Coronavirus

Perros enjaulados

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27 abr 2020 / 07:49 h - Actualizado: 27 abr 2020 / 10:46 h.
"Coronavirus"
  • Perros enjaulados

No es la traducción correcta de la película de Quentin Tarantino, pero sugería inspiración para los más de 40 días de confinamiento. Cuando empezó este proceso intenté calibrar y asumir su dimensión en base a tres elementos fundamentales: el plano prioritario sanitario-epidemiológico, el catastrófico escenario político-económico-laboral, y las no muy comentadas consecuencias psicológicas y sociales con previsible resultado postraumático. Bien reitero que nunca he sido precisamente optimista sobre el destino de la humanidad y aunque ahora aprecio la bondad y el esfuerzo colectivo en su justa medida, no sale de forma natural la empatía ni me identifico con la pretendida y mediática alegría de estar en casa “aprovechando el tiempo”, horneando pan o tocando la flauta travesera para la comunidad de vecinos.

En términos absolutos todo me parece una trágica prueba y denoto cierta ligereza en enjuiciamientos que lo califican de un tránsito provechoso a no sé muy bien qué nuevo mundo, donde nuestra tenacidad y solidaridad se habrá acrisolado. Un inciso al respecto, si escucho de nuevo Resistiré, casi que prefiero las técnicas de interrogatorio mejoradas empleadas por la CIA.

Centrado en cosas más serias, me desconcierta el aplauso a unos sanitarios (aunque coincido y los hago extensibles a todos los trabajadores que están en primera línea), por parte de ciudadanos que hace no mucho votaban a partidos que pretendían desmantelar lo público. Me parecen deleznables a partes iguales actitudes de un independentismo desafiante que le molesta la ayuda de militares en “su territorio” (Cf. Operación Balmis y la frustrada Zendal), junto a una ultraderecha que destila odio y simplismo por los cuatro costados, aprovechando cada resquicio para inyectar un veneno tóxico de oscuras aspiraciones.

Escrito está que no seré yo quien encumbre a este gobierno contradictorio, mezcla de socialdemocracia con los que decían asaltar los cielos, pero dudo que pese a los distintos y palpables errores cometidos, haya una maldad intencionada. Más bien encontramos una desbordada discapacidad de gestión no centralizada, dentro de un clima de equilibrios imposibles y tensiones múltiples. Por salvar un poco la patria chica y sin querer erosionar aún más el modelo democrático, no sé si algunos analistas prefieren en comparación, a un presidente de la primera potencia mundial que habla de inyectarse desinfectante como solución planetaria, o un Viktor Orbán (admirado por el señor Abascal), que se ha otorgado poderes extensivos para volatizar el parlamento húngaro. Tal vez debemos mirar a sátrapas persas, a presidentes justicieros al estilo Filipinas o Brasil, o a dioses-monarcas como el de Tailandia que se escapa con su harén a pasar la cuarentena a Garmisch-Partenkirchen. Lo mismo estoy confundido y habría que seguir el silencio, la censura y el control absoluto de Rusia y China.

Volviendo a casa, hemos superado los 20.000 fallecidos, y como en los libros de historia las cifras representan a personas concretas, familias, líneas de vida y realidades que no se pueden matizar más que desde el profundo respeto a su dolor. Por ello no obvio lo más importante ni creo banalizar si ahora me centro en el día después de un futuro incierto. El verbo oficial es “desescalar”, el lema “un día menos”, y los titulares son “medidas de alivio”. No es algo simple, los gobiernos y sociedades con vigencia democrática real saben que han llegado al punto límite del control social y la salud mental.

Es una opción arriesgada pero necesaria y que comparto frente a la alternativa del autoritarismo digital asiático. Supongo que a estas alturas, la persona más preocupada por la situación habrá leído diversos artículos médicos, y sabrá entender las capacidades y limitaciones de los test PCR, de antígenos y los serológicos de anticuerpos. Es posible implementar las analíticas y los sistemas de protección, pero como respuesta total es una pesadilla logística y económica inasumible para cualquier economía media.

La consigna más realista es que hasta que no haya vacuna no hay normalización posible, y eso tardará. Es cierto que además de haber logrado dosificar los recursos disponibles, ahora se conoce más de la enfermedad y han cambiado positivamente los tratamientos, pero nada está absolutamente claro y los expertos hablan de opciones subóptimas en la línea de imposibles matizados, incluso en la idea oculta de que todos tendremos que pasar o haber pasado por el contagio de forma sintomática o no.

La relajación en los márgenes de alarma para dejar salir niños a la calle, hacer deporte o reabrir parcialmente la actividad económica es un tanteo hacia la libertad básica perdida. Es una medida forzosamente necesaria, aunque los escenarios posibles impliquen evoluciones variables, repuntes, mutaciones y nuevas olas del virus que nos devuelva a la casilla de salida.

Como un perro maltratado hemos aprendido a girar, esquivar, desviar el cruce natural entre congéneres. Apestados por un mal invisible, la sospecha y el miedo han modulado en semanas la naturalidad gregaria de nuestro ser. Hemos pasado por diferentes fases y todas tienen lógica en nuestros procesos cognitivos. De cosecha propia, comenzamos entre la broma y el escepticismo (1), seguidas de negación e ira (2). Añadimos resignación y voluntad doblegada (3), para casi asumir una carga colectiva de inercia domesticada (4). Ahora estamos entre la incertidumbre y la posible pérdida-relajación del control social (5), culminando con una ilusionista perspectiva de salida (6). Una vuelta atrás sería un bloqueo. La no continuidad una frustración difícilmente salvable.

En términos generales los españoles hemos cumplido pese a nuestra fama indisciplinada, estando en el punto de no retorno y en un eje crucial de qué sociedad queremos en los próximos años. Hay mensajes utópicos que hablan de cambios benevolentes. Hay cambios ya palpables que anuncian nuevas injusticias sociales. Si creemos que la solución pasa por una segregación social con pasaportes digitales o emparedando en el olvido a los sectores de riesgo, que se vayan preparando los servicios de atención psicológica para un futuro cercano de mentes disociadas, por no hablar de que habrá quién prefiera no desear la vida en condiciones de estabulación.

El presidente Emmanuel Macron se encontró de bruces con la “rebelión de las canas” al intentar dejar confinados indefinidamente a 18 millones de franceses de más de 65 años y personas con patologías graves. Parece que algo queda del espíritu germinal de la Ilustración, de la labor de la Asamblea Nacional Constituyente de 1789, del justo igualitarismo de Olympe de Gouges en 1791, o incluso del pensamiento de Franklin, Jefferson o Washington, (trastocados los últimos en una sociedad norteamericana que confunde consumo con libertad).

Europa puede ser ejemplar en tomar decisiones que conjuguen el apoyo de la ciencia y la investigación junto a medidas de prevención y seguridad colectivas, sin olvidar la decisión personal, la libertad electiva, la responsabilidad fraternal, el derecho a la plenitud de un verdadero ser humano. La supervivencia básica no es una naturalización de nuestro ser, sino una bestialización o acercamiento a una animalidad primaria. Si se ha tenido formación y conciencia de la perfección del intelecto, el choque con una realidad reductora a lo elemental nos arroja a las profundidades del desasosiego. Una buena lectura para estos tiempos son los relatos de los que no sucumbieron en los campos de exterminio (Ej. Primo Levi). Todos supieron que llegaron a lo más bajo de su condición y que en algún momento hicieron alguna pequeña transgresión que les permitió sobrevivir. Todos trataron de mantener la dignidad por encima de la realidad. Los juicios más realistas son paralelos a los tiempos más exigentes. Si desea un buen complemento fílmico añádase El Ángel Exterminador. Luis Buñuel logra en modo surrealista un análisis certero sobre las clases sociales, los valores materiales y la naturaleza humana.


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