miércoles, 12 agosto 2020
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Tercer retrato: Francisco Umbral

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13 may 2020 / 07:39 h - Actualizado: 13 may 2020 / 07:41 h.
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  • Tercer retrato: Francisco Umbral

Veo la foto de UMBRAL en un periódico sin que pueda precisar la fecha exacta aunque tampoco importa mucho porque está captado con su rostro impasible, el mismo rostro de siempre sólo que ya algo más anciano, cosa que nunca lo fue o no le dio tiempo de serlo. Su mirada pasmada está fija en un lugar remoto que bien pudiera estar a miles de kilómetros, pero seguro que es hacia dentro de sí mismo.

Lo primero que se me viene a la cabeza mirándolo de nuevo aunque sea a través de una fotografía, es lo mismo que he pensado muchísimas veces y que desconozco el porqué y el porqué de nuevo me asalta exactamente ahora y es lo que sigue: “¡Ay, Umbral, el franquista Umbral, el denostado por la “progresía” y “la intelitgencia” española y catalana de izquierda como retro, como si el ser progre fuese cosa exclusivamente de la izquierda y no hubiese otra centrista, liberal, ácrata, independiente o como si él mismo no fuese también y aunque parezca paradójico, un conservador progresista, para nada radical, cercano a la derecha eso está claro, pero es esa distancia ensimismada la que le hace estar cerca y estar lejos a la vez, tan independiente y tan atado al pasado, al suyo, al que vivió en su casa y sobre todo en editoriales y rotativos. UMBRAL, ese rey sin corona de la noche, de la noche y su fanfarria de fantasmas.

Con el tiempo, me pareció que se iba convirtiendo -como ocurre tantas veces y en toda clase de personas- en la caricatura de sí mismo, en su propio alter ego tan pagado de sí, y en lo que realmente era: un pobre disfrazado de dandy o de snob, un cursi que rozaba la feminidad o la sobrepasaba por hipermacho.

Vista en la distancia de la página, la expresión de su cara me parece cargada de una melancolía cercana al patetismo, como si previsualizara ya entonces su propia muerte, aunque creo que es mucho sino peor todavía, porque es como si él mismo se supiera ya un cadáver. No como escritor, no porque hubiese dejado de brillar con esa prosa destellante que tenía, no porque hubiese abandonado su narrativa tan rica y descriptiva de ambientes, situaciones, evocaciones, personajes... sino la muerte de él como persona, como si hubiese comprendido que ese tiempo que vivía o sobrevivía, ya tampoco era el suyo.

Umbral, ¡ay, mi Umbral de cuando yo tenía 15, 16 años y lo descubrí en la revista de medicina y humanidades Jano en casa de D. Jesús Infante, el médico de Chipiona, en mi mejor edad, cuando iba a verlo con mi tía Salud, en los veranos de la adolescencia que serán ya para siempre todos los veranos.

Umbral, el huérfano, el niño de la Guerra y la Posguerra, el huérfano acaso de sí mismo. Umbral, el exquisito de la dacha que se entretenía jugando a tirar libros a la piscina, como otros lo hacemos cada día tirándolos a la canasta.

He escrito estos párrafos de memoria porque la traspapelé de nuevo y de nuevo la vuelvo a encontrar en el recorte que creí perdido. En realidad eran cuatro las páginas que le dedicaba el suplemento cultural, que bajo el título genérico de “Documentos” ocupaba las páginas centrales de “El Mundo” del 13 de septiembre del 2000.

En las fotos que acompañan los distintos artículos encomiásticos, se reconoce a un Umbral pletórico, lleno de sí, se diría que en la cumbre de su vida o lo más próximo a lo que se entiende por “tocar el cielo”. Se encontraba en su madurez vital, pero al fin y al cabo Umbral continuaba siendo Umbral sin defraudar jamás a su séquito, y se metió una vez más y sin mucha reticencia en el papel que escogió para representarse así mismo como si fuera el Gran Seductor, alguien que en realidad era muy tímido pero que sabía que su egolatría de Narciso iba a permitírselo sin intentarlo siquiera.

No mira directamente a la cámara, sino como “el Otro Ilustre”, lo hace también de refilón o a través de su reflejo en un espejo, o ya rizando el rizo, a través de un cuadro que reproduce su rostro tallado con estilográfica y bruñido con la máquina de escribir, esa que posiblemente fuera verdaderamente su mejor amante.

Es entonces cuando regreso a UMBRAL, a ese UMBRAL que imagino en la bohemia nocturna madrileña, en los pubs a los que obligatoriamente había que ir porque estaban en la moda, eran la moda, aquellos a los que se debía acudir si se quería ser alguien, brillar con en el mundillo literario, y sí, allí estaba él, el imponente, el estatuario Umbral sentado al fondo de la sala, en la misma poltrona que tenía reservada siempre en el mismo sitio y año tras año, y que no sé por qué me la recuerdo de cuero verde, aunque nunca fui invitada a esos saraos y por tanto, sólo puedo intuirla vagamente.

Umbral, el coqueto, taciturno, melancólico, egocéntrico hasta la saciedad Umbral que emergía detrás del humo de múltiples cigarrillos como una esfinge, como al Oráculo al que se va a consultar en un garito atestado de intelectuales, de actrices porno, gente guapa y culta, y de vividores, de todos esos murciélagos que revoloteaban alrededor de la fama como la que él gozaba en esos momentos.

UMBRAL tomando sorbitos en vasos esmerilados llenos a rebosar de bebidas exóticas del tipo PERFECT AMOUR, PIPERMINT FRAPPÉ, LICOR 43, o algún cóctel del tipo Negroni, este último inventado por un conde tan bonvivant como él, o aquel de menta, al q le dedicara CARLOS SAURA por esos mismos años una película. UMBRAL del puterío fino de los grandes Hoteles desaparecidos como el HILTON, o lo que eran antes de la reforma, el RITZ o el PALACE.

El origen de tanto despliegue mediático se debía a que por entonces le dieron al fin el Premio CERVANTES, el denostado galardón que se le resistía año tras año porque cultivaba con la misma pasión amigos y enemigos, seguidores de la secta UMBRALIANA o trituradores que a cada columna que publicase lo degollaban.

UMBRAL, el poliédrico UMBRAL, el hombre de las mil caras y ninguna, el de la máscara, los maquillajes, el que casi llega a ser el esperpento de sí mismo. El exhibicionista, el fugitivo, el excéntrico, el enamorado de sí, el infinito. ¡Ay, UMBRAL, UMBRAL cuánto te hecho de menos!


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