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La vida del revés

WhatsApp, Instagram y Facebook pueden ser el verdadero Armageddon

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06 oct 2021 / 08:51 h - Actualizado: 06 oct 2021 / 09:27 h.
"Opinión","Redes Sociales","La vida del revés"
  • WhatsApp, Instagram y Facebook pueden ser el verdadero Armageddon

Hace un par de días, las aplicaciones WhatsApp, Instagram y Facebook dejaron de funcionar durante unas horas. El mundo entero se quedó a ciegas o, al menos, con un ojo abierto y otro cerrado puesto que algunas redes sociales siguieron funcionando. Lo más gracioso es que esto no hubiera podido pasar hace treinta años porque, sencillamente, no existían ni redes sociales ni estas gaitas. Es el claro ejemplo de una necesidad creada a la medida de nuestra enorme estupidez.

De momento, la broma le ha costado a nuestro querido Mark Zuckerberg un cantidad astronómica. Que nadie se apure porque las acciones que se desplomaron ya están subiendo y volverán a ser lo que eran en unos días. Pero lo importante no es lo que ha sucedido en las Bolsas de todo el mundo, lo importante es lo que ha pasado en las cabezas de miles de millones de personas; ha leído usted bien, miles de millones de personas.

Resulta que la dependencia de muchas personas es tal que ese apagón tecnológico ha provocado ataques de ansiedad, agravamiento de depresiones, miedo a la soledad, sensación de incomunicación radical... Un cuadro de dolor de lo más absurdo. La solución era tan fácil como levantarse, ir hasta la cocina y charlar con tu hermano o con tu madre, llamar un buen amigo para contarle cualquier cosa o ponerse a leer un libro en el sillón de oreja del salón.

Hemos olvidado que las relaciones con otras personas se pueden (deben) tener en vivo y en directo.

Los adolescentes se han visto arrasados por la situación. El mayor problema que se ha planteado es que los chicos y chicas no podían saber qué estaban haciendo sus influencers preferidos (si estaban haciendo una tortilla francesa o si habían discutido entre ellos o si se habían tirado un pedo porque eso sí que es gracioso) y no podían subir sus propias historias con la esperanza siempre presente de convertir una parida en un vídeo o fotografía viral.

Los más mayores han pasado un mal rato sin poder enviar mensajes a sus contactos. Unas horas sin preguntar ‘ola, qué ase’ es mucha tela; un rato sin enviar la imagen de un atardecer acompañado de una frase ñoña es mucha tela.

Y así todo. Dependemos de nuestros teléfonos móviles de última generación sabiendo que dentro de ese cacharro está toda nuestra vida y nos parece hasta gracioso. Cada día un poco más tontos, exactamente en el lugar que nos querían.


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