sábado, 08 agosto 2020
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Cuestiono, luego existo

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Pepa Violeta Pepavioleta
01 sep 2019 / 11:55 h - Actualizado: 01 sep 2019 / 11:57 h.
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  • Cuestiono, luego existo

A las mujeres se nos ha educado para no cuestionar. En el reparto de roles, nos tocó la sumisión y la obediencia, por lo que ahora nos vemos empujadas a ponernos las pilas para frenar esta epidemia machista, cada vez mejor y más sutilmente orquestada, que amenaza con extenderse como la pólvora. Sólo hace falta dedicarle unos minutos a repasar la prensa nacional e internacional cada día, hacer un rastreo rápido por los informativos televisados o poner el oído en las conversaciones mañaneras durante el café, para darnos cuenta que el patriarcado sigue a pico y pala sembrando de forma silenciosa, las semillas con las que levantan su castillo de naipes.

Los últimos años de intenso activismo feminista, les han dejado un poco tambaleando la estructura y ahí están haciendo esfuerzos titánicos, fortaleciendo los cimientos para que sus cachorros sigan con el legado de tremenda misión faraónica. Tener silenciada, subyugada y narcotizada a la otra mitad de la población no debe ser tarea baladí. Controlar a la masa para que siga creyendo que son libres para decidir y actuar y a la vez mantener firmes los hilos para que los títeres no se revelen, sinceramente requiere hilar fino. La nueva generación de señoros viene con ganas y experiencia acumulada para hacer de la violencia simbólica, su estrategia estrella para acallar al feminismo y evitar que las mujeres nos cuestionemos el orden establecido.

La violencia física, la imposición verbal en público del discurso masculino, la tiranía... ya no están de moda. Se penaliza, se reprime en público estas actitudes y están siendo sustituidas por otras estrategias más sutiles, con la que el patriarcado consigue el mismo efecto, manteniendo un falso igualitarismo que les funciona estupendamente para hacernos creer a las mujeres, que esto del machismo es puro cuento.

Entre las numerosas plagas que arrasan el planeta, deberíamos incluir también la violencia simbólica, como una más a la que hacer frente. Cuando nos referimos a este tipo de violencia, nos referimos a la relación social donde el “dominador” ejerce un modo de violencia indirecta y no físicamente directa en contra de los “dominados”, los cuales no la evidencian y/o son inconscientes de dichas prácticas en su contra, por lo cual son “cómplices de la dominación a la que están sometidos”. Así materializa Bourdieu con su concepto, una realidad a la que nos enfrentamos cada día las mujeres. Muchas de ellas, ni siquiera son conscientes de esta relación de poder porque el sistema se ha encargado de meternos en vena resignación e inseguridad en cantidades industriales. Dos virus que mutan hasta el punto de invalidar nuestra capacidad innata de razonar, pensar y cuestionar. Esta violencia está interiorizada y naturalizada a lo bestia. Creemos que las cosas siempre fueron así y por lo tanto, nuestros valores y lugares dentro de la sociedad se hacen incuestionables e inmutables.

Cumplir con los roles de género, implica decir sí al mapa conductual que ya tienen preparado para nosotras. Esquizofrénico y tremendamente provechoso para ellos, que siguen ocupando los sillones del poder, mientras nosotras perdemos el tiempo en otras banalidades, cuestiones insignificantes con las que quieren tenernos entretenidas y a ser posible separadas entre nosotras, que así nos controlan mejor.

Esta imposibilidad de cumplir con los roles que nos marca el patriarcado, incrementa el numero de mujeres infelices, insatisfechas, cabreadas... que una vez han descubierto el truco y han puesto en su lugar a la conciencia crítica, no están dispuestas a escuchar más trolas machistas.

Virginie Despentes ejemplifica muy bien esta locura de ser mujer en nuestra era: “porque el ideal de mujer blanca, seductora pero no puta, bien casada pero no a la sombra, que trabaja pero sin demasiado éxito para no aplastar a su hombre. Delgada pero no obsesionado con la alimentación, que parece indefinidamente joven pero sin dejarse desfigurar por la cirugía estética. Madre realizada pero no desbordada por los pañales y por las tareas del colegio. Buena ama de casa pero no sirvienta, cultivada pero menos que un hombre. Esta mujer blanca, feliz, que nos ponen delante de los ojos, esa a la que deberíamos hacer el esfuerzo de parecernos, a parte de que parece romperse la crisma por poca cosa, nunca me la he encontrado en ninguna parte. Es posible incluso que no exista

Cuando seamos conscientes de que esta feminidad no existe, del desgaste que supone alcanzar un modelo utópico de mujer perfecta, construido para nosotras, pero sin pensar en nosotras, habremos dado un gran paso para empezar todas juntas a soplar con fuerza hacia el castillo de naipes. Podríamos meterle dinamita y tirarlo en cuestión de segundos. Pero para qué hacer uso de la violencia, si somos auténticas expertas de la sutileza. Ellos no han enseñado muy bien.


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