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La Tostá

Tienes que rehacer tu vida

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
05 feb 2021 / 07:51 h - Actualizado: 05 feb 2021 / 07:53 h.
"La Tostá"
  • Tienes que rehacer tu vida

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Cuando uno se divorcia, la familia y los amigos esperan un tiempo prudencial para decirte que tienes que rehacer tu vida. Lo de que un hombre necesita una mujer se dice ya menos, pero aún hay quienes lo dicen. No es bueno que el hombre esté solo, ¿recuerdan? Ni malo tampoco, añado. No entiendo que haya que rehacer la vida con alguien, sea hombre o mujer. Vivir solo tiene sus ventajas y sus desventajas. Si vives de escribir, como vivo yo desde hace décadas, es ideal porque lo haces cuando te apetece y no tienes a nadie que te diga “quita ya el ordenador y acuéstate”, que es un clásico. Elegí vivir en el campo porque quería soledad para escribir y para otras muchas más cosas, como por ejemplo tener perros y gatos. También para huir lo más lejos posible de la maldad humana, con faldas o pantalones.

A los seis meses de vivir en el campo tuve un terrible accidente y luego vino la pandemia, y lo cierto es que se me complicó bastante la vida. Lo primero que me aconsejaron es que me quitara de encima a mis mascotas, consejo que rechacé de plano y mis animales, siete, siguen viviendo conmigo en el campo. Cuando se tienen animales en casa hay que tenerlos con todas las consecuencias y eso lo tengo claro desde niño. Son mi familia y daría la vida por ellos, por Pastora, Rufi, Sira, Lala, Yeli, Rubio y Nino. Tres perras, tres gatas y un gato. Trabajo muchas horas al día, pero les dedico tiempo a mis mascotas, y lo hago por amor.

Les voy a contar lo que me pasó con Nino, el gato, hace dos semanas. Una mañana me levanté y me extrañó que no entrara por la ventana del salón a saludarme, como de costumbre. Salí a buscarlo algo preocupado y estaba tirado en el suelo, sucio y sin fuerzas para andar, como si se hubiera caído del tejado o algún animal le hubiese atacado. Pensé que se moriría antes de llevarlo al veterinario y decidí curarlo yo mismo, dándole de comer con una jeringuilla de agapornis y varias sesiones de masajes al día. Lo salvé y, aunque era arisco y no le gustaban los achuchones, ahora tengo que estar abrazándolo todo el día y haciéndole mimitos, porque ha cambiado bastante. Se ha vuelto tan cariñoso que no me deja ni trabajar. “No me debes nada, Nino; lo hice por amor”, le digo. Pero le da igual. Quiere pagarme de alguna manera mis cuidados.

Hay quienes no entienden que haya rehecho mi vida conmigo mismo y con mis mascotas, en el campo, pero es así. Cuando uno tiene necesidad de dar cariño a los demás no tiene que ser necesariamente a personas, sino a esos otros seres vivos que son los perros y los gatos. Entiendo a quienes no quieren ni a los unos ni a los otros, pero no a los que les hacen daño por divertirse. Desprecio profundamente a esas personas y me gustaría vivir en un país que trate mejor a sus mascotas o animales en general, de lo que las tratamos en España.

He rehecho mi vida, sí, pero conmigo mismo y con mis animalitos. Comparto con ellos lo poco o mucho que tenga en el día a día y cuando los llamo de noche para que coman y alguno no acude, se me acelera el corazón y salgo a buscarlo por entre los pinos, sea la hora que sea, llueva o ventee. Se llama amor y suele ser un amor correspondido. ¿Tan difícil es de entender?


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