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Desvariando

No es saeta si no es de verdad

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
28 mar 2021 / 10:00 h - Actualizado: 28 mar 2021 / 10:01 h.
"Desvariando"
  • No es saeta si no es de verdad

No sé si alguna vez estuve a favor, pero ahora no me interesan mucho los concursos de saetas, aunque hay que reconocer que cumplen una función: sin ellos, a lo mejor estaríamos hablando de un palo del cante ya desaparecido, como otros muchos. El Arzobispado de Sevilla llegó a prohibir hace ya casi cien años que se cantaran saetas pagadas en los balcones, respetando al espontáneo que las cantara en la calle.

Me dijo una vez Antonio Mairena, uno de los más grandes saeteros de la historia, que cuando cantaba en un balcón no pensaba para nada en el dinero que le iban a dar por ello. A pesar de que era un hombre de izquierdas, de ideas socialistas, era a su vez muy devoto de las imágenes de Sevilla y de su pueblo, Mairena del Alcor. Creo recordar que no era muy partidario de los concursos de saetas, palo del cante que no ha tenido gran notoriedad en los certámenes de flamenco.

Cuando se celebró el Giraldillo del Cante, en la I Bienal de Flamenco (1980), la saeta no era uno de los palos elegidos, doce en total. Por lo general no está en los concursos de cante, pero hay certámenes de saetas para aburrir a cien crucificados y cincuenta dolorosas. Y se mueve bastante dinero, ciertamente, lo que trajo a verdaderos profesionales de estos concursos.

El Niño de Fregenal, cantaor de la localidad extremeña de Fregenal de la Sierra, que vivió casi toda su vida en Sevilla, donde está enterrado, era también poco amigo de los concursos de saetas. “Si no es de verdad, la saeta no existe”, me dijo, y estoy totalmente de acuerdo con su opinión. No puede haber mucha verdad en un cante por saeta si el intérprete canta cuando se lo dicen y está pensando en qué truco hacer para convencer al jurado.

Esto mismo podría aplicarse al hecho de cantar cobrando en un balcón contratado por una familia que quiere tener ese privilegio o el detalle de agasajar a sus amistades. Esto ya se hacía en el siglo XIX y no solo para que artistas profesionales cantaran en los balcones, sino en altares que familias pudientes ponían en sus casas los días de Semana Santa.

Alfredo Medina, el bailaor sevillano que acabó suicidándose en Madrid en el siglo XIX, tenía un altar en su casa madrileña y dicen que en Semana Santa invitaba a cantaores amigos, y a cantaoras, para que le cantaran a su imagen más venerada, la Macarena, que no era sino una réplica de escayola o una simple estampa.

Si no es de verdad, la saeta deja de ser una daga que va directa al corazón del que escucha. Si no se siente, se queda en canción religiosa, en pura mercancía. Si no es corta, de no más de dos o tres estrofas o cuerpos, es una maratón interminable sin apenas sentimiento.

Silencio para el saetero,

silencio en la madrugada,

que lo pide el Nazareno

con la luz de su mirada.


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