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La Tostá

Ni el calor es ya lo que era

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
01 jul 2019 / 07:16 h - Actualizado: 30 jun 2019 / 11:18 h.
  • Ni el calor es ya lo que era

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Mi abuelo Manuel nos advirtió una tarde que no echáramos bellotas silvestres en la candela porque podíamos volar medio pueblo, Palomares del Río, con una explosión. Dile eso a unos niños y lo harán, que no les quepa ninguna duda. La candela estaba a las afueras del pueblo, en Cuatro Vientos, y echamos bellotas para reventar media Sevilla. Desde lejos, claro, por si las moscas. Explotaron, sí, pero solo levantaron un poco de escoria. Mi abuelo, exclamó abochornado: “¡Ni las bellotas tienen ya cojones!”.

Con el calor pasa un poco lo mismo. Nos asustan tanto que un día nos vamos a ir a Siberia y no vamos a regresar, cuando está demostrado que mientras más hablemos de él más quemará el sol. Y en enero, mientras más hablemos del frío más bajará el mercurio. En Andalucía somos expertos en el asunto del calor y, aunque es verdad que a veces hay muertes, sabemos desde niños cómo combatirlo: buscando sombras en zonas húmedas y bebiendo mucha agua fresca. En Cuatro Vientos, por ejemplo, buscábamos los tubos que cruzaban las carreteras bajo tierra para que no se anegaran los campos.

Existe la creencia de que en el campo hace menos calor que en las ciudades o los pueblos, y no es verdad, aunque donde vivo actualmente hay siempre siete u ocho grados menos que en Sevilla, sobre todo porque no hay cientos de aparatos de aire acondicionado echando aire caliente a las calles. El aire circula mejor porque solo tiene que sortear pinos y olivos, y cuando se pone el sol, es más fresco que en las ciudades debido a que hay más lugares de sombra. Sin embargo, el hecho de que la atmósfera esté más limpia hace que el sol queme más y hay que tener mucho cuidado con los rayos ultravioletas.

Ya no se ven hombres con sombrero en los pueblos, ni siquiera en el campo, y hace medio siglo era algo impensable. No hay mejor manera de protegerse de las ondas y cuando te quitas el sombrero en el campo para beber agua del búcaro o el cántaro, la cabeza se refresca como si te echaras agua, porque el aire enfría el sudor. Echo de menos aquel fresquito de los veranos de Cuatro Vientos, cuando a la caída de la tarde soplaba una ligera brisa que venía de la vega con perfumes muy variados.

No recuerdo que el calor fuera entonces tema de conversación, como hoy, ni que nos asustaran con olas de calor africano. Lo vivíamos de una manera muy natural, como el frío o la lluvia, combatiéndolos también con remedios naturales tanto en el campo como en las ciudades. Así que si alguien le advierte alguna mañana del calor que vamos a pasar, mándelo a paseo y piense en una buena alcantarilla, la sombra de un pino, un buen sombrero y un búcaro de Lebrija con su redecilla en la boca para que no le entren bichos.


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