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Viéndolas venir

Lo de la atención primaria es una canallada

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Álvaro Romero @aromerobernal1
04 ago 2021 / 16:16 h - Actualizado: 04 ago 2021 / 16:23 h.
"Sanidad","Viéndolas venir","WhatsApp","Seguridad","Pandemia"
  • Sala de espera en un centro de salud.
    Sala de espera en un centro de salud.

Esperanza tiene 72 años y un genio alegre, según atestiguan sus propias vecinas, a las que ha socorrido cada vez que ha sido preciso durante más de media vida ya en el barrio. Y con una sonrisa. Sin embargo, lleva más de un año con la sonrisa perdida y el alma en vilo porque nunca se sabe cuándo la va a llamar el médico. La cosa está como para perder la cita, dice. Y no es una, sino dos, porque la suya, refiere, tiene menos importancia. Ella se toma las pastillas de la tensión y tira. Pero la de Juan, su marido, es cosa seria. Pues por seria que sea, no llaman. No llaman ni muertos, dice con una expresión desconocida en el rostro, maquillado para la ocasión de ir al centro de salud y preguntar allí. Le dicen que ya la han llamado dos veces y que ella no ha cogido el móvil. El terminal es de esos que se abren y pesan muy poco. La hija, que vive fuera, le ha dicho varias veces que se instale el whatsapp, pero ella le ha contestado que de guasa ya está bien la cosa. La niña ha prometido instalárselo en el teléfono la próxima vez que baje, aunque un sobrino ya le ha advertido que ese móvil no tiene capacidad, que tendrá que hacerse con otro.

El caso es que Esperanza abre con mucho cuidado el móvil delante de la administrativa y se lo enseña como la prueba irrefutable de que a ella no la ha llamado ningún médico. Esperanza le da el móvil para que la señorita busque, rebusque, sin nada que ocultar, pero la señorita le dice algo de la protección de datos y sigue mirando la pantalla del ordenador. Pero que entonces qué, le pregunta Esperanza, que si la va a ver el médico o no, que por lo menos por lo de Juan, que es lo más grave. Pero la señorita le dice que pida cita por la aplicación. La aplicación, repite ella con la derrota pintada en la cara. Te lo dije, le dice su marido, saliendo de allí. Que ya la llamarán, le ha repetido la señorita.

La estampa de una persona mayor hablando con su médico por enésima vez y sin enterarse de nada es la más patética, hipócrita e insostenible que nos ha arrojado el estado de derecho en las últimas décadas. A Esperanza la he visto yo, después de colgar, diciendo que no entiende lo que le explica el doctor, que lo suyo no tiene arreglo. Le han preguntado que si eso de que no tiene arreglo lo dice el doctor o ella, y entonces se queda sin saber qué decir, porque probablemente a lo que se refiere es a otra cosa. El cuento de la buena pipa, dice ella al fin, resignada a lo que no debería resignarse, pero los años pesan y la burocracia también, y el Covid y la poca vergüenza. En fin.

Que pasan los días, los meses, todo, menos esta pandemia que ha venido para que convivamos con ella pero no para justificar este despropósito de que todo funcione ya con las máximas medidas de seguridad e higiene que dictan las autoridades sanitarias menos la propia sanidad pública. Hasta la sanidad privada funciona a las mil maravillas, con una maravillosa amabilidad de todo el personal después de que el cliente entregue la tarjeta.

Esta generación que ha trabajado y pagado toda su vida para levantar la Sanidad pública no merece esto. Esto es un atropello, un despropósito, una canallada. Y nos acordaremos más pronto que tarde de este silencio colectivo si no reaccionamos ya.


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