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Los muertos como rosquillas

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Álvaro Romero @aromerobernal1
09 oct 2020 / 07:57 h - Actualizado: 09 oct 2020 / 08:01 h.
"Viéndolas venir"
  • EFE/ Brais Lorenzo
    EFE/ Brais Lorenzo

Nos decía un profesor en la facultad, para escandalizarnos con el escozor de la verdad, que un sevillano muerto valía, periodísticamente hablando, como mil chinos muertos. Y enseguida saltaban los sensibles con las desgracias globales con el argumento de que un ser humano debía valer lo mismo en cualquier parte. Me he acordado de aquellas ingenuas discusiones ahora que la tasación entre nuestros propios muertos se ha devaluado tanto y nadie dice ni pío. Al comienzo de toda esta pesadilla, el primer muerto constituyó un titular muy grande. Y el segundo. El tercero y el cuarto formaban grupos de criterios noticiosos. Y el quinto ya fue noticia en su comunidad. Hasta el punto de que los titulares locales se iban refrescando conforme daban los datos empaquetados. Los muertos dejaron de tener nombres para constituir números. Sus caras de vivos olvidados pasaron a ser porcentajes. Muertos como rosquillas. Los contagios crecían ante nuestro asombro de confinados con la esperanza vana de que íbamos a cambiar como seres humanos. Tal vez también cayeron en ese triste error los políticos al confiar en la responsabilidad general de la ciudadanía cuando ni ellos estaban dispuestos a asumirla.

El caso es que, llegados a este otoño inesperadamente rebosante de contagios, el confinamiento sirve o no sirve. Y si sirve, ha de empezarse por Madrid como kilómetro cero de este país que se nos desmorona por la incompetencia de tantos políticos que hacen como que lo dirigen, empezando por esos de Madrid tan bobaliconamente sonrientes y terminando por los que se toman la cosa como una pachanguita entre los suyos y los otros; de esos políticos que se reúnen sin mascarillas como si fuesen de la familia de toda la vida y se dejan grabar, dando un ejemplo nada edificante a una ciudadanía en la que abunda la responsabilidad y todo lo contrario, a partes iguales.

Está muriendo gente, muchísima, se han disparado los contagios como nunca lo hubiéramos imaginado cuando en marzo y en abril e incluso en mayo podíamos contar los contagiados en mi pueblo, por ejemplo, con los dedos de la mano. Pero no pasa nada.

Solo un dato en clave local y desesperanzada, perfectamente extrapolable: en las últimas 24 horas hubo, solo en mi pueblo, 28 contagios. En Andalucía, 1907, el récord. Eso significa que, aunque Andalucía tiene más de 700 pueblos, han bastado 60 como el mío para llegar a esa cifra espeluznante.

Y, mientras tanto, los políticos jugando al ratón y al gato. Y tantos ciudadanos, incluso los que se consideran políticos o politizados, asistiendo al juego para animar a los suyos y zaherir a los otros. El panorama da mucha vergüenza. Porque hoy aquel profesor de la facultad no tendría que recurrir al ejemplo de los chinos para explicar la falta de afectación que nos produce la distancia.

El distanciamiento nos ha vuelto insensibles sin salir del barrio. Ya dan igual las cifras de muertos y contagiados. Se han convertido en un bucle aburrido. Porque ninguno de quienes deben tomar decisiones se toman esas cifras como propias, sino como cuentos chinos contra el recurrente juego político de todos los días, como números de barro con los que hacer titulares, como la desgracia nacional que siempre llama a la puerta del vecino y no a la propia, como la constatación más abyecta de que también la muerte se convierte en costumbre paralela a la de tantos zampabollos dedicados incluso a buscar un problema para cada solución.


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