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Los silencios de Anguita

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10 may 2020 / 10:05 h - Actualizado: 10 may 2020 / 10:06 h.
"Julio Anguita"
  • Los silencios de Anguita

Toda existencia se forja sobre varias muertes y algunas resurrecciones.

A veces, sufrimiento extremo; otras reinvención del ser humano.

Los accidentes, las deslealtades, los óbitos, pero al mismo tiempo el gozo de vivir, los nacimientos, la infancia, ese hombre en busca de sentido del que hablaba Victor Frankl tras su paso por Dachau.

La vida de Julio es en parte resultado de nuestras singulares desesperaciones. Hace pocos días, se refería a que era imposible una República sin republicanos. Y no mucho tiempo atrás, una bomba americana interrumpía su discurso sobre esa nuestra utopía, alcanzando a su hijo en Irak.

Julio no contestó al pésame de Aznar, ahora ignominiosamente refugiado de la pandemia en Marbella, donde a FAES no se le conoce delegación.

Fue justo la manera adecuada de reprochar la participación de España en aquel conflicto ajeno, en la Bagdad que declamara sin comas Herodoto en sus Libros de relatos.

Y es que el silencio es la justa forma de desprecio. Es la cierta rima del poema asonante. La melodía trepidante que preside la injusticia.

Por medio rupturas matrimoniales, la escalada a la cima de las ideas contrapuestas al poder. Las lecciones cada vez más tolerantes, que ahora aprovecha un inculto existencial como Pablo Iglesias.

Anguita ha vivido en el mismo barrio de Córdoba en la ida y en la vuelta. Podría decir que su desaparición de la primera línea política es justo el resultado de la acción de Prisa, del felipismo o de sus enemigos.

Pero raramente sucede así. Su adiós obedece al desprecio hacia los suyos, los asidos a su espalda y probablemente al suicidio al que el dolor aboca. Los infartos parten del pozo de uno mismo.

Pero es justamente ahí, cuando nacen otras hojas, otros verdes, otros cantares. Los que surgen del último amor, o de la póstuma partida de mus en un ignoto bar frente a donde moras.

Julio ha sido el único político español que renunció al complemento de su pensión, cuando probablemente más falta le hiciera. Justo el reverso de ese Felipe reinando en Macondo o ese Rajoy de los sobres sin matasellos.

Pero el posible adiós de Julio, nos deja un regusto amargo. De derrota de los mismos de siempre. De la inutilidad de las banderas enarboladas mientras la humanidad solo inquiere el retorno de terrazas y copas. Y asi hasta acabar aceptando que incluso fuimos malos padres.

Recuerdo la inauguración con él del Ateneo Republicano de Andalucía, en un Paraninfo lleno de sueños de tranvías morados irrumpiendo en el Palacio de Oriente; ignorantes de que el correcto itinerario eran sus caballerizas de fluidos y hedor de cabellos rubios.

Decido pasear desvelado por el turquesa del cielo que cae sobre el mercado de abastos de Sanlucar de Barrameda.

La última luna de flores ha desparramado langostinos en los desniveles de hielo sobre los que se deslizan. Una vez cada año, ese astro hace florecer el amor, la lujuria, los sentidos, y asi explica su esplendor, entre la ausencia de compradores que desolan al vendedor entre mascarillas.

Así pues, no despidamos aun al Califa. Celebremos en su honor una postrera fiesta a la Luna. Jamás volverá a estar tan cerca de venerar nuestra reclusión.

Y silencio. No de desdén hacia las malas faenas; sino de respeto a la decencia de las historias que siempre acaban mal, y a ese corazón que si un día fue preñado de fulgor, no lo fue para ser fulminado de derrota.


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