas que, sin duda, contribuyeron a forjar la identidad de nuestra Semana Santa.

09 mar 2019 / 08:00 h - Actualizado: 09 mar 2019 / 08:00 h.
  • 1867. El año que los Negritos estrenó la Semana Santa
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Para entender la Sevilla de 1867, el marco incomparable donde tuvo lugar una de las Semanas Santas más peculiares del siglo XIX, habría que echar un vistazo al contexto histórico. Solo de este modo podremos apreciar las circunstancias en que se desarrolló la celebración religiosa, los agentes que la protagonizaron y la atmósfera que se respiró alrededor de la misma. Para empezar, hemos de subrayar que el mundo se hallaba inmerso en la llamada Railway Age, momento de apogeo y reinado definitivo del ferrocarril, que permitió cambiar, en pocos años, el modelo de vida a cientos de millones de personas. Si bien, al margen de sus beneficios, paradójicamente esto provocó la primera crisis financiera de la historia del capitalismo español en 1866. ¿Y cual fue el detonante? Precisamente las compañías ferroviarias, creadas quince años atrás a partir del primer Plan General —el tren llegaría por primera vez a Sevilla en 1859—, y que arrastraron con ellas a bancos y sociedades de crédito. Un desastre económico de proporciones colosales que desembocaría, entre otras cosas, en la Revolución de 1868 y el consiguiente exilio de Isabel II, hecho que, como muchos saben, supuso un enorme revés para el universo de las cofradías. No olvidemos que la España de Narváez era eminentemente rural, con un 62% de la población dependiendo de la agricultura, y con hasta 97 tipos de monedas distintas en circulación antes de la llegada de la peseta —el ministro de Gobernación Fernández Villaverde llegó a decir que en aquella década España poseía la circulación monetaria más heterogénea y confusa de Europa—. Mientras tanto, en el panorama social, Alfred Nobel acababa de inventar la nitroglicerina, el emperador de Rusia decidía venderle a Estados Unidos el «improductivo» territorio de Alaska y Napoleón III inauguraba la Exposición Universal de París.

La Sevilla de los Montpensier

¿Y cómo vivía y respiraba la Sevilla de 1867? Una ciudad en vías de cambio en la que una libra de dulces costaba cuatro reales, una bota de vino ciento veinte y una casa sobre cuarenta mil. Pues según los dictados de su propia idiosincrasia. Esto es, ajena en gran medida a los asuntos del exterior, salvo en lo tocante a la moda, cuyos referentes indiscutibles eran los duques de Montpensier. Y es que Antonio de Orleans y María Luisa Fernanda de Borbón, piezas fundamentales para entender el momento histórico, no solo dejaron huellas en las costumbres o en la manera de vestir de los hispalensesel glamur del que se ‘empapó’ la ciudad obedece a su influencia, sino en otros aspectos mucho más relevantes como la arquitectura urbanística y medioambiental, el arte pictórico o la restauración de monumentos. Ellos fueron además los artífices de esa pequeña «corte» que se instalaría en torno a su palacio de San Telmo a partir de 1848, y que comprendía desde la nobleza establecida en la ciudad a la burguesía emergente. Pese a todo, aún se discute el verdadero alcance de su influjo en nuestras cofradías, ya que, si bien durante décadas se les consideró mecenas y artífices de su resurrección, investigadores actuales como Jiménez Sampedro lo niegan tajantemente: «no existen pruebas de tal implicación económica y sí de que formaron parte de algunas hermandades, aunque solo consta la donación de un manto a la imagen de gloria de la Virgen de la O».

Domingo de Ramos sin Amor

Dicho esto, el lector estará deseando conocer cómo se desarrollaron los desfiles penitenciales aquel 14 de abril, qué cofradías participaron y qué color tuvo el resto de la Semana Santa. Pues bien, comencemos por el principio. Pese a que el Ayuntamiento era consciente del atractivo turístico que suponía la fiesta dentro y fuera de nuestras fronteras —la colocación de sillas de alquiler en la plaza de San Francisco por orden del alcalde García de Vinuesa en 1863 o la publicación de los itinerarios y datos reseñables de las cofradías en la prensa de la época son buena prueba de ello—, no todo el monte era orégano, y muchas corporaciones debían quedarse en casa por falta de fondos. Es el caso de la hermandad del Amor, que tras nueve años consecutivos saliendo de la desaparecida parroquia de San Miguel, tuvo que suspender su estación de penitencia aquel año de 1867. Y ello pese a la creación de las primeras subvenciones destinadas a las hermandades por parte del consistorio. De este modo, y según el patrón de la época, dada su ausencia, los nazarenos de la Amargura iban a ser los únicos en atravesar las naves de la catedral, para desconsuelo de los sevillanos. Sin embargo, el destino se guardaba un as en la manga, y aquel Domingo de Ramos de 1867, el primero que cayó en 14 de abril desde los inicios del siglo XIX, contaría con una imagen de excepción: la del Cristo de la Fundación, de la primitiva hermandad de Los Negros. Y digo bien, de excepción, porque a la calidad escultórica de la talla de Andrés de Ocampo había que sumar el hecho de que fuese acompañada de la Virgen, San Juan y las Tres Marías en un único paso, o que realizase su primera salida procesional tras dieciocho años de ausencia.

1867. El año que los Negritos estrenó la Semana Santa

Un estreno de lujo: el palio de la Merced

De este modo, la hermandad radicada en la capilla del hospital de Mena o de Los Ángeles tuvo el honor de estrenar los cortejos penitenciales aquel peculiar Domingo de Ramos de 1867, el último celebrado durante el período isabelino —al año siguiente, meses antes del exilio de la reina, el testigo lo recogería la cofradía de las Siete Palabras, pero procesionando el Miércoles Santo—. Tras este improvisado «Calvario», resultado de no poder comprar un manto para la Virgen en 1849, los cofrades contemplarían al Santo Cristo del Silencio en el Desprecio de Herodes y Ntra. Sra. de la Amargura, que realizó su salida desde la parroquia de San Juan Bautista (vulgo de la Palma). Como curiosidad, decir que las túnicas de los nazarenos que precedían al primer paso eran de color blanco, mientras que las del palio eran negras. Tras una pausa de dos días, el Miércoles Santo, sevillanos y foráneos pudieron admirar al Santo Cristo de la Columna y Azotes y a Madre de Dios de la Victoria, radicada en la iglesia de los Terceros, así como al Santo Cristo de las Siete Palabras y María Stma. de los Remedios, de la iglesia de la Casa Grande del Carmen —hoy Conservatorio Superior de Música de la calle Baños—. En esta ocasión, los penitentes estrenaban túnicas blancas y encarnadas, en memoria de la Preciosa Sangre derramada por el Señor en su Pasión. Por su parte, la Virgen de la Cabeza lucía nuevo manto de terciopelo. El Jueves Santo, con permiso de Monte-Sión, el protagonismo sería para los cofrades de Pasión, que sacaban nuevas túnicas blancas con antifaz morado amén de dos nuevos y sonados estrenos: el magnífico y costoso palio de tisú y oro para la Virgen de la Merced, así como los candelabros de cola. Por cierto que sería una de sus últimas salidas desde la parroquia de San Miguel, derribada en el entorno de la plaza del Duque tras la Gloriosa del año siguiente.

La O deslumbra en la Madrugá

La Madrugá estaría presidida por las cofradías habituales del Silencio, Gran Poder y Macarena, a la que se uniría la novedad de la O, que volvía a las calles tras catorce años sin hacerlo. Esa jornada sería doblemente especial para los trianeros, pues además de estrenar túnicas blancas y moradas en el Cristo y negras en la Virgen, se produjo uno de los milagros más sonados de nuestra Semana Santa: la curación de Francisco Carretas Peña, quien tras tocar la cruz del Señor en su regreso a la calle Castilla, sanó de unas llagas en los brazos. Ya el Viernes Santo por la tarde, la nómina se completó con las corporaciones de la Sagrada Expiración de Cristo y Nuestra Señora del Patrocinio; Santísimo Cristo de la Salud y Nuestra Señora en el Sagrado Misterio de sus Tres Necesidades y la del Santo Cristo de la Conversión del Buen Ladrón y María Santísima de Monserrat. Por cierto que esta cofradía, ubicada en la parroquia de Santa María Magdalena, contaba con una numerosa banda de música ataviada a la romana precediendo a la centuria, que con nuevos y lujosos vestidos custodiaba el segundo paso. A estas la siguieron la Sagrada Mortaja de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima de la Piedad, sita en Santa Marina, y que estrenaban túnicas nuevas, y el Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima de Villaviciosa, de la parroquia de la Magdalena. A este respecto hemos de señalar el piquete de la Guardia Civil que abría por entonces el cortejo, seguido de una escolta de romanos a caballo, armados de peto, espaldar, casco, manopla, espada y lanza. Ese año, en el paso de la Virgen todas las imágenes estrenaban preciosos trajes de terciopelo y resplandecientes diademas. Y como colofón, Nuestra Señora de la Soledad, cerrando una Semana Santa que, poco a poco, iba recuperando su esplendor de antaño, pero a la que aún le aguardaban cruentos episodios.


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