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La Tostá

Manuel Domínguez ‘El Rubio’

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
31 ago 2020 / 08:05 h - Actualizado: 31 ago 2020 / 08:12 h.
"La Tostá"
  • Manuel Domínguez ‘El Rubio’

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Una manera de amar el flamenco es no olvidarte jamás de los artistas a quienes amaste. Anoche no sabía de qué escribir, porque no estaba bien, y a las tantas de la madrugada puse unas grabaciones de un guitarrista sevillano al que quise como un hermano mayor, Manuel Domínguez García El Rubio (Sevilla, 1946-2006), un personaje increíble y un guitarrista único, con sello personal y unas facultades asombrosas. Viví momentos junto a él que no olvidaré nunca y cuando murió, en 2006, con solo 60 años –eso sí, bien vividos–, lo lloré durante muchos días porque era uno de esos artistas que te hacían vivir la guitarra, el flamenco, de una manera muy intensa. Manuel tenía a veces un punto de prodigiosa locura que le daba un encanto irresistible. Era de un carácter alegre, bromista, a veces infantil, y tenía unos puntos que te tenías que dar un trastazo contra una pared. Soltaba lo primero que se le venía a la cabeza. “Rancapino es capaz de sacarle dinero a un avión de mármol”, dijo una noche en presencia de Curro Romero. Averigua la metáfora. No le gustaba la gente seria a su vera y hacía todo lo posible por dar con el chiste adecuado para sacarte una sonrisa.

Fue artista desde niño, desde que Chiquetete, Manuel Molina y él crearon el trío flamenco Los Chavalillos del Tardón, a mediados de los cincuenta. Me contaba Manuel Molina que con 10 ó 12 años era ya un guitarrista prodigioso. Efectista, decían, o sea, que le gustaba lucirse cuando acompañaba a los cantaores, a los más grandes, desde Antonio Mairena a Fosforito, pasando por Fernanda de Utrera, Tina Pavón, El Chozas o Antonio Chacón. Su etapa con Fosforito fue extraordinaria. Era todo un espectáculo verlos a los dos sobre un escenario, cada uno peleándose con lo suyo, el cordobés con los fantasmas del cante y él con los de la guitarra.

Manolito el Rubio llegó a ser uno de los mejores guitarristas de España en la faceta de acompañamiento, sobre todo para el baile. Fue maestro de maestros en esa faceta, como Manolo Franco o Quique Paredes. Pocas veces le reconocieron a Manuel su importancia en la escuela sevillana del toque contemporáneo. Pero si como guitarrista fue único, con un sello extraordinario, como ser humano fue también algo colosal. No había homenaje a un compañero en cuyo cartel no estuviera su nombre. Y alguna vez lo vi dándole dinero, de manera particular, a algún artista mayor necesitado. Era un ser humano de una calidad sorprendente.

Recuerdo con añoranza su presencia diaria en la Peña Flamenca de Tomares, en la antigua sede, porque era el guitarrista oficial. Y en cuanto alguien levantaba la voz para cantar, aunque no fuera artista, sacaba su guitarra y lo llevaba en volandas. Una noche llevé a la peña a Enrique Morente, que había venido a presentar Negra, si tú supieras, a mi programa flamenco de Radio Aljarafe, y nos invitó a todos a su casa de San Juan de Aznalfarache para tomar una copa y echar un ratito con el maestro granadino. Como Manolo estaba algo molesto conmigo por una crítica reciente, le dijo a Enrique que me obligara a cantar unos fandangos de El Carbonerillo, supongo que con la idea de que quedara un poco en evidencia ante el maestro. Accedí, me tocó como nunca le había tocado a nadie y canté tan bien y con tanto sentimiento que Enrique se volvió loco. Manolo se acercó a mí y me dijo: “Me ha salido el tiro por la culata, sieso”. Esas eran sus cosas. En realidad me tocó de escándalo para que Morente se llevara una buena impresión de mi manera de cantar, aunque cantara para tirarme a los cochinos.

No sé por qué está tan olvidado Manolo Domínguez El Rubio, el maestro de la Plaza Nueva. ¡Ay, Sevilla de mis carnes!


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