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Excelencia Literaria

Despedida a la soledad

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02 dic 2020 / 14:02 h - Actualizado: 02 dic 2020 / 14:04 h.
"Excelencia Literaria"
  • Despedida a la soledad

Por María Pardo. Ganadora de la XIV edición de Excelencia Literaria

José meditaba en el sofá del salón. Tenía la mirada fija en el reloj de pared, y sus dedos hacían bolitas con el descosido de la tapicería. Aquel era un día importante: iba a dejar el hogar cuya primera hipoteca había firmado hacía ya medio siglo, junto a su entonces prometida, Rosa.

El hombre se rascó la nuca tratando de evocar una memoria enterrada; ¡eran tantos los recuerdos vividos en aquel lugar! Aún podía acordarse de la mañana que cruzó el portal con su novia en brazos, cuando apenas habían cumplido los veinte años. Rememoraba con especial cariño las lecciones de cocina que ella le impartía –sin demasiado éxito, pero con infinita paciencia– y las tardes de domingo que pasaban jugando al ajedrez. De los meses de verano echaba de menos las siestas en el porche, con la radio muy bajita de fondo, y el aroma a la mermelada de higos que elaboraba su mujer. José no pudo menos que sonreír: había sido muy feliz allí.

Pero desde que murió Rosa, hacía ya dos décadas, la casa había ido perdiendo su encanto. Ya no tenía con quién compartir las pequeñeces de la rutina ni los eventos importantes. En pocas palabras, la soledad en aquellas cuatro paredes se le hacía insoportable.

Con el fin de llenar ese vacío, tarareaba canciones de pueblo o repetía los versos que había aprendido de su madre. A veces, también inventaba diálogos en su cabeza –algo así como obras teatrales– e incluso discurría conversaciones con objetos inanimados, como el jarrón de la cocina o el sombrerero del recibidor. Creía que una vez se hubiese trasladado a otra vivienda, aquella melancolía llegaría a su fin.

Tomó aire y, tras sostenerlo durante unos segundos, lo dejó escapar en forma de suspiro. Comenzó entonces uno de sus teatrillos mentales. Esta vez escogió “la soledad” como interlocutora.

–Tengo algo que decirte –susurró de forma casi ininteligible.

–Sabes que siempre te escucho –los labios de José apenas se movieron, pero en su cabeza resonó clara la respuesta de “la soledad”.

–Sí, lo sé –afirmó recogiendo las manos sobre el regazo–. Esta vez te he convocado para despedirme de ti.

–¿Cómo? –dio un brinco– ¿Me dejas?

–Sí –. El silencio invadió la estancia unos instantes–. Me he cansado de ti, así que me marcho a una residencia.

Su voz, aunque serena, reflejaba cierto temor ante su porvenir: la compañía de extraños, un menú diferente –hacía ya mucho que la base de su dieta eran las galletas y las latas de conserva–, la novedad del horario o la expectativa de dormir en un cuarto y un colchón distintos.

–Pues iré contigo –le dijo “la soledad”.

–No puedes acompañarme; nadie te querría allí –gruñó el anciano al tiempo que fruncía el entrecejo; ¡lo último que deseaba era llevársela consigo!–. Además –añadió con firmeza–, los años de convivencia que nos unen son un motivo más para mi marcha.

–Casi nunca soy bienvenida –. Lejos de lamentarlo, “la soledad” parecía enorgullecerse de ello–. ¿Pensarás en mí, al menos? No parece entristecerte esta despedida.

–Sí, pensaré en ti a menudo. Sin embargo, no me apena dejarte. Quizá me taches de resentido, pero nunca olvidaré las noches de insomnio que me has hecho pasar –. José guardaría muy bien aquel periodo tan difícil de su vida, cuando Rosa murió–. Al principio me inspirabas terror –sus ojos grises se perdieron en un horizonte que solo él podía ver: los primeros años de viudedad, en los que casi de forma inconsciente fue alejándose de sus pocos familiares y amigos–. Traté de evitarte, pero eras más fuerte que yo. Lamenté verme obligado a convivir contigo. No fue tarea fácil.

–¿Me tenías miedo? Pero si soy silenciosa y discreta –protestó “la soledad” con fingida sorpresa.

–Sí, mucho miedo, como todos. Me asustaba que me escondieses del resto del mundo y que me silenciases. No quería volverme invisible, pero te saliste con la tuya.

–No creas que me ofendes; soy consciente del mal que puedo llegar a hacer –de poder, hubiese sonreído–. Ahora bien, ¿qué será de mí cuando te marches?

–Tendrás que buscar una nueva puerta a la que llamar. Y si nadie te la abre, harás gala de tu sigilo al colarte en otra persona en contra de su voluntad; así lo hiciste conmigo.

En ese instante llamaron al timbre. Había llegado el momento. Con el pulso desbocado José se puso en pie, y con pasos temblorosos se dispuso a abrir. Del otro lado le esperaba un joven sonriente.

–¿Don José?... Buenos días, señor. Vengo a llevarle a su nuevo hogar. Déjeme que le ayude –le ofreció el brazo. El anciano se apoyó en él para bajar los primeros peldaños del portal. Se detuvo un momento para observar la casa por última vez. Era consciente de que se cerraba una etapa larga y difícil de su vida. Por eso sus labios de seda dibujaron una graciosa sonrisa, al tiempo que la caricia del sol le sonrojaba las mejillas.


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