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La Tostá

¿Y la Ley del Flamenco?

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
25 nov 2020 / 08:00 h - Actualizado: 25 nov 2020 / 08:02 h.
"La Tostá"
  • La consejera de Cultura de la Junta de Andalucía, Patricia del Pozo.
    La consejera de Cultura de la Junta de Andalucía, Patricia del Pozo.

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Casi nadie sabe nada sobre la anunciada Ley del Flamenco prometida por la actual consejera de Cultura de la Junta de Andalucía, Patricia del Pozo, que estos días está de actualidad por cómo canta los boleros de Machín aflamencados, que ni Diego el Cigala en sus mejores tiempos. En primer lugar habría que preguntarse por el objeto de la creación de esta ley. No será porque la sociedad andaluza lo haya demandado, que ni mucho menos ha sido así. Tampoco los artistas, que lo que quieren son contratos y de los que se pagan pronto. Rancapino creó una simpática letra por bulerías, que viene al caso que ni pintada:

A mí me da sentimiento

cuando me llega un contrato

y no es de un ayuntamiento.

Lo que se sabe de la Ley del Flamenco es que en ella, según la consejera, se va a reconocer la importancia de los gitanos andaluces “en la génesis y su desarrollo”. Eso no hace ninguna falta, porque hace más de siglo y medio que los viajeros románticos venían a Andalucía para escribir sobre el cante y el baile de los gitanos. ¿Hay alguien en el mundo que no sepa la importancia de los gitanos andaluces en la creación del arte jondo? Esto viene porque hace unos dos años salieron unos señores a decir que “el flamenco se estaba blanqueando”, esto es, agachonando, pero el motivo era económico. Esa misma denuncia ya la hizo Demófilo en 1881. Estos señores del “blaqueamiento” harían un estudio y vieron que los artistas gitanos trabajaban menos que los gachés, o que éstos les quitaban trabajo. En realidad, desde el principio, gitanos y no gitanos aparecían en los carteles y los cuadros de los cafés cantantes y si Silverio era famoso, el Nitri también. Lo que pasaba era que el Nitri, que era herrero, solo trabajaba como cantaor si lo llamaba el Duque de San Lorenzo para una fiesta en su casa, y Silverio creó una compañía y abrió varios cafés cantantes, entre otras cosas para hacer profesionales a los gitanos y que vivieran bien del arte de cantar, bailar o tocar la guitarra, que no todos querían. Estaría bien que los gitanos de hoy, descendientes de aquellos a los que Silverio favoreció, le pusieran un monumento al gaché de la Alfalfa, como los gachés se los han puesto en Sevilla a la Niña de los Peines, Antonio Mairena y Manolo Caracol. Se va a dar el caso de que se reconocerá de manera oficial desde el Gobierno andaluz la importancia de los gitanos en el flamenco, sin que Silverio tenga una peña o calle en Sevilla. Está bien, reconozcamos oficialmente la aportación del gitano andaluz en la creación de esta maravilla que aman cientos de miles de personas en el mundo entero. Es de justicia, sin lugar a dudas. Pero en esa ley debería reconocerse también a Silverio y a tantos artistas no gitanos, como Miguel y Manuel de la Barrera, el Maestro Otero o el empresario Manuel Ojeda El Burrero, que fueron el principio de todo. Habría que hacer un gran monumento en la Alameda con la memoria y en memoria de todos, gitanos y no gitanos, por haber creado esta maravilla que nos abre la puerta del mundo.


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