domingo, 24 mayo 2020
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Aplausos

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
29 mar 2020 / 10:04 h - Actualizado: 29 mar 2020 / 10:05 h.
"Viéndolas venir"
  • Aplausos

Desde las siete la sentimos más inquieta. Mejor dicho, o quiero suponer, desde que la luz se hace tibia y estos sonidos amortiguados a los que no terminamos de acostumbrarnos se amortiguan hasta desaparecer. Me coge la mano y me tira. Si no le sigo el juego, busca a los hermanos, a la madre, y vuelve de nuevo a mí. Se le pasa unos minutos. Pero al rato vuelve a buscarme, inquieta, da palmadas, palmaditas, cada vez más rápido, más nerviosa ella en un trote desorganizado, pero me conduce hasta el balcón. Son las siete y media. Las ocho menos cuarto tal vez. Quiere que la coja en brazos. Para poder aplaudir viendo el panorama. Siente que falta algo: los hermanos, que siguen en el sofá como si nada. Cuando nos damos cuenta, son las 19.58. Y todos pensamos a la vez que, incluso con solo 15 meses, el ser humano es un prodigioso animal de costumbres.

También pensamos a la vez, pero esta vez solo su madre y yo -menos mal que los otros niños siguen siendo niños- que nuestra pequeña se va haciendo grande sin salir de aquí. Comparto tal exageración con Marina y, lejos de relativizarme el argumento, me lo exagera más: “Verdad”, dice, “es que tenía catorce meses cuando salíamos a la calle”. Yo la corrijo, porque la niña tiene ya quince meses y algunos días. “Pues parece que lleváramos meses aquí”, dice ella. Y no le quito razón. Pero le discuto. “Tampoco es para tanto. Llevamos solo dos semanas”, digo, y me extraña a mí mismo, porque es verdad que en solo dos semanas nos hemos habituado a este letargo de los días iguales, a esta falta de referentes extradomésticos -más allá de las clases telemáticas, que alargan sus tentáculos sin fin- que le den una estructura a la jornada, este deambular por la azotea, este hábito de limpiar lo que está limpio, la ilusión minúscula y recurrente de qué vamos a comer, la visita turística a la despensa, el entretenimiento de las vídeo llamadas en las que uno no sabe muy bien hacia dónde mirar.

Ella nos mira extrañada, porque no le cabe en su cabecita -llena de serrín, diría mi madre- que un rito tan sagrado, tan constante, tan aglutinador de toda la familia, dure tan poco. Cuando todos hemos dejado de aplaudir es cuando ella le ha cogido el gusto. Y no le gusta que cerremos el balcón. Me tira otra vez de la mano y sigue dando palmadas. Me mira por encima del hombro para que la siga, en busca de la puerta. Intuyo que quiere seguir aplaudiendo, pero en la calle. Entonces la tenemos que distraer con otras cosas. Y salgo yo, disimulando, para tirar la basura. El mundo afuera está como siempre, pero en silencio. Al volver, con la conciencia maltrecha por no tener justificante, en pijama, me parece cada noche que esto es un sueño, o la trama de una novela. Cuando vuelvo a realidad para decirme a mí mismo que no, que es tan real como la vida misma, recuerdo que todo empezó porque en la otra punta del mundo alguien comía murciélagos. Y subo la escalera con más dudas entre la realidad y la ficción. Le pregunto a Marina, y ella me lo aclara todo: “No, no, la culpa es del pangolín”.


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