sábado, 08 agosto 2020
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El arte en los tiempos del coronavirus

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19 mar 2020 / 12:01 h - Actualizado: 19 mar 2020 / 12:05 h.
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  • Un visitante contempla una obra de arte en la Galería Nacional de Londres. / Efe
    Un visitante contempla una obra de arte en la Galería Nacional de Londres. / Efe

No invento nada al afirmar que el mundo tal como lo hemos conocido hasta ahora ha dejado de existir, sobre todo y entre otras cosas desde que empezó esta pandemia a fines del pasado año y aún lo hará más una vez superada, tanto a nivel local como internacional. El hecho que un organismo nanométrico se haya metido y de esta manera tan masiva en nuestras vidas –en nuestros cuerpos y pensamientos- y se haya revelado como una revolución mucho mayor que cualquiera que podamos imaginar (la Francesa, la Rusa, la China y tantas otras), ha promovido cambios –o deberían comenzar a hacerlo ya- que irían –o que van- desde lo social a lo ideológico, pasando por lo sanitario, económico, etc., etc., y en donde el arte (las visuales, escénicas, musicales, fílmicas e incluidas todas las artesanías) y la literatura, el pensamiento, el periodismo, ...todo lo que se quiera poner aquí, es una de las manifestaciones donde se hace también evidente las consecuencias del COVID 19.

En primer lugar porque al igual que otros sectores (empresas o mercados de cualquier sector) se ha visto afectado por el cierre de museos, galerías, centros de interés entre los que pueden incluirse el patrimonio ubicado en iglesias, colegios profesionales, colecciones particulares y otras entidades ahora cerradas al público. Esto en principio, no tiene porqué ser negativo (a no ser por los ingresos de taquilla y la repercusión que pueda tener en el turismo), ya que se pueden ver algunos por internet, pero hay que considerar también aquí, que no todos están disponibles ni con análisis serios y de no conocerse sus direcciones electrónicas, son de más difícil búsqueda/localización.

Para comenzar pues, esta situación (al margen de la gravedad sanitaria, económica y social, no voy a entrar ahora en la política) implicaría dos cosas. Una: el que tengamos veamos las obras por vía digital o virtual, a través de enlaces a internet, páginas webs, canales de televisiones públicas o privadas, de youtube, google y cuantas plataformas podamos disponer y a través de cualquier tipo de pantallas incluidas las de un teléfono móvil o un reloj de pulsera.

La 2ª es la necesidad -obligatoriedad diría- de que si los artistas queremos difusión y en el mejor de los casos vender nuestras obras, no nos queda otra que hacer las fotos y difundirlas por cuantos medios –en este caso también telemáticos- nos sea posible.

Ocurre además que lamentablemente también las tiendas de materiales están cerradas y que no todos los artistas están entrenados en la videocreación, fotoshop, programas infográficos, edición de imágenes,...de manera que podríamos recurrir a cuantos elementos tengamos a mano desde sábanas y paños de cocina a cualquier objeto que aparentemente pueda ser susceptible de manipulación creativa/artística.

Pero es que además y tal vez por encima de todo esto, existe lo que se llama “pobreza vergonzante”, esa parte de la sociedad que no es la que vemos pidiendo o durmiendo por las calles y que aparentemente no se nota en los comedores sociales asistidos por órdenes religiosas o voluntariados, y en la que con mayor o menor número y necesidad, van entrando autores no necesariamente desconocidos. Esos que no se consideran “Imprescindibles”, sino “Invisibles” y a los que antes y mucho menos ahora la prensa, algunas galerías y centros de arte han ninguneado en pro de una serie de intereses artísticos y no tanto.

Por esto, una de las primeras consecuencias de la situación actual y posterior al coronavirus por parte de los artistas, es que si esta estaba mal antes de esta nueva y enésima crisis que salvo momentos puntuales se viene produciendo desde después de los fastos del 92 (y para quienes tuvieron la fortuna de formar parte), ahora está peor porque además parece como si se nos obligara al silencio, a no hacer manifestación pública por el estado de alerta en el que se nos encontramos y como digo, muchos artistas al día de hoy, entre otras cosas porque parece que todos somos ricos o vivimos subvencionados, cosa que no es cierto al menos en una gran parte, aunque en esto como en todo intervendrían muchas cosas que excederían el marco de este comentario.

Lo peor, es que difícilmente podemos salir al mercado sin visualizar las imágenes directamente y que en cualquier caso una obra de arte por maravillosa que sea, no se considerará un producto no de primera ni de segunda, ni de tercera necesidad, sino de ninguna y lo que nos queda pues, es incluirnos en las listas del desempleo y –dicho con todo el respeto- en la de los indigentes. En este punto y como todo es susceptible de interpretaciones, hay personas que no pueden imaginarse un mundo vacío de imágenes, un mundo donde las paredes estén vacías y donde ningún tipo de creación (decoración) esté ausente. Otras, por supuesto lo considerarán un lujo superfluo. Depende. Depende de los gustos y del presupuesto. Dependerá de lo que sigan o no haciendo los artistas. Depende de otra infinidad de cuestiones tales como su valoración o cotización si está dentro o fuera del mercado, si no se inflan los presupuestos, si el “caché” entra dentro de lo asequible no sólo por la clase alta o la política.

Los artistas, que para mucha gente son considerados algo así como el lujo (no diré, pero lo digo, la excrecencia) de la sociedad capitalista, algo accesorio porque el arte no se necesita ante los alimentos básicos, los transportes, las grandes, medianas o pequeñas industrias, la construcción de parques comerciales donde sí se venden toda clase de chorradas, esas sí que inútiles –me refiero a antes del corona- porque ahora este discurso es anacrónico- y artistas que ya antes éramos considerados –no para todo el mundo pero sí para algunos que podrían ser perfectamente quienes adquiriesen nuestras obras- unos ociosos casi metidos en la clasificación de vagos, ahora lo que nos queda y para quienes se atrevan (que esa es otra, porque no todo autor de relativo prestigio le va a ser grato registrarse en Asuntos Sociales o en la Beneficiencia acogida a órdenes religiosas, Cáritas parroquiales, etc., etc.) o acudir a cualquiera de los servicios que se dedican a la solidaridad, y en los que algunos han/hemos dado nuestras obras para recaudar fondos, para otros que entonces estaban más necesitados que nosotros.

No. No todos los artistas somos unos privilegiados, ni unos parásitos, aunque si quiera fuese una minoría que no necesariamente tiene tampoco porqué ser elitista, acepta, comprende y comparte. También en una situación como esta en la que entiendo somos una necesidad básica, entendida desde el punto de vista de la ineludible de crear, y de la de compartir y de disfrutar con la imaginación y los sentidos.

No me imagino un Hospital, un Bar, un Hotel, ... una casa por humilde que sea sin ni siquiera tenga un almanaque que reproduzca una obra de arte o una foto, una cerámica, algo que nos diga que además de las cuestiones cotidianas, existe de alguna manera una conexión aunque no necesariamente deba ser en la subjetividad de la belleza.

Lamentamos el cierre de bares, restaurantes, tiendas de ropa, centros comerciales, la situación de cualquier persona que se ve o haya visto afectada por la lamentable pandemia actual. He optado por hablar aquí de una crisis que afecta sobremanera a los artistas y que entiendo comparable a la de otros colectivos y por las mismas causas fundamentalmente como dije sanitarias y económicas. Las otras causas devenidas del desastre y de los cambios de mentalidad que esta va a traer consigo, los giros diametrales que va a dar la sociedad entera (local e internacional), afectarán aún más a otros colectivos desfavorecidos, entre los que se encuentran bastantes artistas.

He hablado de la crisis de los artistas, que no la del Arte, que sigue y seguirá en la medida que se pueda: bien colgando imágenes en pantallas domésticas, o bien desde los balcones y ventanas, desde las azoteas, patios, patinillos, cualquier parte de donde residamos, inclusive y si es posible, la celda de una cárcel. Desde aquí hago un llamamiento para todo –y todas- los que quieran unirse y gritar también desde los balcones, que el arte es Libertad por siempre y para siempre. Si además, colocan algo cada día, será mejor aunque sólo lo vean los vecinos de enfrente. Salud y que nos sea leve.


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