domingo, 17 octubre 2021
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Juan Espadas y el doctor Rodríguez Sacristán

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18 jul 2021 / 04:30 h - Actualizado: 17 jul 2021 / 20:33 h.
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  • Juan Espadas y el doctor Rodríguez Sacristán

Cuando éramos niños, las olas súbitamente nos atrapaban en remolinos de espuma. Recuerdo una vez en el Muelle de Chipiona asiéndome a un pivote de hormigón, como a un hilo invisible.

Y tampoco me olvido de aquel campo de albero amarillo del Colegio Claret, sobre el que rara vez el sol perdonaba con algún hueco de sombra; ni de las maldiciones con que castigábamos al destino, cuando la lluvia lo anegaba y pasaban días interminables hasta que desaparecían los charcos postreros.

Por aquel entonces, eran dos los espacios inversos que deslumbraban nuestra visión infantil. Por un lado, el campo de hockey sobre patines, sobre el que el Padre Miguelez se empeñaba en resistir, hasta llegar a ser el único equipo del Sur en una liga catalana, de donde rara vez lográbamos otra hazaña más que una derrota honrosa.

Y por el otro, el campo del Betis, donde alguna foto de Benito Villamarin, evocaba un tiempo en el que todo el estadio lloró, cuando aquellos indios vestidos de verde retornaron, al fin, a Primera División, tras varios lustros en Tercera.

Sin embargo, hacia el Norte, al afrontar la Avenida de Reina Mercedes, un moderno edificio de cristal, nos sumía en una profunda reflexión sobre los “locos” que albergaba y que en nuestras mentes primeras, eran como pollitos amarillos sumidos en un pozo al que siempre parecían caer sin remedio y nosotros sin poder rescatarlos.

En estos días, nuestro Alcalde anda despidiéndose -a su forma- de la ciudad de Sevilla. Lo hace a lo grande, después de haber ganado las primarias socialistas. En política hay muchas formas de irrumpir. Sin embargo, Juan Espadas, ha sido capaz de negociar desde el perdón, cuando los que le instigaban exigían una guillotina pública para Susana Diaz; y por otro, ha mantenido la identidad andaluza de una organización de la que partieron Alfonso -el único que siempre invocó la melancolía de la victoria- y Felipe y que reúne prácticamente un tercio de la militancia nacional. El desdén de Pedro Sánchez hacia lo andaluz, plasmado en un solo representante en su seno, apenas lo disimula ignominiosamente mediante sus frecuentes visitas a Doñana, que llenan de mosquitos hasta el Palacio de la Duquesa Roja.

Entre los compañeros de aquellas clases, donde aún te tiraban de las patillas y hasta expiabas por la mínima travesura de rodillas y con los brazos en cruz; y en la que los bocadillos asomaban rodajas inmensas de chorizo que luego menguaban recortadas en su interior, tuve la fortuna de compartir aula con Jaime Rodriguez-Sacristán, que, tiempo después, alcanzaría el sueño de quienes no pudimos ser Diarte o Del Sol, siendo máximo responsable del Betis.

Es increíble constatar que las cosas que te matan en la vida, son las que no te importan; y rara vez las esenciales; y cómo en escasas ocasiones se triunfa en lo que se ama y ese es el caso de mi admirado Jaime, ya para siempre Presidente de la historia de las trece barras, pese a quien pese.

Pero hoy quiero dedicar estas líneas a su padre, el Dr. Rodríguez Sacristán y a su mujer, y compañera silente de esta ciudad de exilios interiores, en la que siempre ganan los mismos.

Espadas ha inaugurado un parque, allende por donde solíamos en el que hoy, un campo de hormigón cubre con aparcamientos los goles que casi siempre fallábamos, y lo ha nominado con justicia Doctor Rodriguez Sacristan. No se me ocurre mejor merecimiento para uno de los hombres más íntimos y recónditos de Sevilla. Profundo en la ciencia de la psiquiatría, que sigue siendo tan solo una aproximación a los misterios de la mente; y radicalmente creativo en las emociones, en su idea de la ciudad imposible, y que ya no ha de arribar plena de guerras perdidas.

Este recuerdo interior que duele conforme se disipa en el tiempo, se lo debo a este acto de Juan Espadas, que me lleva a la reflexión de que, tal vez alguna crítica anterior en esta columna no fue justa y de que, si el destino no lo quiebra, tendremos un gran Presidente de la Junta de Andalucía, porque, no olviden, que los discursos no importan, sino las palabras que crean las despedidas.

Así pues, mi felicitación al Médico y al hombre que es el Dr. Rodríguez Sacristán, a su mujer –siempre rebelde e imprescindible- y cómo no, a su hijo Jaime, eterno Presidente de ese campo donde ni siquiera pudimos ser perdomos.

La historia de las ciudades las hacen los hombres y aun espero de Espadas otros reconocimientos y despedidas a los esenciales de la Sevilla arrebatada.


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