lunes, 09 diciembre 2019
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La iluminación de Navidad en Sevilla. Así habló Zaratustra

02 dic 2019 / 08:19 h - Actualizado: 02 dic 2019 / 08:31 h.
  • Foto: Jesús Barrera
    Foto: Jesús Barrera

El Centro de Sevilla se colapsó a la sola visión de las luces navideñas donde las calles cargaron de la multitud agolpada ante el interruptor de los aledaños de la Pascua.

Fue Maria Zambrano quien distinguió la luz y la claridad y está claro que la modernidad consiste en deambular hacia la primera y prescindir de la segunda.

Sevilla se ha convertido en un agolpamiento hipnótico alrededor de cualquier causa. En realidad, me he expresado mal. No son causas, son pretextos.

Unas veces las luces inminentes que anteceden las fechas comerciales bajo el encubrimiento infantil; otras la Cabalgata de Reyes, quizás el acontecimiento que más te acerca a los que no están y a los que quedarán algún día sin ti, en una pirueta alrededor de la vida y la muerte; otras la Semana Santa, que a veces incluso nos sorprende en Agosto, con alguna procesión sin capirotes, que son las que realmente solazan a la multitud; y como no, el Corpus, espejo de las vanidades que asoman tibiamente de dentro hacia fuera.

En todas ellas, nos cruzamos con mendigos y harapientos, algunos de los cuales son ya expulsados de la calle Sierpes, donde no retornará el sonido de sus raídos instrumentos contra el vetusto azulejo Studebaker que recorre desde el Café Sport hasta la joyería, pasando por la erradicación de los veladores de La Campana.

Algún Colegio incluso se permite pedir sobres con dinero en metálico para sobornar la piedad y vestirla de caridad; como si esta fuera una obligación, sin deber ético o fiscal.

Lo cierto es que la urbe se llenó, como ocupando la soledad, en una derivación impostada de esa claridad que definiera la exiliada filósofa malagueña.

Nos hemos acostumbrado a hacer, como huída de la aflicción. A que nuestros oídos retumben para no escuchar nuestro propio e intenso abandono. Y es que Sevilla se ha convertido en una ciudad solitaria, en la que el único escape de lo que duele, es la creación de mundos virtuales o simbólicos donde, lejos del todo, somos masa sorda de nuestros anhelos vitales.

Esta ciudad recóndita ha construido su pobreza sobre las viviendas turísticas, los escenarios virtuales, antes como invención de Zoido sobre los muros consistoriales, ahora como fenómeno articulado desde Las Setas. Igual ocurre con las ciudades gaditanas, alrededor del contrabando que “roba” a las multinacionales.

Así habló Zaratustra, a los soldados y luchadores que venían de sus trincheras. Proclamó que el pueblo no es nada, en una diatriba donde no se nos ha dejado elegir sobre nuestra condición de masa o individuo.

La elusión de la tarea de ser uno mismo, nos reniega del valor para aquellas acciones en las que sean nuestras voces interiores las que perciban su fuerza frente a la sumisión de eso que los urbanistas llamaron “ciudad global”.

Frente a todo ello, el dolor y la soledad voluntarias son el cambio. Y por eso brindo por quienes se aíslan de los espectáculos fingidos donde la multitud se aleja defraudada –una vez más- en sus expectativas de felicidad alrededor del neón o el led.

Será por eso que la filosofía ha sido degradada de las escuelas como sepultado Zaratustra. Y es que eso que se ahoga y agoniza al salir del centro, es lo que nos acerca a nosotros mismos y a la ciudad a distancia. Esa Ocnos de Cernuda.

Como decía Cioran, el hombre es el gran fallo de la naturaleza, como lo es esa Navidad anticipada y llena de exilios luminosos, en los que nos sumergimos sin intuir la gran estafa.

Feliz Navidad a todos.


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