lunes, 10 agosto 2020
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Sueño que vivo

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Pepa Violeta Pepavioleta
02 feb 2020 / 12:22 h - Actualizado: 02 feb 2020 / 12:24 h.
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  • Ceija Stojka
    Ceija Stojka

Eso pensaba Ceija Stojka cuando abandonó el último campo de concentración que pisaba. Su liberación de Berguen Belsen fue algo más que un primer paso a la libertad, empezaba la vida de una artista que supo modelar el dolor y la rabia para dar a conocer a través de sus cuadros, el horror vivido durante su cautiverio. Su obra, es claro ejemplo de la fuerza que puede surgir de una montaña de cenizas, de cuerpos calcinados. Su legado pictórico, es el retrato de los ojos de una niña gitana que fueron testigos de todo el salvajismo al que es capaz de llegar el ser humano. Tenía todas las papeletas para convertirse en otra muerta más, pero su especial sensibilidad y magistral forma de narrar a través de los pinceles, la salvó de morir ahogada en sus recuerdos.

Ceija murió en el año 2013. Con diez años fue deportada, sobrevivió durante la Segunda Guerra Mundial a tres campos de concentración y usó la inmensidad del arte para contarnos 40 años más tarde, de una forma extraña y conmovedora su cautiverio, mediante la escritura, el dibujo y la pintura. Hasta el 23 de marzo, el Museo Reina Sofía alberga “Esto ha pasado”, una colección imprescindible que nos trae al presente acontecimientos que nos avergüenzan como sociedad, pero que podrían volver a repetirse si no estamos despiertas, ante los incipientes brotes de locura política actuales.

Z.6399, era la clave de identificación de Ceija, se lo marcaron en su antebrazo en alguno de los campos de concentración por los que pasó, al igual que hacen con el ganado. Ahí lo llevó tatuado hasta su último día de vida, para que jamás olvidase que fue gitana y propiedad del nazismo.

Acercarse a la vida de esta mujer y conocer su obra artística supone un gesto importante de valentía. Cuando paseamos por una galería, nos gusta deleitarnos con el arte, dejar volar nuestras emociones hasta rozar el éxtasis con la punta de los dedos. Contemplar la obra de Ceija, nos conduce a esos espacios incómodos de los que tanto huimos en nuestro día a día. Transitar por todas aquellas contradicciones propias de lo humano, como la de dar vida y quitarla al mismo tiempo. Pero es necesario, sobre todo en estos tiempos que nos toca vivir, donde los fanatismos religiosos vuelven a tomar protagonismo, los discursos ideológicos se polarizan y calan, en una sociedad cada vez más fácil de manipular. El odio, la xenofobia, el racismo, el machismo, la intolerancia... controlan nuestras vidas y condiciona nuestra forma de relacionarnos. Dicen que el ser humano es el único que tropieza dos veces en la misma piedra y que conocer la historia ayuda a no repetir los mismos errores. Demos un voto de confianza a la bondad y a la inteligencia humana, apostando por la segunda afirmación, hacia la primera aún mantengo dudas.

¿Sueño que vivo? Es la obra literaria en la que esta mujer habla en primera persona de su cautiverio y hasta donde puede llegar el odio a lo diferente. “El kapo entró con el látigo y me dijo: ¡A los de arriba los tiras abajo y los arrastras igual hasta la puerta! Y yo... yo hacía rodar a los muertos hacia abajo, hacia delante, hasta que ¡zas! Caían al suelo. Se me hacía cuesta arriba cuando eran niños con los que había jugado o hablado. Pero con el tiempo una se acostumbra y además no te queda de otra. Si no lo haces, viene el tipo y te parte la cabeza”.

Y todavía habrá quien siga callando cuando los comentarios racistas tomen una conversación de bar, en un día cualquiera. Y todavía habrá padres y madres que entiendan que lecturas obligatorias, como “El diario de Ana Frank”, en las escuelas no es del todo necesario. Y seguiremos hablando de los gitanos como etnia parasitaria, haciendo apología de la supremacía blanca, tratando a las mujeres como mercancía y mirando hacia otro lado cuando los derechos de niñas y niños se vulneren de forma sistemática, en cada rincón del planeta.

Necesitamos cuestionar la validez del sistema que sustentan nuestras creencias. Por eso, entrar en un museo hoy, podríamos tomarlo con un ejercicio de reflexión y de compensación. Ninguno/a de nosotros/as nos identificamos con el rol de kapo que describe Ceija, pero igualmente les debemos a las víctimas del odio, un lugar digno en los libros de Historia.

Ser conscientes de nuestro pasado, para no cometer otras atrocidades parecidas, es el mejor tributo que podemos rendirle a la vida. Resten valor a las conmemoraciones oficiales del Holocausto, dejen de llevar flores a los cementerios y hacer de las ruinas del nazismo nuevos parques temáticos. Apuesten por la responsabilidad. Exigir respuesta institucional cada vez que un político/empresario/agitador de masas, abra la boca para marcar diferencias donde no las hay. Aléjense de estos kapos del siglo XXI, que sin necesidad de enseñar un látigo, consiguen apoderarse de nuestra ignorancia para alimentar un odio que nos inyectan sin permiso.

Con decía Pierre Bourdieu, “la persona que no tiene control sobre el presente no se plantea siquiera controlar el futuro”. Necesitamos a Ceija Stojka, Ana Frank... y a todas aquellas mujeres víctimas del nazismo que nos enseñaron que la escritura y el arte son las mejores armas contra la violencia, para pensar en tiempos oscuros pasados y presentes y poder construir futuro. Que la ciudadanía se vuelva una masa crítica, comprometida con las relaciones humanas, debe ser una de nuestras prioridades. Ponerle nombre al proceso alienador del que somos víctimas, salir de esta vida líquida en la que estamos condenadas/os a desaparecer. Apreciar el proceso artístico como un acto de rebelión y no exclusivamente de consumo. Obras como la de Ceija nos hacen ver que más que miedo al cambio, debíamos tener miedo a que no ocurra nada.

@Pepavioleta

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