Un año sin Almudena Grandes

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26 dic 2021 / 04:00 h - Actualizado: 26 dic 2021 / 04:00 h.
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  • Almudena Grandes. / EFE
    Almudena Grandes. / EFE

Se nos está yendo 2.021, pero el relato crónico del miedo a dormir y la angustia al despertar parece imperecedero y por arrasar, hasta la Nochebuena, que han celebrado con regocijo las Farmacias sustituyendo los preservativos por antígenos y PCR agotadas.

El anochecer en este cuarto del nuevo milenio ha derogado la Misa del Gallo, a la que invariablemente asistíamos de la mano de nuestros padres, con los ojos llenos de legañas y mocos verdes de frio, a pesar de aquellos abrigos azules con capucha y zapatos gorila, que solo encontraban solazar en el chocolate con churros abierto al uso.

Todo transcurría en derredor de la Iglesia de San Buenaventura, donde veíamos confesar al padre Patero, quien aliviaba los pesares con una fugaz absolución. Ese rito perdido, relega a olvido que el día, para los romanos, empezaba en la medianoche y para los cristianos ante el pesebre.

Este enésimo número que va a caer en nuestro calendario, revela nuestra fragilidad, lo impredecible del destino, las incertidumbres de la existencia y hasta un ejercicio de humildad, al constatar que el ser humano no guarda diferencias entre si ante la interminable fila de la vacuna, y que el único hecho inobjetable es la muerte, a la que empezamos a llegar sin tiempo de persignarnos.

En esta Navidad, quiero acordarme de los padres que no verán a sus hijos, no en vano el Gobierno andaluz incumplió su promesa de custodia compartida para esta tierra, y quien más y quien menos ha topado con algún Juez, (la Doña Maria Luisa de turno), presto a arrebatarle lo más preciado, esas palabras aun verdes, atropelladas, sobre su nueva maestra de percusión o los juegos del recreo.

Pero quiero empezar respirando los albores de 2.022 con la memoria de Punta Candor, y los senderos que recorriera Almudena Grandes. Hace unos días nos congregamos allí los posibles y desplegamos velas encendidas que se difuminaron en el horizonte del océano, en dirección al Méjico del exilio, donde aún mora la tricolor en la evocación del “gayo” rojo (que diría Machado).

Hacía viento de Poniente, y asomaba el hormigón que amenaza la mar libre de Rota. Sin otro sonido que el silencio de las palabras ausentes de Almudena, y entre fantasmas de los búnkeres nazis que aun adornan alguna esquirla en la costa de los aires difíciles, tal vez no quede nadie que escriba el epitafio de la derrota, salvo quizás Jordi Soler.

Aun así, Febrero prepara el retorno del Emérito y me recuerda aquel espectáculo en The Kitchen, en Nueva York, en el que una ex actriz porno se lavaba delante de todos mostrando su cervix a una cola interminable de linternas del público. En este caso, Rafa Nadal, hace de mayordomo saudí.

Entre esta y otras utopías, y tantas ausencias en la arboleda perdida de nuestra memoria, uno tan solo se pregunta lo que haré -haremos- Almudena y Julio (Anguita), Julio y Almudena- ante el atisbo de otra España posible, nosotros que ya pertenecemos a otro tiempo.

Aunque ya no os vuelva a ver...


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