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La cara más valiente de Sevilla

La ciudad ha defendido con firmeza su semana grande, cediendo para el bien común

04 abr 2018 / 23:15 h - Actualizado: 04 abr 2018 / 23:26 h.
  • Teresa Roca
    Teresa Roca

Decidida y preparada. Así ha demostrado ser Sevilla durante esta Semana Santa. También ha sido colectiva. Se han unido las conciencias para subsanar los posibles problemas, dignificar la tradición en esta importante fecha, y honrar la costumbre de la gran parte de la ciudad que vive el presente amando esa semana.

Este año se ha apostado por dar un paso más, por salir de la zona de confort para poner en marcha una prueba de la que no se conocía resultado. El sevillano tenía en el cuerpo, mezclada con la ilusión, la incertidumbre que produce lo desconocido, el cambio, aquello que no se acierta a controlar.

Se encuentra el festejo sumido en una transición necesaria. Hacía falta la prueba para alcanzar la certeza de que en circunstancias de riesgo, la ciudad da la cara. Defiende lo suyo y demuestra que lo ama. A pesar de la impopularidad de ciertas restricciones, los presentes en las calles han comprendido el sentido del sacrificio en favor de la auténtica devoción.

Acertadas han sido las medidas. Brillantes todos los esfuerzos. Admirable la actitud de las personas. En colectivo. de lo que realmente creen y han logrado unidos que nadie ni nada lo deplorara. Sólo la lluvia, incontrolable, ha teñido de gris ciertos tramos de algunas jornadas. Sólo la fuerza mayor del tiempo ha impedido culminar estampas como la llegada a la Catedral de Los Gitanos, o el saludo en el Baratillo del Cachorro y la O.

Mención especial merece el trabajo realizado por las hermandades en cuanto a la organización de los cortejos, los tiempos y las estaciones de penitencia. Las corporaciones han sido más generosas que nunca. Han pensado en el de al lado en una amplia mayoría.

La conclusión ha sido de nota. Un diez para este amplio despliegue en común que han realizado todos los ciudadanos. El pueblo sevillano rindió homenaje a su tradición con esfuerzo y aceptación. Se invirtió el Martes Santo y el ojo crítico acechaba, pero el regusto fue satisfactorio para la gran mayoría. Se impuso el beneficio de la jornada.

El temor a lo sucedido en la pasada edición retiraba de las calles a gran parte de los asistentes en la Madrugá. Es un precio que hubo que pagar. Atrás quedaron las bullas apretadas, y los pasos podían contemplarse con facilidad. Salvando individualidades aún por pulir –sillitas, picnics, etc.–, a la hora de la verdad, los cofrades que sí estaban mantuvieron una actitud ejemplar, la que se había pedido para que todo funcionara.

No hubo alcohol y sí una sobresaliente presencia policial y ciertas normas de conducta, que han servido para que la educación aflorara y el público en general hiciera uso del buen comportamiento.

Era esta una Semana Santa necesaria ante el riesgo de que terminara de romperse. Un paso inminente en el proceso de recuperación tras las heridas sufridas recientemente. Era urgente encontrar la calma, pararse a pensar y atreverse a cuestionar un modelo cada vez más frágil, que daba señales de fractura.

El sobresalto ha sido mínimo y aislado. Ha triunfado la buena conciencia, las sensación positiva de que se está remando en la dirección correcta. La historia merece este esfuerzo. La ciudad suma otra Semana Santa, y en esta ocasión ha primado el respeto a la devoción. Se ha superado la prueba. Un diez para su gente, comprometida y mentalizada. Sevilla ha sido valiente.


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